Por Jorge Luis Quispe Huamaní
“Esta es la receta para vencer a los criminales de la extorsión, la minería ilegal, la trata de personas a través de investigaciones, seguimiento y observación”, dice el coronel mandado al retiro Harvey Colchado, mientras sostiene su primer libro Artemio ante un auditorio repleto en la Feria Internacional del Libro. Veamos por qué. En la década de 1980 el Huallaga era una localidad cercada por los abusos, atropellos y crímenes tanto del narcotráfico como del Estado peruano. En ese escenario fueron los propios cocaleros quienes desde Ayacucho propician el surgimiento del Comité Regional Huallaga – Sendero Luminoso para evitar que la Policía investigue y detenga las actividades ilícitas y con el objetivo de ampliar los espacios y terrenos de cultivo de hoja de coca. Como líder de ese movimiento aparece la figura de Artemio. Así, la ausencia del Estado generó el apogeo del cultivo de la hoja de coca y con este, la violencia cubrió el Huallaga y todos los poblados que lo circundan a ambos lados del río que lleva el mismo nombre.
Cabe aquí detallar uno de los aspectos fundamentales de Artemio. Hasta la primera década del 2000, el Estado peruano tipificaba el narcotráfico y el terrorismo como delitos por separado cada uno con su procedimiento ajeno del otro, por este motivo cuando el equipo del coronel Colchado —auspiciado por la DEA— advirtió que los cabecillas de estas organizaciones operaban en contubernio, malos elementos de la Fiscalía constituyeron trabas burocráticas que ralentizaban la operatividad de la Policía. Hasta ese momento, no había reglamentación de un delito de esta naturaleza narcoterrorismo. Una situación adversa que exigió desarrollar técnicas legales de investigación legitimadas en elementos de convicción como escuchas legales, videovigilancia, testigos protegidos agentes encubiertos y colaboradores eficaces. Una investigación en la durante seis años logró la detención y captura de aproximadamente 100 traficantes de droga, 40 cocaleros 60 terroristas, entre ellos Artemio.
No debe confundirse el lector y desanimarse al creer falsamente en este libro una aburrida y prescindible historia de éxito. El autor ha tenido el arrojo y la valentía de saber describir muy bien las tropelías, los celos, los egoísmos, las trampas, las traiciones y acaso también la corrupción que supone una odisea como la que ha vivido. Las organizaciones criminales que operaban en el Huallaga poseían una influencia que llegaba a ámbitos del Ejército, la propia Policía e incluso al Ministerio Público.
No se explica de otro modo las hostilidades administrativas de que eran víctimas los miembros del equipo responsable de esta operación. Adentrarse a investigar a mafias de esta naturaleza implica un peligro en extremo riesgoso. De manera que al relato no le faltan los homenajes a quienes perdieron la vida en cruentos enfrentamientos con los brazos armados de estas bandas sanguinarias. Se trata de una historia repleta de crímenes que da una aciaga y sombría idea de la vida en esta región con la presencia del Comité Regional Huallaga SL.
En Artemio el autor explica las estrategias de las que tuvo que valerse para avanzar en su propósito. Si no tuvieran arraigo en la realidad uno pensaría que se trata de un guión propio de una serie de narcos. Efectivos que se mimetizan y hacen las veces de pobladores que acuden con una bruja, otros tienen la misión es convencer a los miembros del más íntimo círculo del cabecilla, al mismo tiempo sus colegas son traicionados por sus colaboradores fieles al partido. Incluso el mismo autor relata la suspensión de sus propios anhelos personales por la ejecución de su emprendimiento en medio del nacimiento de su primer hijo.
Un aspecto clave que se reivindica a lo largo del libro es la denominada Fuente Humana, gracias a la cual les fue posible vencer los anillos seguridad del cabecilla hasta aislarlo y dejarlo completamente solo. Así también, se incluye un perfil de cada uno de los miembros que participaron en la operación que dio con la captura de aquel delincuente, síntoma de la especial sensibilidad característica del autor.
El equipo que trabajó arduamente durante seis años para ubicar, detener y capturar a Artemio fue el germen de lo que después se conoció como la División de Investigación de Delitos de Alta Complejidad (Diviac). Fue aplaudida, celebrada y felicitada mientras golpeaba a las bandas criminales, sin embargo, cuando esta división se adentró en casos de corrupción en el poder fue vilipendiada, maltratada y finalmente desintegrada.
En este punto de la historia el Congreso facilitó la criminalidad afectando la ley de colaboración eficaz, las escuchas legales, trastocando el concepto de organización criminal, trabando los allanamientos y la extinción de dominio. 133 de 136 efectivos fueron derivados a operaciones menores y el personaje que firmó esto es hoy comandante general de la policía Óscar Arriola. Mientras haya efectivos ejemplares con la vocación y la voluntad del autor, el Perú tiene esperanza.




