Por Víctor Miranda Ormachea
Nadie necesita una lista más, y probablemente nadie la espera con genuina ansiedad, en términos estrictamente prácticos, a nadie le importa demasiado el ranking musical de un desconocido publicando en redes un listado absurdo de sus obsesiones musicales. Ese hecho, lejos de desactivar los ánimos, parece reforzarlos, por ello cada fin de año reaparece el mismo ritual, ejecutado con la regularidad de una costumbre privada que no busca validación externa sino coherencia interna. El melómano hace listas no porque crea que poseen un valor universal, sino porque no hacerlas implicaría dejar el año incompleto, sin cierre, sin archivo, sin huella.
La inclinación por clasificar no es un capricho moderno ni una desviación narcisista inducida por las redes, tiene raíces profundas en la arquitectura cognitiva humana y en la forma en que procesamos el exceso de información. Ordenar, jerarquizar, establecer relaciones comparativas es una estrategia básica de supervivencia intelectual. La música, al ser tiempo puro, flujo continuo y experiencia eminentemente volátil, tan efímera como todo en la actualidad, exige un tipo de fijación posterior, por ello las listas aparecen como una tecnología doméstica de la memoria, un dispositivo rudimentario pero eficaz para transformar la experiencia sonora en relato personal.
En el caso del melómano, la lista deja de ser un simple inventario y se convierte en algo más parecido a una bitácora, no se trata únicamente de recordar qué se escuchó, sino de reconstruir un trayecto, de registrar variaciones de ánimo, descubrimientos tardíos, obsesiones pasajeras y fidelidades persistentes. La música queda entonces ligada a una cronografía personal que permite, pasado un tiempo, identificar no solo discos, sino etapas y vivencias, hay allí una función mnemónica evidente, pero también una dimensión de control en la que poner por escrito lo escuchado es una manera de resistir la sensación de disolución que produce el consumo constante e inabarcable.
No es irrelevante tampoco que este acto genere un gran placer: el cierre anual, la enumeración final, la jerarquización más o menos arbitraria activan mecanismos de recompensa que no necesitan justificación estética, hay satisfacción en concluir, en fijar, en dejar constancia, hay dopamina implicada y el archivo organizado tranquiliza (igual que la compulsión de algunos por ordenar la casa) porque simula dominio sobre un territorio que, en realidad, siempre desborda.
A esto se suma una dimensión identitaria que es imposible ignorar, pues las listas dicen quién escucha, cómo escucha y desde dónde escucha, funcionan como un retrato indirecto, como una declaración de principios y afinidades que no necesita presentación, incluso cuando no se comparten, incluso cuando quedan relegadas a una libreta o a un archivo digital que nadie revisará, incluso en esos casos, cumplen la función de confirmar y afirmar una continuidad del yo, una afirmación que proclama: escuché esto, me interesó esto, sigo siendo esta persona.
Para el melómano los rankings adquieren carácter de cábala desde muy temprano, se instalan en la adolescencia, cuando la música deja de ser fondo y se transforma en núcleo, y a partir de ahí, el hábito se perpetúa. Hay, probablemente, una adicción no verbalizada en el consumo compulsivo de música, una necesidad de exposición constante al sonido que, a lo largo de la vida, no siempre puede satisfacerse con el mismo tiempo ni con la misma intensidad, precisamente por eso la lista se vuelve aún más necesaria, pues funciona como cierre simbólico de una dosis anual que ya no puede vivirse con la continuidad de antes.
Pero enumerar no basta, ordenar implica juicio, ver a un artista determinado en una posición destacada produce una satisfacción que no es puramente estética pues hay una dimensión de estatus en juego, tanto para el músico como para quien lo reconoce, lo legitima y lo incorpora a su relato personal. El melómano no es ajeno a ese juego simbólico, la jerarquía importa porque establece valor, y el valor nunca es neutral.
Por eso el verdadero campo de batalla no está en las listas personales, sino en las listas ajenas, en las grandilocuentes, en las prestigiosas, los rankings de fin de año continúan siendo uno de los pocos espacios donde la prescripción cultural conserva cierta eficacia. Frente a algoritmos que refuerzan hábitos y reducen el campo de exploración, los rankings de medios relevantes funcionan todavía como instancias de apertura, porque sugieren importancia y orientan.
Claro, detrás de los rankings y listas están los odiados críticos musicales, esos que son objeto recurrente del desprecio fácil y del análisis perezoso, adjetivados siempre como artistas frustrados, opinadores resentidos, intermediarios prescindibles, y con otras afirmaciones que no resisten el menor examen serio, pues el crítico (de cualquier arte) no es un aspirante fallido, sino un profesional especializado cuya tarea consiste en evaluar, comparar y contextualizar a partir de una experiencia acumulada que el oyente promedio simplemente no posee.
Cotidianamente delegamos funciones a especialistas, no diseñamos infraestructuras complejas ni intervenimos quirúrgicamente a las personas, porque reconocemos los límites de nuestra competencia. En el ámbito cultural, esa delegación genera resistencia, quizás porque se confunde juicio con autoridad moral, pero debe entenderse que escuchar quinientos discos al año no convierte a nadie en infalible, pero sí en alguien con un marco de referencia sustancialmente más amplio que quien escucha veinte, es una cuestión de exposición, de entrenamiento perceptivo, de memoria comparativa, de neuroplasticidad. Obviamente la subjetividad no desaparece, pero es menos sesgada que la de un oyente estándar; un buen crítico desarrolla una flexibilidad auditiva que le permite reconocer calidad incluso cuando el placer inmediato no es pleno, puede separar la afinidad personal de la evaluación estructural, distinguir entre una obra sólida que no lo entusiasma y una deficiente que coincide con sus preferencias, y ello no es solo una impostura sino propiamente, oficio; por eso los críticos rara vez sostienen devociones incondicionales y no tienen vacas sagradas, pues la idolatría ciega resulta incompatible con la evaluación constante.
En observancia de lo dicho, podría concluirse que el rechazo que generan los críticos no proviene de una supuesta arrogancia, sino de su falta de complacencia. La crítica seria no protege mitologías cómodas, no confunde ventas con mérito ni premia la repetición por nostalgia, popularidad y calidad rara vez coinciden, y cuando lo hacen suele ser por accidente.
Todo esto explicaría la convergencia de los rankings importantes. Cuando medios distintos, con equipos distintos y trayectorias distintas, terminan destacando un conjunto relativamente reducido de discos (20 o 30), no se trata de una concertación o una moda sincronizada, sino de una coincidencia metodológica, las reseñas fueron publicadas meses antes, los discos ya estaban disponibles, los criterios se aplicaron de forma independiente, pero las personas que escuchan mucho, de manera intensiva y transversal, tienden a llegar a conclusiones similares.
Celebrar los rankings, entonces, se torna en un acto de curiosidad informada, porque los mismos constituyen una oportunidad real de ampliar el campo de escucha, de entrar en contacto con obras que probablemente no aparecerían en el radar personal sin esa mediación, no importa si los críticos son o no pretenciosos, lo relevante es que han operado una curaduría y una selección basada en un horizonte más amplio que el del consumo promedio. Las listas no tienen que ser verdades reveladas ni decretos definitivos, sino herramientas, archivos provisorios, cronografías de una obsesión persistente. Para el melómano, hacer listas no responde a una necesidad de imponer criterio, sino a la imposibilidad de dejar la experiencia sin registro, no hay una búsqueda de consenso, ni siquiera de objetividad absoluta, funcionan como cierre y alivio, y eso debería ser suficiente.




