Por Sarko Medina Hinojosa
Mateo Carrasco no podía creer su suerte. De ser un simple mortal, ahora estaba a las puertas de convertirse en un semidiós, un ser sobrenatural con poderes fantásticos como siempre había soñado.
Estaba convencido de que el ataque sufrido la noche del 17 de mayo había sido provocado por un vampiro. Cuando despertó al día siguiente en el hospital del condado, lo primero que sintió fue el dolor en el cuello: un dolor extraño y hormigueante, como si su cuerpo estuviera reaccionando a una fuerza extraña que se gestaba en la misma herida que necesitó 34 puntos de sutura y casi comprometió la yugular.
«Me ha mordido un nosferatu», fue lo primero que pensó. Una alegría incontenible lo embargó. Se sintió superior a esos individuos de azul que pretendían que describiera a su atacante. ¡Delatarlo! Cuando a él le debía la dicha de saberse contagiado por la maldición que lo transformaría en un muerto viviente.
Las lecturas sobre los no muertos habían fascinado a Mateo desde niño. Siempre soñaba con convertirse en un ser poderoso, fino y contradictorio. El ataque de la noche anterior era definitivamente una respuesta a sus pedidos internos y secretos.
Los policías, a pesar de la cara extática que tenía Mateo, le contaron que una patrulla había pasado cerca del callejón donde lo atacó «ese ser o animal». No sabían cómo describirlo. Uno de los efectivos —gordito, con calvicie incipiente y bigote— describía «un perro con alas y saco de cuero». El otro —flaco, pelo crecido y dientes salidos— juraba haber visto «un punk pelo trinchudo con prótesis dentales».
Cuando por fin estuvo solo, se durmió soñando con la aparición de los primeros síntomas que ocurrirían dentro de una semana. No se desesperó. Al contrario, apenas salió del hospital se dedicó a preparar el camino de su transformación.
Empezó por acopiarse de videos del sol. Uno de los mayores peligros de ser vampiro era la remembranza, esa nostalgia que llevaba a algunos a vencer el dolor que el astro producía en su piel y calcinarse con tal de ver un amanecer. Para prevenir eso, Mateo se compró varios DVDs: amaneceres, atardeceres, sol en el mar, en la nieve, en las alturas. Todas las variantes del astro que, desde su transformación, se convertiría en su enemigo.
Otro enemigo al que empezó a temer fue la religión. ¡Por Dios! —si valía la herejía— la religión era el mayor perseguidor de la raza chupasangre. Así que comenzó con dosis de insultos y escupitajos a la iglesia católica del barrio. Se deshizo durante la noche de los crucifijos e imágenes de Santa Dorotea del Cadalso y San Benito Gaudeamus pertenecientes a su madre.
No se atrevió a quemar la Biblia gigantesca con rebordes de oro familiar —una cuestión de marcar distancias— pero ya vería: apenas le salieran los colmillos, arrancaría página por página si fuera necesario para terminar con la sombra de religiosidad en su casa.
¡Su casa! No había pensado en eso. ¿Qué le diría a su madre? Ya no saldría en las mañanas ni en las tardes. Durante ninguna hora del curso solar se atrevería a pisar las calles. Tendría que inventarse un trabajo nocturno para justificar sus salidas correspondientes al abastecimiento de sangre.
Al final de cuentas, podía morder a su madre y asunto arreglado ¿no?
Por lo pronto continuaría una vida relativamente normal mientras averiguaba los lugares propicios para su alimentación. En la universidad, los días posteriores a su ataque, sufrió la impertinencia de compañeros que le preguntaban sobre la herida e incluso querían tocarla porque tenía un color raro —medio verdoso— y hasta olía a peste. Unas horas después volvía a ser el alumno anodino de siempre.
Su madre casi malogra su plan el segundo día, cuando preparó pollo al ajo y casi lo atraganta. Un acceso de tos y vómito se le vino encima.
—¡No sabes, madre mía, que el ajo es veneno para mí! —le reprochó a su ignorante progenitora, corpulenta, con peluca permanente y cachetes mofletudos.
Luego de presenciar la crisis de su hijo, ella procedió a botar los condimentos a base de ajo y, por si acaso, los de cebolla también. No vaya a ser ¿no?
Para el final de la semana, Mateo había aprendido a detectar la sangre. Tanto así que huía de alguna compañera que estuviera con su período. No iba a ser que se le ocurriera atacarla y terminara en la cárcel por agresión sexual. Allí, por más vampiro que fuera, se lo comerían otros internos antes de que él pudiera clavarle el diente a un prontuariado encarcelado.
Cuando se cumplieron los siete días del ataque, esperó con impaciencia la presentación de los primeros síntomas.
Y estos ocurrieron.
En primer lugar se le acrecentó la visión: podía ver a distancia un conejo en la huerta de su madre comiéndose las zanahorias campeonas, desde la ventana de su habitación. Cuando quiso comprobar si ya podía volar, tuvo que desistir de los intentos al luxarse un pie por saltar desde la cornisa del primer piso de su casa.
Lo mismo con su resistencia a la sangre. Su madre mató una gallina y le encargó a él la tarea de degollar al animal. A la vista de la sangre borboteando del cuello del ave, luego de aplicarle la caricia con el hacha, Mateo sufrió las conocidas arcadas y terminó de rodillas, manchando los pantalones.
No se desesperó. En la noche se durmió pensando en lo maravilloso que sería volar con alas de murciélago por el pueblo y aterrorizar a las porristas que nunca le hicieron caso, o descuartizar con sus manos al capitán del equipo de fútbol americano, que también lo trataba mal cuando no le daba el dinero de su almuerzo.
A eso de la medianoche se despertó por un intenso cosquilleo en el pecho. Se rascó pero no se calmaba, así que se levantó. Cuando pasó por la ventana se dio cuenta de que la luna llena estaba en todo su esplendor, así que aprovechó la luz para mirarse el pecho.
Comprobó con horror que le salía pelo abundante. Y no solo eso: las orejas las sentía crecer, su boca ensancharse hacia adelante y crecer los colmillos.
«Así era ser vampiro», pensó. «Pero ¿y las garras en las patas? ¿Y esa intensa gana de rascarse? ¿Y el ‘auuuj’ que le salió cuando intentó gritar?»
Ah, bueno. No era lo que esperaba. Entonces había sido mordido por un hombre lobo. Bueno, no era tan malo: al final también era un ser poderoso.
Pero ¿por qué se sentía más pequeño? ¿Y la cola de atrás, pelada y larga como un gusano? ¿Y los colmillos que pensaba que le crecerían como dagas, por qué crecían solamente en los dientes delanteros? ¿Y por qué sus orejas se agrandaban tanto?
No pensó más. Dejó que la transformación terminara. Luego de unos minutos, a saltos —¡qué saltos!— se dirigió al espejo de cuerpo entero de su habitación para comprobar a la luz de la luna que se había transformado en…
Un conejo. Un conejo, por Dios.
En eso entró su madre a la habitación:
—Mateo, ¿aún sigues durmiendo? Escuché… Oye, conejito, ¿qué haces acá? Ven aquí, no corras. Ya, ya, tranquilo. Te llevaré a tu corral para que no te vuelvas a salir. Mira que a ti no te he visto.
Se acercó a la cama donde dormía su hijo:
—Bueno, al parecer Mateito sigue durmiendo. Mañana prepararé un guisado contigo, ya que estás gordito. Mira que a Mateito le encanta la pierna de conejo adobada. Se la prepararemos para el desayuno. ¿Qué te parece?
Huelga decir que al conejo no le parecía nada la idea.
Y mientras su madre lo llevaba hacia el corral, Mateo-conejo reflexionaba amargamente sobre lo peligroso que era pedir deseos sin leer la letra pequeña del destino.




