Por Jorge Condorcallo Ccama
“¿Qué puedo hacer si ya te vas? Solo tener resignación, resignación…”.
El bolero que carraspea Fidel se corta por la emoción; levanta el vaso y, antes de beber la cerveza, se quiebra en reclamos:
–La vida es una mierda desde que te fuiste. ¡Cómo te extraño, Bequita! Me han ido mal las cosas; los hijos, una cagada. A la semana de que te fuiste al cielo me botaron de la casa, ¡de nuestra casa! Me echaron la culpa: que las dudas y las penas que yo te causaba te mataron. Pero yo no era pendejo, tú sabes que te respeté toda la vida, desde que nos juntamos. Y esos malditos me trataron peor que a un perro. No quiero fregarte tu día, porque ya son huevadas que Dios, que lo sabe todo, castigará con justicia. No quiero entristecerte. ¡Salud por ti, Bequita!
La cerveza se derrama sobre las flores que ha comprado; sacude los claveles y coloca uno de los ramos en la botella engarzada a la lápida. Besa su mano llena de anillos, y su mano besa la tapa.
–¡Hasta pronto, cholita!
Fidel camina por la vereda cubierta de pétalos. Mira hacia atrás con el miedo de los perseguidos; se mete en medio de los aguateros que ríen y juegan en las sombras. Dobla las esquinas de los pabellones como lo hacen los animales recelosos.
Al encarar la tapa de vidrio del nicho, ve la fotografía de una mujer voluminosa dentro de un vestido frondoso; junto a ella está Fidel, vestido con un elegante terno color lúcuma.
–Sandra, gorda, mi Sandrita. –Se persigna, saca una botella de la mochila y la destapa con la hebilla del cinturón–. ¡Te extraño tanto, carajo! –Le cuenta sus desventuras de siempre: la soledad inaguantable y los insultos que le han tirado los parientes de Sandra, que no comprende por qué lo odian si él siempre fue legal con ella.
Le obsequia las flores y brinda por volverla a ver pronto, allá en el paraíso.
“Resignación, resignación, para poder vivir sin ti…”.
–¡Salud, Sandra! –Sopla la espuma, bebe y echa el pucho en la tierra calcinante–. ¡Para las almas que también tienen sed!
–¡Salud! –Dios y el Diablo, que brindan en una banca del cementerio, lo observan y conversan entretenidos. El primero ha apostado a que el último ramo que le queda a Fidel será para un primo hermano o un amigo de bares y putas de la juventud. El de los cachos da por hecho que los claveles adornarán la recia tumba de un tercer amor inconfesado a los otros dos.
“Resignación, resignación, resignación…”, cantan también los mariachis, que se cabecean con sus enormes sombreros porque están borrachos de entonar melancolías todo el viernes dos de noviembre.
–¡Oye! –habla uno de los angelitos, entre los tobillos del padre creador, y le dice a su hermanito blanco con voz de arrullo, para que no lo escuche Diosito–: No sé tú; yo le voy a Don Diablo. ¿Tú qué dices? ¿Apostamos?




