La ofensiva rusa se concentra en las regiones de Donetsk y Dnipropetrovsk, donde los ataques forzaron el desplazamiento de civiles ucranianos. Con cerca de 100.000 soldados desplegados, Moscú intenta penetrar en la segunda región más grande del país, aunque sus avances apenas suman unos kilómetros. Kiev responde con una resistencia intensa y acusa a Rusia de usar estos movimientos como parte de una estrategia política más que militar.
En Dnipropetrovsk, el ejército ruso logró cruzar la frontera administrativa y amenaza con tomar al menos cinco aldeas, aunque aún no consolida posiciones sólidas. Pequeños grupos de infantería avanzan sin vehículos blindados y utilizan tácticas de camuflaje para evadir la vigilancia ucraniana. Pero son enfrentados con drones kamikaze y contraofensivas que frenan cualquier ocupación significativa.
Los reportes de avances generan versiones contradictorias. Mientras la plataforma DeepState asegura que las aldeas Zaporizke y Novogeorgiivka ya cayeron en manos rusas. Las autoridades ucranianas lo desmienten y recalcan que sus fuerzas mantienen el control en la mayoría de los puntos estratégicos. En los últimos meses, las batallas se han extendido a lo largo de 80 kilómetros de frontera, con bajas constantes en ambos bandos.
Los analistas coinciden en que los progresos rusos son reducidos: apenas cientos de metros o un promedio de siete kilómetros en los tramos más comprometidos. Para expertos como Oleksandr Kovalenko, el impulso de Moscú se diluye por limitaciones de recursos, lo que reduce las posibilidades de una ofensiva sostenida en esta zona.
Donetsk, en cambio, sigue siendo el núcleo de la disputa. Allí, Rusia busca una batalla decisiva por Pokrovsk, aunque enfrenta férrea resistencia en ciudades devastadas como Chasiv Yar y Toretsk. Sin poder avanzar hacia Sloviansk o Kramatorsk, Moscú apuesta a mostrar avances limitados en el terreno para reforzar su narrativa de una derrota inevitable de Kiev y así presionar concesiones en el plano político.