
Por: Abg. Ioannis Gonzales Oviedo. Máster en Marketing Político y Comunicación
En el Perú no se cambian ministros para corregir el rumbo. Se cambian para ganar tiempo. Para cerrar la puerta despacito mientras la casa se cae a pedazos. La juramentación del gabinete de Luis Enrique Arroyo Sánchez, ayer, no suena a nuevo comienzo. Suena a manotazo de ahogado, a reflejo de supervivencia, a gobierno asustado. Arroyo entra a la PCM después de la salida de Denisse Miralles, que duró apenas 21 días y se fue justo cuando el Congreso ya olía sangre y se acercaba el voto de confianza. Eso no es estrategia. Eso es pánico con banda presidencial.
Y el detalle importa. Arroyo no era un desconocido sacado de un sombrero. Hasta hoy era ministro de Defensa y además es un general de División en retiro del Ejército. O sea, el poder no buscó a alguien que dialogue, que seduzca políticamente o que reconstruya puentes. Buscó a alguien que aguante el golpe, ponga orden y cierre filas. Cuando un gobierno deja de convocar políticos y empieza a reclutar perfiles de contención, está diciendo sin palabras que ya no cree en gobernar, cree en resistir, en llegar al 28 de julio.
La lista de ministros, además, grita improvisación con terno planchado. Se ratifican varios nombres, mientras otras carteras sensibles son cambiadas «a la mala» para mandar una señal de control. No parece un equipo armado desde una visión de país. Parece una mesa de emergencia montada para llegar vivo al día siguiente. En el Perú ya hemos visto demasiadas veces ese libreto, cambian caras, repiten discursos, sonríen frente a cámaras y esperan que el ciudadano, agotado, golpeado y jodido, confunda movimiento con cambio.
Pero la gente ya no compra humo tan fácil. Porque un gabinete que nace en medio del apuro, con olor a crisis y a cálculo, nace también bajo sospecha. La sospecha de que no vino a resolver nada, sino a enfriar titulares, calmar las aguas, patear el escándalo y ganar unas semanas más. Y ese es el drama del poder peruano: administra el incendio, pero nunca lo apaga (porque no le conviene).




