
Lic. Julio Huaynasi. Director de Diario Revelación.pe
La llegada del presidente de la República, José María Balcázar a Arequipa, no fue un acto de liderazgo, sino una puesta en escena desafortunada. En medio de una emergencia por lluvias que golpea con fuerza a cientos de familias, la autoridad nacional apenas observó durante unos minutos la zona afectada y se retiró. No recorrió las calles con lodo, no visito las casas inundadas, no escuchó a los vecinos de Cayma, no anunció medidas concretas ante los alcaldes distritales. Esa imagen, breve y distante, quedó grabada como símbolo de desconexión.
En Villa Continental del distrito de Cayma, la indignación fue inmediata. Los pobladores, que enfrentan pérdidas materiales y angustia diaria, sintieron que su tragedia fue reducida a un trámite protocolar. Esperaban compromisos firmes, maquinaria en acción, decisiones ejecutivas, pero recibieron silencio y prisa. La incomodidad de los alcaldes también fue evidente: autoridades locales que cargan con la presión ciudadana observaron la falta de articulación entre el Gobierno Regional de Arequipa con el Ejecutivo, evidenciando la ausencia de una mesa técnica real.
Pero la responsabilidad no recae solo un mandatario que recién asumió la presidencia del país. El gobernador regional de Arequipa, Rohel Sánchez, volvió a evidenciar falta de liderazgo. En momentos críticos, se requiere conducción firme, coordinación inmediata y exigencia clara ante el Gobierno Central. Nada de eso se percibió. A ello se suma la actuación del representante del COER, cuya gestión dejó más dudas que certezas, reflejando presuntas improvisaciones e incompetencias en la organización de soluciones.
Los riesgos son graves. La desarticulación institucional puede traducirse en ayuda tardía, duplicidad de esfuerzos o abandono de sectores críticos. Sin planificación, las próximas lluvias podrían agravar daños estructurales y generar crisis sanitarias por acumulación de agua y desechos. Con este panorama la erosión de la confianza ciudadana y el incremento del conflicto social es evidente.
Arequipa no necesita visitas simbólicas ni autoridades dubitativas. Necesita liderazgo real, coordinación efectiva y decisiones que se ejecuten antes de que la siguiente lluvia vuelva a evidenciar la precariedad del Estado.



