Abg. Ioannis Gonzales Oviedo. Máster en Marketing Político y Comunicación

En el Perú la política nunca es aburrida y la juramentación del gabinete de José María Balcázar lo acaba de confirmar. Por fuera vimos una ceremonia sobria, casi protocolar. Por dentro, lo que se sintió fue negociación pura y dura. Durante varios días se vendió la idea de que Hernando de Soto sería el nuevo premier. Su nombre sonaba fuerte en los pasillos del congreso y en la prensa. Pero al final no pasó nada. De Soto se quedó en la puerta de Palacio.

Las versiones que circulan apuntan a desencuentros en el armado del gabinete. En buen castellano, no se pusieron de acuerdo en el reparto de espacios y responsabilidades. Frente a ese entrampamiento, Balcázar optó por una salida práctica y le ofreció la Presidencia del Consejo de Ministros a Denisse Miralles, quien ya había aceptado quedarse como Ministra de Economía. Ella aceptó el encargo y se movió rápido. Llamadas, coordinaciones y confianza política. El resultado salta a la vista.

Casi la mitad del gabinete se mantiene de la gestión anterior, una señal clara de que el Gobierno ha preferido estabilidad inmediata antes que un golpe de timón arriesgado. Sin embargo, el detalle que ya empieza a generar comentarios es la procedencia de varios ministros. Al menos dos vienen de la etapa de Dina Boluarte y otros tantos ya habían pasado por el Ejecutivo como viceministros, incluso en tiempos de Jerí. No son improvisados, pero tampoco representan precisamente una renovación.

La apuesta de Balcázar parece clara. Gobernabilidad primero, impacto político después. El problema es que la gente hoy exige algo más que continuidad disfrazada. Miralles tendrá que demostrar rápido que este gabinete puede dar resultados y no quedarse en piloto automático.

Porque en la política peruana la foto de juramentación dura un instante, pero el desgaste comienza al día siguiente. Y este equipo ya empezó su camino cansado.

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