Historias al atardecer

Por: Sarko Medina Hinojosa

Estaba cansado. Había degollado a docenas de sarracenos y aún le faltaban dos guarniciones más antes de llegar donde tenían encerrado al caballero de la Lorena Conon de Réchicourt, amo y señor suyo. En su descanso, soñó como sería recibido cuando llegara con su recatado sano y salvo a Francia, los vinos, los vestidos, las damiselas, abundaron en su mente.

Se levantó y continuó su camino.

Tomó por asalto el destacamento siguiente y pasó por la espada a unos treintaicuatro musulmanes. Escupía en cada una de las cabezas, para darse más suerte, aunque en ese momento no la necesitaba. El hechizo de fuerza maravillosa que le vendiera la bruja llamada Beata de Huete, funcionaba a la perfección. Tomó un respiro y arremetió a la carrera contra el refugio y cárcel de los prisioneros cristianos en la zona.

Luego de matar a todos los guardias abriéndolos del vientre hasta el cuello, ingresó a las celdas gritando el nombre de su amo. Cuando llegó a la correspondiente, los prisioneros allí apretujados le contaron que, segundos antes que llegara, desapareció de la nada el caballero buscado. No liberó a ninguno, los dejó allí, presos de la locura, nadie vendría a auxiliarlos (ni alimentarlos) en días.

Años después, viejo y acabado, cual fue el precio que pagó por tres días de inmunidad, el sirviente llegó a Francia, a Mosela, a su antiguo castillo. En la taberna, le contaron del milagro: el caballero de la Lorena Conon de Réchicourt, apareció justo el día en que él lo estaba por liberar, en el atrio de la iglesia, gracias a un pedido especial a San Nicolás de Bari, patrono del lugar.

La bilis le explotó esa noche mientras se revolcaba de rabia, insultando a su Dios e invocando a Alá y a Mahoma, su profeta. Ninguno pareció oírle. 

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