Historias al atardecer

Por: Sarko Medina Hinojosa

Quispe se detuvo en medio del baile. A su alrededor la gente seguía brincando, chillando, tirándose talco. Las bandas tocaban todas a la vez y el ruido era un solo monstruo enorme. Hermoso el carnaval.

Miró alrededor.

Comparsas. Disfraces. Máscaras.

Una figura entre los diablos llamó su atención.

Se acercó cantando, silbando, blandiendo su botella de rico chanka kichachi.

Alta. Demasiado alta para ser mujer de aquí, casi metro ochenta con el disfraz. Disfrazada de demonio como los otros, con máscara de yeso blanco pintada de rojo, vestido negro con volados dorados, el cabello suelto y muy largo, casi hasta la cintura, de un negro brillante, grasoso.

Y los hombres a su alrededor. Todos bailando hacia ella. Todos con la misma sonrisa.

Quispe se pasó la lengua por los dientes. Todavía tenía el sabor del aguardiente con miel de caña.

Se abrió paso entre la comparsa.

—Oiga. —Se plantó frente a ella.

La figura siguió bailando como si no lo hubiera escuchado.

—Oiga, señorita. —Más fuerte.

Un hombre a su lado lo jaló del brazo.

—Oye amigo, déjala bailar, no seas pesado.

Quispe lo apartó sin mirarlo.

Puso una mano en el hombro de la figura. Ella se detuvo. Giró muy despacio.

De cerca, la máscara de yeso no era de yeso. Era demasiado perfecta, demasiado lisa, sin las imperfecciones del trabajo artesanal. Y el cabello negro olía raro. A río. A barro antiguo. A metal.

—¿Qué quieres? —dijo ella. Voz de mujer bonita. Voz diseñada para serlo.

—¡Salud!, tome conmigo, me gusta mucho.

—¡Quítate, borracho!

Con movimientos erráticos, más de payaso que de saltimbanqui siquiera, empezó a bailar alrededor y de paso despejando de hombres cercanos, hasta que, cayéndose por el alcohol, la empujó con él al suelo.

Le quitó la máscara de un tirón.

Lo que había debajo hizo que los tres hombres más cercanos que llegaban a auxiliar a la mujer gritaran y retrocedieran. Una mujer del grupo cayó desmayada. El músico de la banda que tocaba a dos metros vio algo desde su altura y soltó el bombo.

La cara era hermosa todavía. Eso era lo peor. Ojos grandes, nariz fina, labios bien formados. Hermosa y completamente imposible. La piel era gris verdosa, como cuero de animal marino. Donde debían estar las pestañas había escamas muy pequeñas, casi invisibles. Y la boca, cuando la abrió para responder algo, mostró dos filas de dientes. Todos perfectos, todos afilados, todos blancos como hueso limpio.

—¡Maldito! —dijo.

—E inalcanzable para ti.

Quispe abrió su saco. Sacó un huato de semillas de huayruro que llevaba enrollado, rojo y negro, las semillas ensartadas con hilo de lana de alpaca. No era un arma. Era un recordatorio. Las semillas de huayruro eran para los que se habían olvidado de lo que eran.

Ella entendió lo que era antes que él lo lanzara.

Se abalanzó.

Era fuerte. Mucho más fuerte de lo que su cuerpo sugería. Tenía los brazos de alguien que carga piedras desde siempre y la velocidad de algo que no tiene los mismos huesos que los humanos. Quispe recibió el impacto de frente, lo tiró contra la gente, tres personas cayeron con él.

—¡Suéltenme! —gritó ella, porque la gente cercana ahora también reaccionaba, agarrándola sin entender bien por qué, pero sintiendo que debían.

No era fácil. Ella sacudió los brazos y mandó a dos hombres volando contra una pared. Le rasgó el cuero cabelludo a una señora con un movimiento de la mano, los dedos demasiado largos dejando cuatro líneas de sangre. Un policía que apareció de la nada le apuntó y recibió un empujón que lo lanzó contra el capó de un carro estacionado.

Quispe se levantó. Le dolía la espalda. Le iba a doler una semana.

Dio tres pasos hacia ella mientras seguía luchando con la gente que intentaba sujetarla. Pasó por debajo de un brazo, esquivó una patada que rompió el adoquín donde cayó, y le lanzó el huato por encima de la cabeza.

Las semillas de huayruro le cayeron alrededor del cuello.

La criatura se detuvo.

No de golpe. Como si el aire se volviera más espeso a su alrededor. Primero los brazos dejaron de moverse. Luego las piernas. Quedó de pie, rígida, con los ojos fijos en Quispe, con algo en esa mirada que era odio puro y antiguo.

—Bien —dijo Quispe, respirando.

Había heridos: cuatro con cortes, uno con el hombro dislocado, el policía con la nariz rota. La señora desmayada ya estaba sentada, pero llorando sin saber exactamente por qué.

Una mujer joven le agarró el brazo a Quispe.

—¿Qué es eso? ¿Qué le hizo a esa señorita?

—No es una señorita.

—¿Qué es?

Quispe miró a la criatura inmóvil. Las semillas de huayruro brillaban contra la piel gris verdosa del cuello.

—¿Cómo se llama usted? —le preguntó a ella directamente.

La boca con dientes dobles no respondió de inmediato.

—Los hombres me llaman de muchas maneras. —La voz había cambiado. Ya no era voz diseñada para gustar. Era algo más profundo, más áspero, como agua pasando por piedra—. Sirena me dicen los que leen. Supay warmi me dicen los que rezan. Los músicos de aquí me llaman la-comparsa-que-no-se-va.

—La comparsa que no se va. —Quispe asintió—. ¿Cuántos carnavales llevas en Ayacucho?

—¿Cuántos carnavales tiene Ayacucho?

El joven músico que había soltado el bombo se acercó desde donde estaba.

—¿Es ella? ¿Es la que mató a mi hermano el año pasado?

Quispe no respondió. Miró a la criatura.

—Los hombres que mueren en carnaval. Los que aparecen intoxicados la mañana siguiente. Los que no tomaron nada raro, pero amanecen con el hígado destruido.

—Los que bailaron conmigo —dijo ella, sin vergüenza—. Sí.

—¿Por qué?

—Porque me gusta bailar. Y porque cuando bailan conmigo me dan algo.

—¿Qué?

—Calor. —Una pausa—. Llevo mucho tiempo en los ríos fríos. El calor de los hombres bailando dura poco, pero es bueno.

—Y cuando ya no bailan más, los dejas.

—Con menos de lo que tenían, sí.

Llevaron a la criatura al río Cachimayo en el patrullero del policía de nariz rota, que no sabía bien por qué lo estaba haciendo, pero lo hizo. Quispe la tuvo sentada a su lado en el asiento trasero, con las manos atadas y el huato todavía en el cuello.

No habló en todo el camino.

En el río, al borde del agua, Quispe le quitó primero la cuerda, luego el huato.

La criatura tardó un momento en reaccionar. Se frotó el cuello.

—Tu embrujo me condena por cien años a no volver. Pero, si regreso antes… —dijo.

—No va a importar porque yo ya voy a estar muerto —respondió Quispe.

Algo en la cara gris verdosa cambió. No sonrió. Pero casi.

La criatura se metió al río sin decir más.

El policía miraba el agua desde atrás.

—¿Qué le digo a mis superiores?

—Lo que quiera. O nada. Nadie le va a creer de todas formas.

Los demás hombres le preguntaron si le debían algo, él solo pidió que en una hora lo reciban que tendría hambre y sed, pero sed de verdad, no de agua. Rieron un poco. 

Iba caminando de vuelta al centro, pensando en si quedaba algún restaurante abierto a esa hora, cuando escuchó pasos cortos detrás de él.

La anciana de la manta negra.

—Don Quispe.

Se detuvo. La anciana llegó hasta él sin apurarse, con el paso de quien ya no tiene prisa por nada.

Le extendió un atadito. Un pedazo de tela bien doblado, pesado.

—Su pago.

—¿Qué es esto?

—Ábralo.

Lo abrió. Monedas. Muchas. Viejas, con el color particular de la plata buena, sin el lustre moderno.

—Son de plata de nueve décimas —dijo la anciana—. Suficientes para que mandes al Uku Pacha a más demonios como esa que engañó a mi hijo y lo mató.

Quispe la miró. Cerró el atadito en la mano.

—Ahora sí me voy a tomar para ser y no parecer que fingir no se me viene bien. —Dijo mientras apuraba el paso hacia la fiesta.

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