Historias al atardecer

Por: Sarko Medina Hinojosa

La tierra se movió como si el volcán hubiera decidido levantarse.

Julio apretó el abrazo con sus cuatro compañeros. Formaban un círculo patético a 5,800 metros de altura, aferrados unos a otros mientras el Misti rugía bajo sus pies. No era un temblor. Era furia geológica pura.

—¡No se suelten! —gritó, aunque su voz se perdía en el estruendo.

Rocas del tamaño de autos rodaban ladera abajo. La corona del cráter perpetuo se resquebrajaba en grietas que se abrían como bocas hambrientas. Treinta segundos. Un minuto. El tiempo perdió sentido.

Y entonces vieron caer la pared oeste del cráter.

Un pedazo de montaña del tamaño de una manzana entera se desprendió hacia el lado de la ciudad, arrastrando consigo toneladas de rocas y algo más. Algo que Julio vio emerger de la fisura recién abierta.

Primero pensó que eran rocas. Luego que eran animales. Pero cuando la primera figura se enderezó, supo que debían correr.

Eran algo altos, más que un humano. Piel del color del sillar quemado. Extremidades largas, articuladas en ángulos imposibles. Sin ojos visibles, pero con algo peor: cavidades que palpitaban, como si olfatearan.

Y se movían rápido hacia ellos.

—¡CORRAN! —El grito de Julio rompió el hechizo del terror.

Soltaron el abrazo. Cinco cuerpos bajando por la pendiente sur, la ruta normal de ascenso, ahora convertida en ruta de escape, la única. Mientras el grupo descendía en pánico, Julio iba último.

La primera figura alcanzó a Sebastián, mecánico de cuarenta y cinco años en menos de treinta segundos.

El grito fue breve. Julio no miró atrás. No necesitaba hacerlo. El sonido de huesos quebrándose era suficiente.

—¡SIGAN BAJANDO! ¡NO PAREN!

Andrea tropezó poco después, maestra, tres hijos. Se levantó. Cayó de nuevo. Julio la pasó, arrastrándola cinco metros hasta que ella recuperó el equilibrio. Dos figuras más los estaban alcanzando. Reptaban por la pendiente como arañas, usando las cuatro extremidades.

Marcos se detuvo. Se dio vuelta. Sacó su piolet.

—¡MARCOS, NO!

El chico de 23 años enfrentó a la primera criatura. El piolet se hundió en lo que debería ser su pecho. No pasó nada. La cosa lo levantó con una facilidad obscena y lo arrojó ladera abajo. El cuerpo rebotó tres veces antes de desaparecer en una grieta, los seres que los perseguían se fueron tras la presa alcanzada.

Quedaban tres: Julio, Andrea y Carla.

Miró su altímetro: 4,800 metros. 4,500. Las piernas ardían. Los pulmones se negaban a procesar el aire escaso. Andrea tosía sangre pero seguía corriendo. Carla lloraba y corría. Julio solo corría.

Una de las cosas alcanzó a Carla, universitaria, en los 4,200 metros.

Esta vez Julio sí miró atrás. Vio cómo la criatura se inclinaba sobre el cuerpo. Vio cómo abría su cavidad central. Vio cómo Carla dejaba de gritar. Los seres se desentendieron de ellos, preocupados en consumir los restos de la caída.

Andrea y Julio llegaron a los 3,800 metros. La zona de vegetación esporádica. Rocas más grandes. Lugares donde esconderse.

—Julio… no puedo… más…

—Solo un poco más. La base está a 3,200.

—No voy a llegar.

—Si vas a llegar, carajo, CORRE, ¡por tus hijos corre!

Julio se detuvo. Se dio vuelta. Sacó su bengala de emergencia.

—Corre. Llega al punto de encuentro en la base Cóndor, avísales y huyan a la ciudad.

—No…

Encendió la bengala y sacó su martillo. Luz roja brillante en la tarde que empezaba a oscurecer. Las tres criaturas que los perseguían se detuvieron. Olfatearon. Se dirigieron hacia la luz.

—¡CORRE!

Andrea corrió. Julio escuchó sus pasos alejándose ladera abajo mientras las tres criaturas avanzaban hacia él. La bengala chisporroteaba en su mano izquierda. El martillo de escalada pesaba en la derecha.

La primera llegó reptando, sus extremidades clavándose en la roca volcánica con facilidad. Julio esperó. Esperó. Cuando estuvo a un metro, giró el cuerpo y estrelló el martillo contra lo que debería ser su cabeza.

El cráneo reventó como granadilla.

La cosa se desplomó. No había sangre. Solo un líquido negro, viscoso, que olía a azufre concentrado.

Las otras dos se detuvieron. Olfatearon al caído. Luego a Julio.

Cargaron juntas.

Julio esquivó a la primera, rodó sobre la roca, sintió cómo sus costillas protestaban. La segunda lo alcanzó, sus extremidades lo rodearon. Julio enterró el martillo en su articulación central, donde el brazo se unía al torso.

Crack.

El brazo se desprendió limpio. La criatura chilló, un sonido como metal raspando piedra, y lo soltó. Julio le dio una patada, haciéndola rodar pendiente abajo.

La tercera lo embistió desde atrás.

Julio cayó de bruces. El martillo se le escapó de las manos. La cosa lo volteó. Vio sus cavidades palpitantes de cerca, sintió su aliento que olía a tierra.

Agarró una roca del tamaño de su puño.

Golpeó.

Golpeó.

Golpeó.

La cavidad cedió. Luego otra. La criatura se retorció, sus extremidades golpeándolo en el pecho, en las costillas, en la cara. Julio escupió sangre y siguió golpeando hasta que la cosa dejó de moverse.

Se levantó tambaleándose. La segunda criatura, la del brazo arrancado, regresaba. Julio recuperó su martillo, cargó ladera abajo hacia ella.

Chocaron a mitad de camino.

El impacto los hizo rodar juntos, una maraña de extremidades humanas y de roca, rebotando contra la arena, despeñándose por la pendiente. Julio sintió algo quebrarse en su costado. La criatura lo mordió en el hombro con algo que no eran dientes sino púas de hueso.

Gritó.

Hundió el martillo en su cabeza mientras rodaban.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cayeron juntos en una duna de arena. La criatura dejó de moverse. Julio rodó lejos de ella, tosiendo sangre y arena.

Se quedó ahí, mirando el cielo que se oscurecía.

Un zumbido lo despertó.

No sabía cuánto tiempo había pasado. Minutos. ¿Una hora? El sol se ponía detrás de Uchumayo, pintando el cielo de rojo sangre. Se incorporó con dificultad. Todo le dolía. El hombro sangraba. Las costillas rotas raspaban con cada respiración.

A cinco metros, la última criatura que lo había atacado estaba destrozada contra una roca grande. Su cabeza era pasta negra. Pero seguía zumbando, un sonido grave que salía de algún lugar dentro de su cuerpo mutilado.

Como un insecto.

Julio se levantó. Miró ladera arriba, buscando a Andrea. Nada. ¿Lo habría logrado? ¿Habría llegado a la base y recibiría ayuda de los allí apostados? ¿Estaría corriendo ahora hacia la ciudad?

Recuperó sus binoculares del bolsillo. Milagrosos, no se habían roto. Miró hacia Arequipa.

Los últimos rayos del sol iluminaban la ciudad blanca. Pero también iluminaban la ladera del Misti. Y lo que bajaba por ella.

Cientos de figuras. Miles.

Una horda que avanzaba como un río oscuro hacia Miraflores, Alto Selva Alegre, Mariano Melgar. Los barrios más cercanos al volcán. Calculó velocidad, distancia.

Una hora. Menos, incluso.

Se guardó los binoculares. Miró su altímetro: 3,600 metros. Buscó su celular. Estaba roto.

Julio Aquise, guía de alta montaña, 42 años, un hijo, separado, empezó a correr de nuevo.

Las costillas rotas gritaban. El hombro desgarrado sangraba a través de la chaqueta. El tobillo que se había torcido en algún momento de la pelea apenas respondía.

No importaba.

3,400 metros. 3,200, 3,000, 2800…

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