Planeta Cadáver: Aventura en Machu Picchu: llegada a la ciudadela inca y la odisea del boleto

Por Jorge Condorcallo Ccama

Con superar los primeros escalones ascendí hacia el cielo celeste que auspiciaba lo que vendría. Tras la colina emergieron, desde otra época, las construcciones enclavadas en la montaña; era la misma estampa que había visto en las fotos de los calendarios y los libros. Era la ciudadela de Machu Picchu. Bebí un poco del agua que llevábamos. Estaba impresionado, pero no al nivel de sentirme en un punto energético o místico, sino que era la sensación de ver por primera vez una hermosa flor de la que todos me hablaron y a la cual recién veía en su reino aéreo, verde y pétreo.

El impacto por la belleza arquitectónica y los abismos que la cuidaban con recelo ocurrió el domingo seis de enero, el día de la Bajada de Reyes, a las dos de la tarde con diecinueve minutos; lo escribo con precisión porque tengo la referencia de la hora en la fotografía. Para que nuestro grupo llegara a este sitio de importancia cultural tuvimos que atravesar varias dificultades y luego, para volver, aún más.

A Cusco arribamos el sábado en la mañana, hicimos turismo en la ciudad y dormimos bien  para reparar el cuerpo del viaje de catorce horas desde nuestra natal Arequipa y alas cinco de la madrugada despertamos y teníamos el itinerario listo, un itinerario forzado, porque no nos permitían comprar los boletos de PerúRail hasta el diez de enero; ni un turista nacional podía hacerlo, y nuestros presupuestos no nos permitían el boleto de sesenta y ocho dólares. Además, el tiempo que teníamos era ajustado, por lo que preparamos el plan B.

Con espíritu aventurero, a las seis de la mañana llegamos a la calle Pavitos y, con diez soles por pasajero, hora y media de asfaltado y un paisaje húmedo en las ventanas del miniván, hicimos el viaje hacia Ollantaytambo. Durante el trayecto, la mujer que iba sentada junto al chofer hablaba por su teléfono celular y, en cada llamada que hacía o respondía, se le llenaban los ojos de lágrimas, porque explicaba que su padre había fallecido y que ella se encargaba de organizar las exequias. A veces compartía su tristeza y les pedía ayuda, y que avisen a los vecinos para que los acompañen en el velorio; en otra llamada, entre llanto y cólera, reprendía al familiar que se desentendía de su deber de hijo, de hermano; solo el finado y ella lo sabían.

Apenas tocamos el suelo del pueblo que está a los pies del fuerte inca, preguntamos en la ventanilla si allí teníamos derecho al pasaje, y el funcionario de la empresa revisó nuestros documentos de identidad y, con pasmosa actitud, nos los negó nuevamente: hasta el diez de enero, repitió. Continuamos con el plan B. Desayunamos muy poco y caminamos de la estación hacia la plaza, donde nos habían dicho que teníamos que abordar el automóvil que nos trasladaría a Piscacucho, o kilómetro 82. No teníamos un mapa de nuestros trayectos e imaginaba cómo se trazaban las rutas que hacíamos, al estilo de las películas de Indiana Jones, y en una montaña estaba marcado con una cruz nuestro destino, a 2 430 metros sobre el nivel del mar.

Antes de las diez de la mañana teníamos que estar en el kilómetro 82 para abordar el tren que partía de Ollantaytambo. No entendía muy bien esa parte de la aventura hasta que, luego de media hora de trocha, nos detuvimos, pagamos los cuatro soles por persona y descendimos a una rampa provisional: la estación informal en la que abordaríamos el siguiente transporte y, según lo que decían los otros viajantes que también esperaban, allí se impondría la ley del más fuerte. Turistas nacionales y pobladores esperábamos con ansiedad las ruedas metálicas del ferrocarril. Media hora después, la locomotora se presentó: era una fortaleza pulida. Los vagones se quejaron, chillaron y, antes de que se detuviera por completo, nos lanzamos a las angostas puertas de acceso. Subimos bendecidos, empujados, maltrechos, pero llegaríamos a Aguas Calientes; lo lograríamos.

En el pasillo nos codeábamos unos a otros. Yo llevaba una mochila en la espalda y otra en el pecho; por el movimiento de la máquina, al reiniciar su marcha golpeé el sombrero de un hombre que iba sentado, quien se incomodó y nuevamente lo hizo, enfurecido, cuando mi compañera, por accidente, también golpeó su sombrero, así que discutimos. Me porté de forma majadera con él: no lo merecía. La discusión me avinagró el viaje de hora y media y solo me calmé mirando por el cristal la transformación del paisaje. El paraje de valle interandino se había convertido en selva espesa, con chorros de agua que provenían de las alturas y hacían espuma contra las piedras. Las ventanas opuestas eran dominadas por el río Urubamba. Traspasamos varios túneles y el calor espeso subía por los tobillos hasta mis manos, agarrotadas en el manubrio, con las que también apretaba nuestros documentos. Diez soles fue el precio del sauna móvil desde Piscacucho.

En el andén de Aguas Calientes nos orientamos mientras limpiábamos las gotas de sudor acumuladas en nuestros cuellos y subimos casi al trote para comprar las entradas a la ciudadela inca; luego, al trote, para comprar los pasajes en bus hacia arriba, a donde debía llegar nuestro grupo de arequipeños. Quince dólares, ida y vuelta: un viaje que dura menos tiempo que ir desde el centro hacia el cementerio General de la Apacheta. No hay un tiempo asignado de partida o de retorno: los buses se llenan y parten en un proceso continuo hasta las cinco de la tarde. Sabiendo que no encontraríamos carretillas de vendedores en la cima, compramos dos botellas de agua y dos truchas a la parrilla. En el vehículo conversamos y comimos con las manos ávidas, viendo las sobrenaturales montañas que nos verían movernos en la vía serpenteante llamada Hiram Bingham, rozando con la carrocería las ramas de los árboles.

Llegamos, por fin. Caminamos hacia el portal que indicaba el inicio del recorrido por Machu Picchu. «No me va a sorprender lo que veré», pensaba. Avanzamos y, tras la colina, apareció la ciudad, y era, como dije al inicio de esta crónica, una flor de extraños y hermosos colores: casi volaba, suave como un espejismo o un sueño. Caminamos por sus senderos, asombrados, sacando fotografías, apurando el paso para verlo todo antes de que los vigilantes soplaran sus silbatos avisando que había terminado la hora de las visitas.

Al terminar el paseo descendimos hacia Aguas Calientes, muy cansados por la jornada de viajes y caminatas, pero con un esfuerzo extra vencimos la interminable escalera hacia los baños termales y nos sumergimos en sus aguas verdosas de treinta y ocho grados centígrados por media hora. Al salir, mi compañera señaló una roca en la ladera y, con la lánguida luz de las farolas, distinguí una araña enorme —y había otra más grande—, comentó jubilosa. Para mí era suficiente la que miraba para abrazarla y refugiarme. Nuestros amigos le sacaron, impresionados, algunas fotos a la arácnida espeluznante. —En mi casa hay más grandes—, aseguró una vecina del distrito de Paucarpata.

—A las ocho tienen que estar en la estación; todos suben, pero habrá gente— era el consejo que nos habían dado. Teníamos aún una hora y la aprovechamos al máximo: comimos algo y paseamos por el laberinto de calles que son las arterias del pueblo, cada una de las cuales alberga locales exclusivos con avisos en inglés. Aguas Calientes no es un pueblo exactamente; para un observador práctico es un gigantesco centro comercial a cielo descubierto, con precios excesivos y ciudadanos de muchos colores y varias nacionalidades, tanto así que no me hubiera sorprendido encontrar a un grupo de wookies bebiendo sus mates de coca contra el soroche.

Hasta ese momento ninguno de nosotros lo advertía; quizá era la impresión que nos había dejado la ciudadela. Ni cuando llegamos a la estación y encontramos una fila de personas con mochilas y maletas: en verdad era una cola que se apretaba y se distendía en el patio, en la que muchos visitantes, rendidos por la espera, se habían sentado sobre sus equipajes para seguir aguardando. Hicimos lo mismo. En nuestras cabezas pensábamos: «Será así; además, todos entran a los vagones siempre», nos habían dicho.

Llegaron los primeros rumores, que fueron confirmándose en las voces de otras personas: el tren de las seis había partido y no habían dejado subir a los pasajeros nacionales; esa era la razón por la que había muchos esperando. La cola era un animal mítico, de muchas cabezas, que hacían un desorden de voces, de enérgicos reclamos porque algún vivo se había colado, que alguien lo había permitido, que por favor hicieran respetar sus lugares; repetían, en un coro airado, que presentía se quedaría esa noche. Así ocurrió. Antes de las diez se abrió la puerta verde y enrejada; pocos, algo más de setenta pasajeros, entraron. La multitud que seguía formada se desesperó. Se apretujaron y quisieron rebasar el metal a voluntad, sin resultados. Estábamos varados a ochenta kilómetros de nuestras cálidas habitaciones en Cusco.

Cuando pasaron el pestillo de acero, no lo creían; cuando oyeron la campana de aviso de la máquina, no lo creían; cuando la fuerza del tren remeció la plataforma y movió nuestros pies, comprendimos que esa noche no saldríamos del pueblo. Incrédulos, ninguno de nuestros amigos lo decía, pero estaba suspendido, con signos de grito, sobre sus cabezas, como en los cómics: ¡¿qué hacemos?!

Empezaron los reclamos contra las ventanillas de PerúRail; algunos exigían que les dieran tickets y les aseguraran un pasaje para el día siguiente. Surgieron protestas que criticaban el monopolio que la empresa ejercía y el desprecio hacia el turista nacional, que tenía que pasar las peores situaciones. Las botellas de plástico rebotaron contra los vidrios de las ventanas de atención, tras las cuales una trabajadora, con uniforme e inconmovible, removía los adornos del árbol de Navidad. En ese momento recordé que era domingo y Bajada de Reyes, y seguramente no habría sido del agrado de mi enamorada ni de ninguno de los amigos si comentaba: ¿y si compramos un panetón?

En la fila se culpaban unos a otros porque habían permitido pasar a los que habían llegado después. Una mujer, con una niña pequeña en brazos, mandó a la mierda al hombre que estaba detrás de ella en la cola; la esposa del hombre, que no decía una palabra, la envió al mismo lugar con cierto temor, porque una multitud de desconocidos los observaba. En la discusión, una niña con lentes, hija del matrimonio, sin mirar la patética escena, lloraba sentada contra la reja verde, en la que también se apoyaba un cartelón que promocionaba los privilegios de viajar en PerúRail. No había hipocresía en su anuncio: en las fotografías solo había altos y pálidos turistas.

Hablaban en grupos sobre la posibilidad de habilitar un tren. Otro grupo rodeó a un policía para exigirle el control en las filas, pero ningún funcionario de la empresa llegó a salir para explicar o informar sobre la cantidad de pasajeros que permitirían abordar en el siguiente tren, programado para las cinco de la mañana del lunes.

Unos se fueron, otros se quedaron, porque la consigna que, a gritos, se decidió era quedarse a dormir en el patio frío hasta el día siguiente y hacer respetar el lugar en la fila con la vida. Nuestros amigos se acomodaron decididos en el piso de cemento, abrigados solo por el techo de metal. —¿Qué hacemos?— me miró ella, y fuimos a averiguar el precio de las mantas, porque no teníamos más ropa de abrigo que la que llevábamos puesta. Salimos, preguntamos, no compramos ni un emoliente y volvimos para preguntarnos lo mismo. Le dije: —Vamos a un hospedaje—. Con el temor surrealista de quedarnos para siempre en Aguas Calientes, salimos de la estación hacia las angostas calles que pisábamos por primera vez.

Cuando los relojes de nuestros teléfonos indicaban que eran las once y un poco más, después de que nos ofrecieran un mueble de la recepción de un hotel a tan solo veinticinco nuevos soles, encontramos un cuarto económico porque no tenía televisor. Al rato escuchamos la lluvia y nos dormimos contándonos recuerdos.

A las tres y treinta de la mañana, somnolientos y vestidos con nuestros impermeables, fuimos a la estación. La lluvia seguía. Entramos atravesando el mercado y la cola de hombres y mujeres estaba intacta: habían dormido abrazando a sus hijos, otros acurrucados como pajaritos, protegiéndose con sus alas de lana del frío impasible, escuchando como única canción el traqueteo de las gotas de lluvia contra el armatoste que los protegía. Nuevamente la cola se retorció y creció; la gente llegaba y el cielo empezaba a clarear. Desde nuestra ubicación, la tenue luz solar inflaba la neblina que envolvía la montaña, que parecía encorvarse hacia nosotros para mirarnos mejor. Incluso pensé que, en cualquier momento, la mano terrosa de un gigante rompería la niebla y nos aplastaría.

Nuevamente la ansiedad se difundió a las cinco. Apareció un encargado de la empresa que pidió calma a los desesperados; explicó que ellos hacían todo lo posible en sus trabajos para ayudarnos. Nadie les creyó. Sonó la aldaba de la reja verde, que comenzaba a ser un lugar sagrado que veíamos alejado, más lejos que Machu Picchu o Arequipa, merecido por pocos y, a la vez, una aborrecible realidad. Atravesaron la puerta algo más de setenta personas, y nuestros amigos, que merecían un boleto porque se habían trasnochado en la intemperie, no alcanzaron un cupo. Esta vez no nos movimos. La siguiente salida estaba programada para las nueve. «Lo lograremos», nos dijimos ella y yo. La lluvia se convirtió en garúa copiosa y la neblina se fue diluyendo. Dos perros de pelaje color caramelo dormían a sus anchas, sin importarles quiénes tiritaban a su alrededor.

Un nuevo rumor se esparció para crear más pánico: a las nueve no dejarían subir a ningún nacional; hay muchos locales y ellos tienen preferencia. ¿Qué hacemos si no conseguimos subir al tren? Ella misma se respondió: nos vamos caminando por los rieles. Asentí: hasta Piscacucho y más allá, y no me parecía imposible; hasta parecía divertido.

El patio donde se esperaba una oportunidad era tierra de nadie: sin policías, sin nadie que nos informara la capacidad de pasajeros del siguiente tren. Antes de las diez, los mismos hombres tuvieron que poner orden para evitar el caos y a los vivazos que se querían colar a la fuerza o por convencimiento. A las ocho y cincuenta, un trabajador pasó con un talonario de boletos en la mano pidiendo nuestros documentos. Tenía una cantidad de boletos doblados: esos pocos pertenecerían a quienes abordarían los vagones de las nueve. Una amiga rezaba con fervor por obtener uno de los boletos celestes; otros apuraban al boletero, que demoraba entregando los vueltos. Ocho y cincuenta y cinco de la mañana, y yo estaba ansioso. Le hablé al joven que me antecedía; tenía diez soles. Le di veinte y nuestros documentos para que pagara por los tres, no fuera a ser que dijera «hasta aquí, no más». Al tiempo que recibimos los boletos se abrió la puerta verde; nos contaron. Yo era el número veintinueve y ella, la treinta. Atravesamos el arco en orden y, tras mi compañera, cerraron el acceso. Respiramos con alivio. Las sensaciones de desesperación se desvanecieron al oír la aldaba, y nuestra indignación creció por los reclamos de los que tendrían que quedarse. Nos sentamos un segundo en las bancas y luego corrimos hacia las puertas de los carros. Superamos la escalinata y nos acomodamos en el pasillo, y no lo creímos hasta que nos sacudió la marcha del ferrocarril.

—Lo que hemos pasado me recuerda a los campos de concentración de los que escaparon los judíos en la Segunda Guerra Mundial— se lo comenté, y sonrió. —Escape de Sobibor— dijo ella. Rumbo a Ollantaytambo, seguíamos hablando de cuántas horas nos costaron esos papeles celestes ya inservibles en nuestras manos. Casi dos horas de viaje, apachurrados y colgados como monitos, y soportando el cansancio con un sorbito de agua que quedaba en la botella de plástico, no importaban tras lo que habíamos pasado. Reímos por eso que se volvería anécdota; pero, en verdad, jodía mucho ver cómo las locomotoras que iban en sentido contrario y pasaban junto a nosotros llevaban en sus ostentosos vagones a los gringos que nos observaban bebiendo sus jugos de naranja o sus cafés con leche. Sorprendidos, nos tomaban fotos, porque para ellos esa caja de acero con hombres apachurrados y sofocados era algo exótico, y para nosotros era y es la realidad. Es el efecto del menosprecio abierto de una empresa por los que solo tienen soles, la preferencia por el turista extranjero antes que por el nacional, que es relegado a la desesperación y a la súplica. Se vea por el ángulo que se vea, es un maltrato y una injusticia que deben parar.

A las once estuvimos otra vez en Ollantaytambo. Nadie tenía hambre; solo querían llegar al hospedaje en Cusco y echarse en algo blando para olvidar el concreto helado del patio de la estación. Yo tenía ganas de un helado y de escribir lo antes posible esta crónica para no olvidar los detalles. En el miniván dormimos al amparo del sol que entraba por los cristales. Al abrir los ojos reconocimos las casas con techos de tejas rojizas de la ciudad imperial. Solo el chorro de agua tibia de la ducha despertó por completo mis sentidos y fui consciente de la inolvidable experiencia que vivimos al ir y volver de Machu Picchu.

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