Por Sarko Medina Hinojosa
—¿Por qué lo hiciste? ¡Responde!
Ella me amó, lo sé, me miraba a través del cuarto y me sonreía. Yo era feliz.
—No es posible que hayas hecho esto, tiene que haber una razón.
Nadie entendía nuestro amor, lo sé, porque yo soy, supuestamente tan sencillo y ella tan hermosa, venida desde el otro continente incluso, no encuentro otra palabra.
—Quería ayudarte, ¿no entiendes?
A pesar de mis silencios, ella logró entrar en mí, con su cariño. Él cambió todo, impidió que nos viéramos, hizo que terminara conmigo y no nos viéramos más.
—Hace cuanto tiempo que dejó de ver a su psicólogo.
—Un año más o menos, pero nunca se quejó o habló algo de eso, señor oficial.
No podía dejar que nos separaran, tenía que tenerla sólo para mí.
—No puedo creerlo, está destrozada también. Hemos encontrado partes por todo el cuarto. Lo peor es que planificó todo a la perfección y hasta desconectó las cámaras de la casa.
Me encantaba verla, así quieta, sin pronunciar palabras. Parecida a mí en todo.
—Esa muñeca era muy costosa, la trajo de Viena. La colocaba en su consultorio porque a los niños les agradaba, nunca pensamos que el chico se obsesionara con ella.
Nadie entiende yo sólo quería llevármela, solo eso, y él la rompió, prefirió matarla antes que fuera mía. Nunca amaré a nadie ni pronunciaré palabras que no sea para decir cuánto la amé.
—Bueno, eso va explicando algo. Lo que no entiendo es cómo consiguió acuchillar a un hombre de treinta años en completo uso de sus fuerzas un niño autista de ocho años, descuartizarlo y dejar pedazos hasta en el techo del consultorio, y todo con un abrecartas.
—Nunca lo sabremos. Se niega a hablar.




