El anuncio de un “acuerdo marco” entre Estados Unidos y la OTAN sobre el futuro de Groenlandia ha generado un clima de distensión en Nuuk, aunque marcado por la cautela. Tras días de protestas frente al consulado estadounidense, la vida cotidiana volvió a la normalidad, según relata la activista de derechos humanos Najannguaq Christensen, residente en la capital groenlandesa.
El entendimiento fue comunicado al margen del Foro Económico Mundial de Davos y busca encauzar una disputa que se intensificó luego de que el presidente estadounidense Donald Trump expresara su interés en reforzar el control de Washington sobre la isla ártica. Si bien el anuncio ha reducido la tensión inmediata, en Groenlandia persiste la sensación de que se habla de su futuro sin una participación efectiva de sus autoridades.
En ese contexto, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, viajó a Groenlandia el 23 de enero para expresar el respaldo de Dinamarca. La visita se produjo en medio de lo que ella calificó como un momento “muy difícil”. Por su parte, el primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, valoró que se hayan descartado amenazas de intervención militar, pero reiteró que ningún acuerdo puede negociarse sin el Gobierno local.
Desde la OTAN, el secretario general Mark Rutte subrayó que la seguridad en el Ártico es un asunto que compete a toda la alianza, mientras que la versión estadounidense del acuerdo pone énfasis en la protección permanente de sus intereses estratégicos, militares y económicos en la región. Sin embargo, hasta ahora no existe un documento público que detalle los alcances del entendimiento, lo que alimenta interpretaciones divergentes.
Uno de los puntos que podría revisarse es el acuerdo de 1951 que regula la presencia militar estadounidense en Groenlandia. Actualmente, Estados Unidos opera una base principal, Pituffik, aunque su papel podría ampliarse en el futuro. La ubicación de la isla, clave en la brecha GIUK y en los sistemas de alerta temprana vinculados al proyecto antimisiles “Golden Dome”, refuerza su valor estratégico.
A ello se suman los intereses económicos. Groenlandia controla sus recursos naturales desde 2009 y cualquier acceso preferente para terceros es visto como una posible afectación a su soberanía. En una isla sin fuerzas armadas propias y con aspiraciones de independencia a largo plazo, la principal preocupación sigue siendo no volver a convertirse en moneda de cambio geopolítica.




