Oswaldo Calle Talavera. Analista Político
El presidente Donald Trump ha enviado una carta al primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, en la que desnuda sus formas y su personalidad.
En la carta le dice: “Estimado Jonas: considerando que su país decidió no otorgarme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido ocho guerras más, ya no siento la obligación de pensar exclusivamente en la paz, aunque siempre será predominante”.
Trump, sin vergüenza y con un entendimiento ignorante de lo que es el Premio Nobel y, por añadidura, de lo que es la paz, se transparenta y se queja ante el primer ministro noruego, quien, sin tener que hacerlo, había explicado reiteradas veces que el Nobel de la Paz lo otorga un comité designado de manera independiente por el Parlamento.
El resentimiento lo desborda. Trump se queja y cree que le corresponde más de lo que tiene y merece. El presidente estadounidense tiene el convencimiento de que todo es una buena excusa para garantizar la seguridad de su país y la suya propia.
Meses antes de que se anuncie el Nobel de la Paz, Trump había declarado que lo merecía, en la creencia de que, con la solicitud y el reclamo público, el comité noruego se iba a sentir presionado. El premio fue otorgado a María Corina Machado, quien llegó un día después de la ceremonia de entrega a Oslo. Días antes, al enterarse Machado del premio, llamó a Trump y le dijo que él merecía el galardón, en una llamada que parecía hacerse con miedo y bajo el condicionante de que Machado no merecía el premio, porque, de no decirlo así, Trump no la ayudaría con la situación de Maduro en Venezuela.
En un acto que parecía un premio consuelo y en una ceremonia pública transmitida por todos los medios, Trump recibe el primer “Premio FIFA de la Paz: el fútbol une al mundo”, de manos de Gianni Infantino, durante el sorteo final de la Copa Mundial de la FIFA 2026.
Trump no se contentó con esto. Su convicción de merecer aplausos como pacificador no se detuvo. En un acto extraño y sin precedentes, recibe a María Corina Machado, posterior a la captura de Maduro en Venezuela, en una reunión privada en un salón de la Casa Blanca. Machado entrega a Trump la medalla del Nobel de la Paz, a pesar de que la Academia Noruega había anticipado que el premio no es transferible. Machado cree hacer lo correcto al regalar algo que era para ella y Trump al creer que es honorable recibir un premio que no estaba destinado para él.
Hay un mensaje en el que el pensamiento del líder estadounidense se reafirma: lo que Trump cree merecer lo obtiene por la razón o por la fuerza. No importan los merecimientos ni quién lo otorga. Si lo quiere, lo tiene, con o sin derecho.
Trump, amenazante, en la carta a Noruega, dice sin vergüenza y con afán intimidatorio hacia todos los que lean el texto: “Ahora puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos de América. Dinamarca no puede proteger esa tierra (Groenlandia) de Rusia o China y, de todos modos, ¿por qué tienen un ‘derecho de propiedad’? No hay documentos escritos, solo el hecho de que un barco llegara allí hace cientos de años, pero nosotros también enviamos barcos”. Añade.
Trump dice entre líneas que sin Nobel no hay paz y utiliza la oportunidad de la carta para mandar un mensaje al mundo: “Yo tengo el poder”. El presidente de Estados Unidos sufre de una ansiedad de merecimiento que sabotea su cordura y avergüenza a los ciudadanos de su país.
Trump amenaza a la OTAN, amenaza a Noruega y confunde objetivos nacionales con metas personales que lo hagan ganar un lugar en la historia. No importan las formas, sino los fines, y sobre todo los personales, expresa indirectamente Trump, quien atraviesa un momento muy difícil de aceptación en su gobierno, con un 39 % de aprobación.
Trump se compara con Lincoln, con Jackson en el sufrimiento y hace unos meses se comparó con George Washington. Desde su megalomanía, Trump se enfrenta a los jueces, a la Cámara de Senadores y hasta a la propia representación republicana. Un presidente con poder colonizador, un rey moderno o un personaje con ideas de emperador.
El momento del presidente del país de las estrellas y las franjas es muy complicado. La imagen de liberador de dictaduras, de líder preocupado por las democracias mundiales y de presidente recuperador de una supremacía perdida es, cuanto menos, dudosa.
Trump acumula comportamientos difíciles de olvidar. Pareciera que le importan más los temas externos que la propia problemática interna. Si hacemos memoria, se le señala por publicar en sus cuentas oficiales información y memes falsos, ser maleducado con la prensa, violento en sus respuestas, confrontar a jueces, mentir en declaraciones que ocultan fines políticos y, en el ejercicio de sus funciones, abusar del mandato que su pueblo le dio.
Líderes de opinión como Jimmy Kimmel se burlan de sus acciones y lo ridiculizan con solo sus publicaciones en redes. Actores como Mark Ruffalo, en una declaración que dio la vuelta al mundo por realizarse en la alfombra roja de los Premios Globo de Oro, donde llevaba un pin en la solapa a favor de una mujer asesinada por el ICE, ahondan en las críticas a su presidente y lo señalan de pederasta y de delincuente condenado. Robert De Niro, desde el escenario de los Globos de Oro, le dice “Fuck Trump”. Los actores y artistas de la sala se ponen de pie y aplauden, mientras en Washington senadores le recuerdan su amistad con Epstein.
Las protestas masivas en Minneapolis por las acciones del ICE contra los inmigrantes, la postura del gobernador de California, Gavin Newsom, quien dijo: “Trump pone en riesgo la reputación del país” y lo señaló de desquiciado, el gobernador de Illinois, Pritzker, como opositor abierto, y muchos otros gobernadores toman posición ante un presidente que consideran abusivo y enajenado.
Jerome Powell, presidente del Banco Central de Reserva (Reserva Federal), ha denunciado amenazas y ha sido llevado ante los tribunales por negarse a bajar las tasas de crédito e intereses. Ha sido amenazado con cargos penales y se ha reafirmado en que su gestión, respaldada a lo largo de cuatro administraciones, tanto republicanas como demócratas, ha sido ratificada por el Senado. Hoy, Powell es un perseguido de Trump.
Los insultos a la congresista Ilhan Omar, de origen somalí, causaron indignación. Trump calificó de basura a los somalíes. Dijo: “Ella es basura”, “sus amigos son basura”. Las menciones racistas son habituales en el discurso de Trump. Culpa de todo lo malo que le pasa a Estados Unidos a los inmigrantes. En un discurso dijo que quería inmigrantes de Dinamarca, de Noruega y de Suecia, y que en cambio tiene gente de Somalia, a quienes calificó de sucios, asquerosos y llenos de delincuencia.
La imagen de Trump no es buena en el interior del país. El Partido Republicano está quebrado. El Senado le ha negado los cinco mil millones de dólares que pidió para consolidar las operaciones en Venezuela. Sus propios partidarios han votado en contra y otros han salido de la sala en el momento de la votación como muestra de rechazo. El Senado le ha dicho: no confiamos en ti. Trump ha llamado traidores a los senadores republicanos.
Trump parece más poderoso desde afuera que dentro de Estados Unidos. Hay una crisis en el país y hasta se ha hablado de su destitución. Las marchas le gritan “No kings in the USA” y The New York Times le pregunta: “¿Hay algo que pueda impedirle hacer lo que quiera?”. Trump respondió: “Sí, mi propia moral, mi espíritu. Es lo único que puede detenerme, y eso está muy bien”.
Trump teme que las elecciones de noviembre jueguen en contra de los republicanos. Esto devolvería la mayoría a los demócratas y, si ocurre, podría ser destituido por el Congreso.
Todo lo señalado guarda consonancia con la carta que Trump escribió al primer ministro noruego. Subraya su identidad y sus modales, esa forma grosera, enajenada y antidemocrática de dirigirse a los Estados, con la idea de un bien superior y de una justicia que solo él y su círculo entienden.
Trump entiende a Maquiavelo cuando este dice que la política y la moral no coinciden, y con la frase “un príncipe nunca carece de razones legítimas para romper sus promesas”, el presidente Trump infla el pecho y la aplica, convencido de que su mando no tiene que justificarse ante terceros, porque no hay nadie por encima de él que pueda reprenderlo.




