Anawella: belleza y confianza femenina en Cerro Colorado

Por Melissa Vargas Santos

En una calle de Cerro Colorado, donde el movimiento no se mide por vitrinas sino por confianza, el salón de Anawella abre cada día con la misma convicción que lo vio nacer. Hasta allí llegan mujeres de distintos distritos, no solo para cambiar de «Look», sino para sentirse escuchadas. Detrás del nombre está Ana Rogelia Aguilar Lasteros, una estilista que convirtió la belleza en una forma de independencia, motivada por una idea que la acompañó desde siempre: no depender de nadie.

Vocación por la belleza

Ana Aguilar se inscribió sola a un instituto de belleza donde aprendió lo básico.

Su motivación nació temprano. Ana creció viendo el esfuerzo diario y entendió que quería valerse por sí misma. “Siempre me gustó ser independiente”, repite, como una frase que define su vida. Desde joven sintió afinidad por el mundo de la belleza. Le gustaba cortar, maquillar, peinar y ver cómo una persona podía cambiar no solo su imagen, sino también su ánimo. Para ella, la belleza nunca fue superficial; fue una herramienta para ayudar y trabajar.

Apenas terminó el colegio, tomó una decisión que marcaría su camino. Aunque en casa esperaban que siguiera una carrera universitaria tradicional, Ana se inscribió en cosmetología sin avisar, convencida de que ese era su lugar. Un año después ya tenía su título, pero la inquietud por seguir aprendiendo la llevó a ingresar a la universidad. Luego ingresó a una segunda. Fueron años intensos de estudio, exámenes y responsabilidades, combinados con trabajo constante.

Mientras asistía a clases universitarias, los fines de semana se transformaban en jornadas laborales. Atendía a compañeras, madres de familia y vecinas, muchas veces a domicilio. Cargaba su maletín, recorría barrios y se ganaba clientas con paciencia y dedicación. “Si sigo en esto es porque me gusta”, afirma. La motivación no era solo económica; era el gusto por su trabajo y la satisfacción de ver resultados.

Aprendizaje constante

Con los años fue trabajando y obteniendo experiencia en la belleza capilar.

Con el tiempo, esa constancia la llevó a trabajar en distintos salones y spas reconocidos, donde aprendió técnica, disciplina y trato profesional. Sin embargo, también descubrió que no quería pasar la vida trabajando para otros. Su deseo de independencia volvió a imponerse. Abrió salones propios, alquiló locales, cerró puertas y volvió a empezar. Cuando fue madre, incluso cambió de rubro por un tiempo y abrió una tienda de abarrotes, pero nunca se alejó del todo de la belleza. En un rincón del negocio seguía peinando y maquillando. Emprender siempre fue parte de su identidad.

Hoy, con casi treinta años de experiencia, Anawella es un nombre reconocido en Cerro Colorado. Su trabajo se basa en el diagnóstico y la personalización. Su especialidad es la colorimetría, técnica que domina gracias a años de práctica. Antes de aplicar cualquier producto, analiza el cabello, la piel y la personalidad de cada clienta. “No todas somos iguales”, explica. Por eso cada color, cada corte y cada maquillaje es único. Trabaja con productos de alta gama y prioriza la honestidad por encima de todo.

Confianza familiar

Hoy Ana tiene un negocio próspero en el que recibe a clientas de toda la ciudad.

El momento decisivo llegó poco antes de la pandemia, cuando dudó en abrir el salón en su propia casa. El miedo era grande, pero el apoyo de su esposo fue clave. Él confió cuando ella dudaba. Derribó una pared y abrió la puerta hacia la calle, apostando por su talento. “Tú trabajas bien, tus clientas te van a seguir”, le dijo. No se equivocó. Las clientas llegaron y el negocio se consolidó.

Hoy, el salón de Anawella es más que un espacio de belleza. Es un lugar de conversación, desahogo y confianza. “A veces somos estilistas, a veces amigas, a veces psicólogas”, comenta mientras trabaja. Para ella, arreglarse no es vanidad, sino una forma de quererse, de cuidarse y de levantarse.

Convencida de que no existen mujeres feas, sino mujeres que se descuidan, Anawella transmite un mensaje claro: ser positivas, constantes y no rendirse. “Nada es imposible. Para todo hay solución”, dice. Su historia no es solo la de una estilista en Cerro Colorado, sino la de una mujer que encontró en la belleza una motivación, una profesión y una manera de ser libre.

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