Por Sarko Medina Hinojosa
La avenida Los Incas estaba más vacía que de costumbre esa noche de noviembre. Natalie—ese no era su nombre real, pero era el que usaba— subió al taxi amarillo que se detuvo junto a la vereda. El chofer, un hombre de unos treinta y tantos, complexión gruesa, le sonrió por el retrovisor.
—¿A dónde, señorita?
—Por Cayma, más allá del cementerio de Bolognesi—respondió ella, acomodándose la falda corta.
El taxi arrancó. Por el retrovisor, ella notó que él la miraba con insistencia.
—Disculpe la pregunta, pero… ¿no tiene miedo de andar sola por aquí? Con eso del asesinode mujeres que anda suelto…
Natalie sintió un escalofrío.
—¿Qué asesino?
—¿No ha escuchado? Ya van cuatro chicas… trabajadoras de la noche, como usted, sin ofender. Las encuentran tiradas por los canales de Uchumayo o por Chilina.
—No sabía… —mintió. Claro que sabía. Todas las chicas sabían. El hambre no esperahistorias—. ¿Y qué… qué les hace?
El taxista tomó por el Puente Chilina. Su voz se volvió más grave, más íntima.
—Las estrangula. Pero antes… antes las golpea. Dicen que porque no quieren hacer lo que él pide. Caricias especiales, dice la policía.
—¿Cómo sabe tanto?
—Leo las noticias, señorita. Además, uno escucha cosas manejando taxi. Las otras chicas hablan, cuentan que las dos conocían al tipo, que era un cliente regular.
Natalie se tensó. El taxi había tomado por una ruta que no conocía.
—¿Y usted qué piensa? ¿Quién podría ser?
El hombre se rio, una risa seca, sin humor.
—Yo tengo mi teoría. Debe ser un hombre de buena familia, ¿sabe? De esos que tienen todo pero a la vez nada, porque todo se le es negado. Que buscan en la calle lo que no encuentran en casa. Cariño, aunque sea de mentira, aunque sea pagado.
—Todos buscan eso —respondió Natalie, notando que tomaba el comino para Carmen Alto, más oscuro, solo, descampado.
—Sí, pero este… este debe haber sufrido una humillación. Una decepción muy grande. Tal vez una de ustedes —sin ofender— se rio de él. De su cuerpo.
—¿Su cuerpo?
El taxi se detuvo de golpe. Era una de las partes en que chacras flanqueaban la pista.
—¡DE SU PENE PEQUEÑO! —gritó de repente, golpeando el volante—. ¡Se rieron de su miembro diminuto! ¡De su incapacidad! ¡De su fracaso como hombre!
Natalie tragó saliva.
—¿Cómo… cómo sabe tanto sobre él?
El chofer se volteó. Sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y dolor.
—Porque yo soy el asesino, preciosa. Y tú serás la quinta.
Por un momento, el silencio fue absoluto. Natalie lo miraba con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta. Entonces, algo cambió en su rostro. El miedo se transformó en algo excelso, pletórico de alegría. Sus labios se curvaron en una sonrisa que no debería ser posible en un rostro humano.
—Pequeño —susurró, y su voz era ahora múltiple, como un coro de mujeres hablando al unísono—. No sabes cuánto tiempo llevo esperándote.
—¿Qué…?
—Soy tan vieja. Tan hambrienta. Me gusta la corrupción, el pecado hecho carne. En las calles se hablaba de un ser maldito, solo tenía que esperar. Tú… —se relamió los labios con una lengua que de repente era demasiado larga, demasiado roja—, tú estás tan corrompido, tan podrido por dentro. Eres un festín.
El falso taxista intentó abrir la puerta. Intentó gritar, pero Natalie ya estaba sobre él, atravesando el espacio entre los asientos como si fuera humo.
—Gracias por confesarte —ronroneó mientras sus manos, ahora con garras, acariciaban su rostro—. Los inocentes no me nutren. Pero los malditos llenos de crímenes… ustedes son como vino añejo para mi especie.
—¡No! ¡Aléjate! ¡Socorro!
—Nadie te escuchará aquí. Tú mismo elegiste este lugar, ¿recuerdas? Tan apartado, tan perfecto para matar. Pero no contabas con que algunas de nosotras también cazamos.
Sus ojos ahora eran completamente negros, sin iris, sin blanco. Su boca se abría revelando filas y filas de dientes afilados como agujas.
—Primero me comeré tu miedo —dijo mientras presionaba sus labios contra los de él. Kevin sintió como algo frío y viscoso entraba por su garganta, robándole el aliento—. Después tu culpa —sus garras se hundieron en su pecho—. Luego tu rabia, tu frustración, tu vergüenza…
Kevin intentaba luchar, pero su cuerpo no respondía. Podía sentir como ella —eso— lo devoraba desde adentro, succionando no su sangre o su carne, sino algo más profundo, más esencial.
—Y al final —susurró la wayllaca mientras el hombre convulsionaba—, me comeré esa pequeña alma negra y retorcida que tienes. Pedazo por pedazo. Pecado por pecado.
El taxi se sacudía mientras adentro el asesino experimentaba cada muerte que había causado, cada dolor que había infligido, pero multiplicado por mil. La wayllaca se alimentaba de su agonía, creciendo más fuerte, más hermosa, con cada grito silencioso.
Cuando amaneció, la policía encontró el taxi abandonado en la chacra. Dentro, algo que antes hubiera sido un humano estaba sentado en el asiento del conductor, los ojos abiertos mirando a la nada, la boca abierta en un grito eterno. No había marcas en su cuerpo, pero algo fundamental había sido arrancado de él. Los médicos dirían después que era como si su cerebro simplemente se hubiera… vaciado. Como si sus órganos internos hubieran sido licuados y succionados, dejando solo la cáscara de músculos sin sangre siquiera. Al descubrir su identidad y filtrarse a la prensa el caso, se especuló durante mucho tiempo de una venganza de algunos de los familiares de las muchachas asesinadas.
***
La mujer revisaba su celular buscando noticias, se rio cuando encontró la de las especulaciones sobre la muerte del taxista asesino, hasta que una le llamó la atención: Crimen terrible: matan a familia de seis por herencia.
Se relamió los labios, una nueva cacería empezaba.




