Pluma de Ganso: Negocio y racismo

Por Jorge Turpo Rivas. Periodista

Una vez más, agosto —mes del aniversario de Arequipa— llegó cargado de las tensiones de siempre: racismo, desprecio y una controversia que parece no tener fin. La discusión recurrente: ¿por qué hay tanta danza puneña durante las celebraciones de Arequipa?

Más allá de los prejuicios evidentes y los comentarios cargados de ignorancia, hay un aspecto que pocos se detienen a analizar: esto también es un negocio. Un negocio que, disfrazado de tradición y cultura, mueve dinero y beneficia a ciertos actores específicos.

Tomemos como ejemplo el reciente pasacalle de Sayas, Morenadas y otras danzas altiplánicas. La Asociación de la Provincia de Puno decidió realizarlo a pesar de no contar con el permiso de la Municipalidad para ocupar el Centro Histórico. Lo hicieron sin vacilar, conscientes de que enfrentaban a una autoridad municipal débil o prácticamente ausente. Y lo hicieron con una actitud desafiante, cerrando la Av. Jorge Chávez y afectando a cientos de ciudadanos, como si su despliegue cultural estuviera por encima del orden público.

Sí, es cierto: muchas familias disfrutaron del espectáculo. El ritmo es contagiante y el colorido de los trajes fascina. Algunos turistas, desorientados, llegaron a preguntarse si se habían equivocado de destino y, en lugar de Arequipa, estaban en Puno. El Misti, por un momento, pareció ceder su protagonismo al Titicaca.

¿Es esto negativo? No necesariamente. La diversidad cultural es una riqueza, y está bien que se celebren expresiones artísticas de todo el país. Pero el problema no es la danza ni la cultura. El problema es la informalidad, el desorden y la falta de respeto a las normas municipales y al resto de ciudadanos. Esa debería ser la discusión: cómo garantizar que estas manifestaciones se den con respeto, orden y legalidad.

Entonces, ¿quién gana realmente con estos eventos? Sin duda, los comerciantes y confeccionistas de trajes típicos. Sabemos —y no es un secreto— que algunos de los principales impulsores del pasacalle también están involucrados en el negocio de la confección, alquiler y venta de trajes. Y los trajes no son baratos. Con decenas o incluso centenas de danzantes participando, hay mucho dinero en juego.

¿Les importa tener permiso? En absoluto. Su modelo de negocio no soporta la legalidad: se sustenta en la informalidad, como tantas otras actividades en el Perú. Han encontrado un nicho lucrativo en las fiestas de Arequipa, y lo aprovechan sin importar las reglas.

En este contexto, el racismo se vuelve, para algunos de ellos, casi una excusa útil. No lo combaten directamente, porque mientras existan quienes los rechacen, también existirán quienes los apoyen, les aplaudan y les compren o alquilen trajes.

Cada año se suman más danzantes, muchos de ellos como forma de afirmación cultural frente a quienes los desprecian. Para ellos, bailar es también una forma de resistir.

En resumen, no es solo una cuestión de identidad ni de racismo. También es una cuestión de dinero, de poder y de cómo, una vez más, la informalidad se impone a las normas, disfrazada esta vez de folclore.