
Por: Omar J. Candia Aguilar. ocandia@unsa.edu.pe
Hace algunos años tuve la oportunidad de conocer la historia de Martina, una mujer provinciana, sin estudios básicos concluidos, víctima de violencia familiar y del machismo estructural. Ella me contaba que llegó a Arequipa a trabajar en la casa de una prima cuando tenía 11 años de edad. Su familiar la empleó con otra familia cuando cumplió 14 años, por lo que no tuvo la oportunidad de estudiar.
En una reunión que congregaba a sus paisanos conoció al padre de sus hijos, un hombre que trabajaba como vigilante, con quien tuvo tres hijos: dos mujeres y un varón. Nunca contrajeron matrimonio; convivieron durante algunos años, pero la convivencia estaba marcada por permanentes peleas y agresiones, producto del consumo de alcohol de su conviviente. Estas situaciones la obligaron, en varias ocasiones, a denunciarlo en la comisaría, donde no encontraba respuestas, sino más agresiones: “seguro te has portado mal”, “qué habrás hecho”, entre otros comentarios. Con el tiempo, su conviviente la abandonó y ella tuvo que asumir sola la responsabilidad de criar y sacar adelante a sus hijos.
La historia de Martina es también la historia de miles de mujeres que no tienen oportunidades, que sufren violencia estructural y que silenciosamente luchan contra las desigualdades de cada día. No podemos negar que en nuestro país hemos dado pasos importantes en la construcción de una democracia paritaria; sin embargo, estos avances aún resultan insuficientes para lograr una verdadera igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.
Frente al abandono familiar, el legislador ha regulado el delito de omisión a la asistencia familiar (artículo 149 del Código Penal), que establece sanción penal para quienes incumplen con asistir y prestar alimentos a sus familiares dependientes. Asimismo, un efectivo policial que estigmatiza por razones de género puede ser sancionado gravemente conforme a su régimen disciplinario (Ley N.° 30714).
Sin embargo, en materia de oportunidades aún existen indicadores que debemos revertir. Hoy, por un mismo trabajo realizado, el hombre suele ganar más que la mujer; la tasa de analfabetismo sigue siendo mayor en mujeres que en hombres; los hombres continúan asumiendo mayor protagonismo en la participación política; tienen mayor acceso a la propiedad; y las mujeres siguen siendo víctimas de violencia familiar, feminicidio y trata de personas, entre otros problemas (véase Perú: Brechas de Género 2025: Avances hacia la igualdad de mujeres y hombres).
El 8 de marzo no es un día para celebrar, sino una fecha para conmemorar, para rendir homenaje a las miles de mujeres que, a lo largo de la historia, han hecho de su vida una resistencia silenciosa contra la desigualdad. El 8 de marzo es un emblema de resistencia, la memoria de todas aquellas que lucharon por una sociedad diferente, sin excluidos, sin discriminación y sin injusticias




