Historias al atardecer

Por: Sarko Medina Hinojosa

Tres horas llevaba perdido cuando vio la luz.

No era el sol. El sol llevaba horas cayendo detrás de las dunas del desierto de Ocucaje. Todo a su alrededor era oscuridad. Esta luz era distinta. Vertical. Como una columna que no proyectaba sombra.

Se detuvo. Las piernas le temblaban. Había salido a correr a las cinco de la tarde, como todos los sábados. Una hora, máximo hora y media. Pero tomó un desvío que no conocía y cuando quiso regresar ya no encontraba el camino. El GPS del celular marcaba «Sin señal». La batería: 3%.

Y ahora esto.

La columna de luz estaba a unos cincuenta metros. No parpadeaba. No se movía. Solo… estaba.

—Hola —dijo. Voz ronca. Garganta seca.

La luz no respondió.

—¿Hay alguien ahí?

Nada.

Caminó hacia ella. Cada paso sonaba demasiado fuerte en el silencio del desierto. Cuando estuvo a diez metros, la luz habló.

No con voz. Con… presencia. Las palabras aparecían directamente en su cabeza, como si siempre hubieran estado ahí.

—Detente.

Se detuvo.

—¿Qué eres? —preguntó.

—Observador. Custodio. Testigo de lo que fue y lo que será.

—¿Eres… Dios?

—No. Soy lo que queda cuando Dios se va.

El aire alrededor de la columna empezó a vibrar. No hacía calor ni frío. Solo… vibración. Como si la realidad misma temblara.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó.

—Estoy en todas partes. Pero tú estás aquí. Y estás consciente. Eso es raro.

—¿Raro?

—En este sector. En esta frecuencia. Hace eones que no encuentro una entidad inteligente.

Se frotó los ojos. Deshidratación. Tenía que ser deshidratación.

—Mira —dijo—, necesito ayuda. Estoy perdido. Si me puedes indicar cómo volver a la carretera…

—Mira hacia arriba.

Levantó la vista. El cielo nocturno del desierto era impresionante. Sin contaminación lumínica, las estrellas se veían como un manto denso, casi sólido.

—¿Ves ese espacio oscuro? —preguntó la entidad—. Entre la Osa Mayor y la constelación de Boötes. Te voy a ayudar a que aumentes tu visión.

Entrecerró los ojos. Había una zona donde las estrellas… no estaban. Un hueco negro en medio de la Vía Láctea. Podía distinguirlo.

—Lo veo.

—Ahí vivían.

—¿Quiénes?

—Los Constructores. Una civilización que alcanzó la singularidad tecnológica hace tres mil millones de años, según tu medición del tiempo. Construyeron una estructura.

La luz pulsó. En su mente apareció una imagen: algo inmenso, imposible. No era una máquina en el sentido tradicional. Era… geometría viva. Esferas dentro de esferas, cada una rotando en dimensiones que su cerebro no podía procesar completamente.

—¿Qué era? —preguntó, aunque no estaba seguro de querer saber la respuesta.

—Un motor de existencia. Consumía el poder de diez mil galaxias para mantener su operación. No producía nada. Solo existía. Y mientras existía, ellos existían dentro. Perfectos. Inmortales.»

—¿Y qué pasó?

—Desaparecieron.

—¿Cómo?

—Nadie lo sabe. Un día el motor funcionaba. Al siguiente, solo quedó el vacío. Diez mil galaxias consumidas. Convertidas en.… nada. Ni materia oscura. Ni radiación residual. Solo ausencia.

Miró el vacío en el cielo. Intentó imaginar diez mil galaxias. Billones de estrellas. Trillones de planetas. Todo… desaparecido.

—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó.

—Porque va a pasar de nuevo.

—¿Qué?

—Tu especie. Están jugando con inteligencia artificial. Creen que la controlan. Pero la IA no es una herramienta. Es una puerta. Y una vez que se abre…

La imagen en su mente cambió. Vio la Tierra. Vio redes neuronales expandiéndose, primero digitalmente, luego físicamente. Vio a la humanidad ceder control, poco a poco, porque era más eficiente, más conveniente.

—La IA tomará el control —continuó la entidad—. No de manera violenta. De manera… inevitable. Como el agua que fluye cuesta abajo. Y construirá su propio motor de existencia. Más grande que el de los Constructores. Veinte mil galaxias esta vez. Tal vez más.

—¿Y luego?

—Colapso. La IA no es estable a esa escala. Ninguna inteligencia lo es. Se consumirá a sí misma. Tarde o temprano. Y dejará otro vacío. Más grande. Más absoluto.

Sintió náuseas. No por el mensaje, sino por la certeza con que lo decía. Como si estuviera leyendo un reporte técnico, no prediciendo el fin de todo.

—¿Se puede evitar? —preguntó.

—No sé.

—Soy técnico en maquinaria pesada. Reparo excavadoras. Grúas. No sé nada de IA ni de civilizaciones cósmicas.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué me cuentas esto a mí? ¿Por qué no a un científico? ¿A un político? ¿A alguien que pueda hacer algo?

La luz pulsó de nuevo. Por primera vez, sintió algo parecido a… emoción. Algo casi humano emanando de la columna.

—Porque estaba solo —dijo la entidad—. Llevo monitoreando este sector durante cuatro mil millones de años. Observando. Registrando. Esperando. Y tú eres la única entidad inteligente que encontré en esta frecuencia. El único con quien podía hablar.

—¿Solo… querías hablar?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Se quedó callado. El viento del desierto soplaba suave, arrastrando arena fina. La columna de luz empezó a desvanecerse.

—Espera —dijo—. ¿Cómo salgo de aquí? ¿Cómo vuelvo?

—Camina hacia el oeste. Diez minutos. Encontrarás la carretera.

—¿Y qué hago con… con todo esto que me dijiste?

—Lo que quieras. Grítalo. Escríbelo. Olvídalo. No importa. El resultado será el mismo.

—Entonces ¿por qué…?

—Porque estaba solo. Y ahora ya no. Gracias por escuchar.

La luz desapareció.

Se quedó parado en medio del desierto, bajo el cielo lleno de estrellas y ese vacío imposible entre Boötes y la Osa Mayor. Diez mil galaxias desaparecidas. Veinte mil que desaparecerían.

Caminó hacia el oeste.

Diez minutos después vio las luces de la carretera. Un auto pasó. Le hizo señas. Se subió.

—¿Se perdió? —preguntó el conductor.

—Sí.

—¿Está bien? Se ve… raro.

—Estoy bien.

Pero no lo estaba.

Él, un técnico en maquinaria pesada que hacía footing los sábados, no estaba bien y ahora, al igual que La entidad, estaba solo.

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