Por: Abg. Ioannis Gonzales Oviedo. Máster en Marketing Político y Comunicación

El pasado viernes, Carlos Álvarez publicó un vídeo donde afirma que, luego de tomar medidas correctivas en País para Todos, ha decidido seguir en la carrera política, y pensé lo mismo que pienso cada vez que la política peruana se disfraza de chollywood, porque aquí nadie es inocente, solo hay mejores actores (cómicos).

Carlos Álvarez apareció como el patita, que decía lo que otros callaban. El humorista que se cansó de reírse de los políticos que imitaba y decidió meterse en el personaje. Pero cuando uno entra al monstruo, no puede quejarse si descubre que adentro huele a dinero, a «cutra» y a pactos silenciosos.

El escándalo de la franja electoral estalló como un globo en carnavales con explicaciones torpes (cojudas). Álvarez dijo que no sabía nada. Que, si no caían los responsables, se iba. Lo dijo con esa voz de quien quiere parecer distinto en un país donde ser distinto te da réditos políticos. Dice que todo fue un error «de inexpertos» que nadie sabía nada de marketing, de publicidad, que no tienen plata para contratar asesores en marketing político y por eso los agarraron de «lornas». Yo no le creo del todo, en la política peruana nadie llega solo.

El partido se defendió (obviamente). Los dirigentes se justificaron. Carlitos se indignó. Todo fue un coro perfectamente desafinado. Y al final, Carlos Álvarez decidió quedarse. No se fue. No rompió nada, no cambió nada. Se quedó, como se quedan todos cuando descubren que el poder es más adictivo que la dignidad.

Lo miro y pienso que no es el problema. El problema somos nosotros, que seguimos esperando mesías en un país que fabrica ídolos de tik tok. Y mientras tanto, yo sigo mirando el show, con un vaso en la mano (de agua, mal pensado) y una certeza incómoda que, en este circo, el payaso nunca es el verdadero dueño de la carpa que vemos.

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