Por Sarko Medina Hinojosa
El Volkswagen Escarabajo celeste era el orgullo de papá. Lo había comprado de segunda mano a un contador que se jubilaba, y aunque el motor tosía un poco al subir cuestas, era nuestro. La primera vez que todos entramos (papá, mamá, el abuelo, María y yo) fue como si hubiéramos ganado un espacio en el mundo que antes nos estaba vedado.
—Camaná —dijo papá esa mañana, las llaves colgando de su dedo índice como un trofeo—. Una semana completa. Playa, sol, pescado fresco.
Mamá sonrió. El abuelo no dijo nada, solo se acomodó en el asiento trasero junto a nosotros, con su sombrero de paja cubriéndole media cara.
La carretera Panamericana se desplegó frente a nosotros, cuatro horas de viaje hacia la arena caliente y olas suaves.
Los primeros seis días fueron exactamente lo que esperábamos: María construyendo castillos que el mar destruía con indiferencia matemática; yo buscando cangrejos en los huecos de la arena y luego muymuys en la orilla; el abuelo sentado en una reposera de playa mirando el horizonte; mamá y papá caminando por la orilla al atardecer, tomados de la mano como si acabaran de conocerse.
Comimos ceviche y pescado frito casi todos los días en La Punta donde el dueño de un restaurante nos cobró menos porque papá le cayó bien. Jugamos cartas en la casa que alquilamos allí mismo, una construcción sencilla de bloquetas que, en determinado momento de la pared, abrían huecos en forma de pétalos para que entrara el fresco. Esos huecos los cubrimos con mosquiteros, porque en la noche, si no lo hacíamos, nos acribillaban los malditos.
El séptimo día, papá propuso ir a Arenillas.
—Hay una caleta más al sur —dijo—. Y una fábrica de conservas abandonada. Dicen que todavía se puede entrar.
—¿Para qué queremos ver una fábrica abandonada? —preguntó mamá.
—Porque está ahí.
La discusión empezó en el carro, como siempre.
María quería parar a comprar helados en el camino; yo dije que no habían tiendas. Ella insistió. Yo le dije que era una caprichosa. Ella me dijo que yo era un amargado.
—Es una niña —intervino mamá—. Déjala.
—Es una malcriada —dije.
El abuelo, que venía dormitando, abrió un ojo:
—El muchacho tiene razón. Si paramos cada vez que María quiere algo, nunca llegamos a ningún lado.
Papá, por supuesto, se puso del lado del abuelo:
—María te prometo que apenas veamos un heladero paramos.
María se alegró, mi mamá empezó a discutir con mi papá sobre que la engreía mucho, cuando el abuelo gritó:
—¡Cuidado!
Un camión de carga venía en sentido contrario. Un auto más pequeño, un Datsun blanco, intentaba adelantarlo justo en nuestra dirección. Papá frenó en seco, el Escarabajo patinó ligeramente hacia la berma. El Datsun completó su adelantamiento con centímetros de sobra y siguió su camino como si nada.
Silencio.
Luego, risas nerviosas.
—Carajo —dijo papá, limpiándose el sudor de la frente.
—Casi nos mata ese imbécil —murmuró el abuelo.
—Pero no lo hizo —dijo mamá. María me tomó de la mano. No dijo nada. Yo tampoco.
Papá manejó de regreso. El paseo de pronto dejó de ser, simplemente.
Cuando llegamos al pueblo, algo estaba diferente.
Al principio pensé que era la luz. El atardecer tiene esa cualidad de suavizar los bordes de las cosas, de hacerlas parecer pintadas más que construidas. Pero no era solo eso.
Las casas que habíamos visto toda la semana (bloques grises, ventanas de aluminio, techos de calamina) ahora parecían… distintas. Más frágiles. Como si alguien las hubiera reemplazado con versiones más antiguas: paredes de carrizo y barro, techos de totora.
—¿No había una tienda aquí? —preguntó mamá, señalando un lote vacío.
Papá frunció el ceño:
—Creo que sí.
El abuelo miraba por la ventana con una expresión extraña, entre confundida y reconocida:
—Así era Camaná cuando yo era niño. Exactamente así.
—Abuelo, no digas tonterías —dije, pero mi voz sonó menos segura de lo que quería.
Llegamos a la casa en La Punta. Estaba igual. O casi igual. Tal vez las ventanas eran un poco más pequeñas. Tal vez la puerta de entrada era de madera en lugar de metal. No estaba seguro. Ya era de noche, y la oscuridad tiene formas de disimular inconsistencias.
El dueño de la casa (¿o era otro hombre? se parecía, pero su ropa era diferente, más formal, un chaleco sobre una camisa blanca) nos saludó en la entrada:
—Hay apagón. Desde la tarde. Disculpen las molestias.
Nos dio velas. Cenamos pan con palta y té frío. Nos fuimos a dormir sin decir mucho.
A la mañana siguiente, papá anunció que regresaríamos a Arequipa.
—Ya fue una semana —dijo—. Mañana tengo que trabajar.
Pero cuando intentamos salir del pueblo, un hombre nos detuvo en la carretera. Era viejo, con un poncho gris y un sombrero de ala ancha. Levantó la mano como un guardia de tránsito.
—No pueden salir —dijo.
—¿Por qué no? —preguntó papá mosqueado.
—La camanchaca —respondió el hombre, señalando hacia adelante.
Y ahí estaba: una pared de niebla densa, gris, impenetrable, cubriendo la carretera como una cortina bajada por un titiritero invisible.
—Esperen a que se disipe —dijo el hombre, y se alejó.
Papá no hizo caso. Manejó hacia adelante, metiéndose en la camanchaca. La visibilidad se redujo a dos metros. El carro avanzaba despacio, las luces delanteras inútiles contra la niebla. Subimos por la Bajada del Toro (reconocí el cartel oxidado, medio caído pero todavía legible).
Algo estaba mal.
Subimos. Y subimos. Y de pronto, sin transición, sin curva que lo explicara, estábamos de regreso en La Punta. La misma casa.
Papá lo intentó de nuevo. Mismo resultado.
Al tercer intento, mamá le puso la mano en el hombro:
—Mejor esperamos.
Nos quedamos ese día. Fuimos a la playa. Había gente bañándose con ropa extraña: los hombres con pantalones largos remangados y camisas de vestir; las mujeres con vestidos hasta los tobillos, sombreros anchos. Algunos niños corrían descalzos, pero vestidos con ropas demasiado formales para el calor.
—Debe ser un carnaval —dijo mamá, riéndose.
María les siguió la corriente, pidiéndole a mamá que le pusiera un sombrero. Yo nadé cerca de un grupo de muchachos que hablaban de política con términos que no entendía (mencionaban al presidente Leguía como si estuviera vivo).
En la orilla, vi a hombres en ternos completos, fumando cigarros y mirando el mar con expresiones serias, como si estuvieran en una reunión de negocios y no en una playa.
Nadie nos miraba raro. Como si encajáramos perfectamente.
Al día siguiente, papá intentó salir de nuevo. Mismo resultado.
Buscamos al hombre del poncho. Lo encontramos sentado en un banco de piedra, remendando redes.
—¿Cuándo se va la camanchaca? —preguntó papá.
El hombre ni siquiera levantó la vista:
—No se va. Ustedes ya están adentro.
—¿Adentro de qué?
—De acá. Del tiempo que les tocó. Acepten eso. Será más fácil.
Papá quiso discutir, pero el hombre ya se había levantado y se alejaba, arrastrando su red.
Esa tarde, el abuelo apareció en la sala vestido con un terno negro, camisa blanca impecable, corbata delgada. No teníamos ningún terno en las maletas.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó mamá.
—Estaba en el armario —respondió el abuelo, ajustándose el nudo con naturalidad—. Me queda bien, ¿no?
Papá y mamá empezaron a hablar de cosas extrañas esa noche. Papá mencionó que tal vez deberían buscar trabajo en los campos de arroz. Mamá dijo que cocinar pan en casa sería más barato que comprarlo en la panadería del pueblo.
María pidió que le trajeran un vestido de Lima en barco. No en camión. En barco.
Yo resistí.
Me negué a cambiarme la ropa moderna. Me aferré a mi radio Sony, pero no funcionaba, las pilas muertas, y nadie que supiera dónde conseguirlas o simplemente qué eran.
Esa noche, antes de dormir, miré a papá:
—Creo que debiste aprender a manejar mejor en carretera, papá, siento que ese Datsun si nos dio.
Él no respondió. Solo me miró con una tristeza que no supe interpretar.
Luego, sin poder evitarlo, como si las palabras salieran solas:
—Si a María le traen un vestido, yo quiero un tren con sus vagones.
Mamá, desde su cama, dijo suavemente:
—Está bien, hijo. Ahora ve a dormir.
Cerré los ojos.
Afuera, el mar sonaba igual que siempre.
Adentro, algo en mí empieza a ceder a la niebla.




