Nada estaba librado al azar en la antesala de la extradición. Días antes del traslado de alias ‘El Monstruo’, los servicios de inteligencia paraguayos identificaron una amenaza concreta que obligó a rediseñar todo el operativo. El hallazgo elevó el nivel de alerta y colocó al interno bajo un esquema de control excepcional.
La señal de alarma surgió mientras el proceso judicial avanzaba sin exposición pública. En el penal de Emboscada, donde permanecía recluido Erick Moreno Hernández, se registró un movimiento inusual de efectivos policiales y militares. El refuerzo respondía a información sensible que advertía sobre una maniobra en preparación, vinculada a un posible intento de rescate durante una salida del establecimiento penitenciario.
Las autoridades asumieron que cualquier traslado externo implicaba un riesgo elevado. La hipótesis central apuntaba a una intervención de cómplices en puntos vulnerables del recorrido o incluso en un eventual entorno hospitalario. Ante ese escenario, el interno fue aislado en una celda de máxima seguridad, bajo vigilancia permanente. Se suspendieron las visitas y se redujo al mínimo cualquier desplazamiento dentro del penal, mientras agentes especializados monitoreaban cada una de sus acciones.
El operativo trascendió los muros del penal. El perímetro fue asegurado con patrullaje constante y control estricto de accesos. En paralelo, el Poder Judicial paraguayo manejó las resoluciones con total hermetismo. Rutas y horarios fueron modificados en más de una ocasión para evitar filtraciones.
Finalmente, se descartaron trayectos terrestres y se optó por un traslado aéreo desde una base militar, con apoyo de unidades blindadas y coordinación entre la policía paraguaya, Interpol y autoridades peruanas. La detección temprana del plan permitió neutralizar la amenaza y concretar la extradición sin incidentes.




