Por Jorge Luis Quispe Huamaní
Evito ocuparme de las noticias policiales pues no pocos otros colegas las difunden hasta el hartazgo, pero en esta ocasión han sido muy jóvenes las víctimas y en muy corto tiempo. El viernes han muerto dos adolescentes, uno aplastado por un tráiler y otro en un accidente de moto, de 17 y 15 años, en Cerro Colorado y Cayma, respectivamente. El sábado un jovencito de 16 años quien iba acompañando al de 15 en la moto no resistió y pereció. Días antes, otro joven que no pasaba los veinte años fue hallado con un cuchillo clavado en el corazón.
Cuando la muerte sorprende así a tres muchachitos conmueve y trastoca más. Uno no puede por menos que preguntarse por un hijo, un hermano, un amigo, alguien cercano a quien la desgracia le llegue de la única manera en que puede llegar: intempestivamente. Alguien que lee esto en la portada de un diario o en su celular puede indignarse y hasta cuestionarse. Sin embargo, a un reportero que le toca ir hasta la escena de sangre, grabar videos, tomar fotos, hablar con los testigos, y en peor de los casos, quedarse hasta que lleguen los peritos del Ministerio Público y lo más aterrador, ser testigo del llanto desgarrador de la madre y de los hermanos, es sin ninguna duda, una de las experiencias más desequilibrantes para un ser humano.
Una madre se deshace en lamentos, llanto, gritos, ademanes, sus gestos y señas poco a poco le despojan la alegría de vivir, su cuerpo se contorsiona al punto de colapsar. A uno no lo preparan para soportar o tolerar esas formas de duelo y dolor. Es inevitable y muy humano por un momento colocarse en los zapatos de quien sufre.
Me pregunto cómo reaccionaría mi propia familia ante esa espantosa y horripilante llamada en que te informan que tu hijo, hermano, padre o madre han muerto en un accidente. Es una de las pocas cosas en este mundo que me trastocan profundamente y me hacen replantearme la condición humana, la fragilidad humana.
En cada uno de estos casos, el dolor es el mismo. El asombro ante una muerte inesperada causa la más terrible de las angustias y ansiedades. Vacíos que no se llenarán más en esas familias donde se esperaba la llegada cotidiana de cada uno de estos chicos que apenas empezaban a vivir.
Cuando ocurren estos accidentes fatales, llego a la conclusión de que cada día es casi un milagro. Uno puede solo imaginar ese dolor, pero vivirlo o sobrevivirlo debe ser una de las proezas más difíciles para un ser humano. Aunque no sé si haya tratamiento o terapia que ayude en algo a los deudos.
Me he ocupado de esto hoy ya que pienso que yo no podría soportar un dolor tan profundo como ese. Acabaría muriéndome de tristeza como los personajes de Gabo. Vayamos a abrazar a nuestra madre, a nuestro padre, a nuestros hermanos, aquí y ahora, valoremos a la familia, las diferencias hoy ya no importan.




