Por Melissa Vargas Santos

Chaparrillas no nace solo como un negocio gastronómico. Nace como una respuesta emocional, como una forma de seguir avanzando cuando todo parecía detenerse. Es la historia de Erika Uchamaco Chambilla y Paul Chiarella Zegarra una pareja que decidió transformar el dolor, la pérdida y los errores en un proyecto que hoy representa lucha, familia y perseverancia.

En nombre del amor

La familia de Erika y Paul empezaron el negocio tras un drama personal.

El nombre Chaparrillas tiene un origen profundamente personal. Durante el embarazo de su primer hijo, Erika y Paul lo llamaban con cariño “Chaparrito”. Le hablaban, lo imaginaban y lo sentían como parte de su vida futura. Sin embargo, una complicación inesperada cambió por completo su historia. Ese momento marcó un antes y un después. Como ellos mismos dicen: “No teníamos nada físico que nos quedara de él, pero sí un amor enorme que no sabíamos dónde poner”. Chaparrillas surge como una manera de darle un sentido a ese sentimiento, de no olvidar y de seguir adelante sin negar lo vivido.

Tiempo después, con una casa disponible y muchas dudas, aparece la idea de emprender. Paul, atraído por la cocina y la parrilla, propone abrir un negocio. Erika, atravesando una etapa personal compleja y con miedo a arriesgarlo todo, duda. Emprender no era solo una decisión económica, era una decisión emocional. “No sabíamos si iba a funcionar, pero sabíamos que quedarnos quietos tampoco era opción”, recuerdan. Así, entre incertidumbre y coraje, Chaparrillas da sus primeros pasos.

Los inicios fueron duros. Ventas bajas, aprendizaje constante y errores propios de quien empieza desde cero. Confiaron en personas cercanas, compartieron el proyecto y abrieron espacio a terceros. Esa confianza, sin embargo, terminó convirtiéndose en una de las pruebas más difíciles del camino. Una traición interna afectó directamente al negocio: pérdidas económicas, problemas administrativos y la sensación de haber retrocedido todo lo avanzado. “Sentimos que nos habían quitado todo, incluso lo que no se ve”, señalan. No fue solo un golpe empresarial, también fue un golpe familiar.

Volver a empezar

Tras un primer fracaso, la pareja de esposos decidió iniciar de nuevo con éxito.

Ese momento los obligó a tomar una decisión crucial: rendirse o reconstruirse. Eligieron empezar de nuevo, esta vez solos, desde cero y con más responsabilidad que antes. Paul se capacitó, estudió y desarrolló nuevas recetas. Erika asumió la gestión total del negocio, organizando procesos y sosteniendo el proyecto incluso cuando el cansancio y las preocupaciones eran mayores. “Aprendimos que nadie va a cuidar tu negocio como tú mismo”, afirman.

De esta etapa nace uno de los sellos más importantes de Chaparrillas: la apuesta por la calidad real. Decidieron trabajar únicamente con sal parrillera (sal de Maras), respetando el sabor natural de la carne. No fue la opción más sencilla ni la más económica, pero sí la que representaba su forma de hacer las cosas. “Preferimos vender menos antes que perder lo que somos”, comentan. Esta decisión se convirtió en un elemento diferenciador que fortaleció la identidad de la marca.

Con el tiempo, el esfuerzo comenzó a reflejarse en resultados. Chaparrillas creció y se expandió. Actualmente cuenta con tres locales ubicados en Selva Alegre, Miraflores y el Cercado, consolidándose como un emprendimiento reconocido. El crecimiento trajo nuevos retos: mayor demanda, menos tiempo en familia y más presión diaria. Sin embargo, también permitió estructurar mejor el negocio y formar un equipo alineado con la visión del proyecto.

Cuando llega el éxito

Chaparrillas es hoy un negocio exitoso ubicado en Miraflores, Selva Alegre y Cercado.

La visibilidad llegó de manera inesperada. Artistas, agrupaciones musicales y personajes públicos empezaron a visitar los locales. Para Erika y Paul, más allá de los nombres, lo importante siempre ha sido la gente común. “Lo que más nos emociona es que regresen y nos recomienden”, señalan.

Hoy, Chaparrillas es más que un lugar para comer. Es un legado familiar. Es una historia que sus hijos crecerán escuchando y comprendiendo. El nombre ya no solo representa una marca, sino un recuerdo transformado en motor de vida. “Todo lo que hacemos aquí tiene un significado”, afirman.

A futuro, Chaparrillas busca seguir creciendo, llegar a nuevos distritos y consolidar un espacio donde la experiencia vaya más allá del plato. No prometen perfección, pero sí compromiso. Chaparrillas no nace desde la comodidad, sino desde la lucha. Y es justamente esa verdad la que conecta con quienes cruzan sus puertas.

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