Planeta Cadáver: ¡Gracias, tío Julián!

Por Jorge Condorcallo Ccama

Los sueños no me advirtieron, la noche anterior, de la desgracia. Mi madre nos esperaba en la mesa del comedor con el teléfono en la mano:

—Me acaban de comunicar una mala noticia: tu tío Julián falleció.

—¡Qué dices! ¡¿Cómo pasó?! —y callé porque el dolor fue apretándome con más fuerza el corazón.

—Falleció en la casa de tus abuelos, en Puno. Estaba muy mayor, no sé más.

—Tenemos que viajar. Yo iré como sea.

—Ya veremos. Primero pide permiso en tu trabajo; llamaré a tu tía para saber qué han pensado hacer y te aviso.

Fui al colegio limpiándome las lágrimas porque mis ojos se colmaron de las magníficas Navidades de mi niñez, en las que él llegaba con la bolsa de panetón para comer en la Nochebuena. Congenió con mi padre y le gustaba nuestro jolgorio en la fiesta de los regalos y el nacimiento de Dios. Cuánto lo extrañamos cuando dejó de visitarnos por un desencuentro que tuvo con mi mamá, una discusión de hermanos que no sabemos cómo empezó, pero que demoró mucho en sanar.

Al mediodía me comuniqué con mis primos, que estaban devastados por la muerte de su padre; se alistaban para viajar con urgencia al pueblo de Calamarca esa misma tarde.

—Lo vamos a enterrar en la casa de la sierra. Mi papá amaba su tierra y fue su deseo; vamos a cumplir su voluntad —dictó mi prima Diana con voz resquebrajada.

Yo siento mucho cariño por la casita de mis abuelos, el lugar donde pasaba mis vacaciones escolares hace dos décadas. ¡Qué recuerdos! En esos años, la vía de Arequipa a Puno no era ni la sombra de lo que es hoy; en mi niñez, la carretera era un camino tortuoso que sorteaba precipicios de infarto y se perdía por cimas neblinosas donde reinaban los apus y el soroche. El bus demoraba doce horas, interminables, en llegar a la Ciudad de los Vientos. No se recomponía el cuerpo y continuaba el viaje de Juliaca a Huancané y de Huancané al centro poblado de Calamarca, en una odisea de ocho horas de zangoloteos. El trayecto se padecía sobre un camión de carga, y los pasajeros nos acomodábamos sobre los costales para recibir el viento helado de la puna en la cara.

—Prima, trataré de viajar hoy en la noche. Vayan con cuidado, porque suele llover fuerte en estos meses —recomendé con la viva imagen de mi infancia en mente.

En la actualidad, aunque el clima no sea el propicio, la carretera asfaltada está en buen estado y es una promesa de seguridad; los carros llegan a Puno en cinco horas o menos en los meses de lluvias.

Mi tía Miriam y mis primos fueron a despedir al tío Julián y a cumplir con las tradiciones de su terruño. Yo creo que él presentía el final: viajó para las fiestas de carnaval como cada año, en una tradición que lo mantenía contento; se anticipó y falleció donde siempre quiso descansar, junto a sus padres. Lo pidió en broma y en serio cuando la muerte fue el tema de conversación en la sobremesa de los cumpleaños: «Llévenme a mi tierra, yo no quiero ir al cementerio de Arequipa. ¿Para qué?, para ser un gasto y quedarme solo y triste. Si ustedes no quieren, yo mismo, cuando me sienta mal, me voy, cavo el hueco y me meto con mis mejores ropitas. Ustedes no se van a enterar…», había dicho en medio del festejo de sus compadres y la consternación de sus hijos.

Compraron el féretro y alquilaron una combi para poder llegar a velarlo en la habitación donde nacieron él y sus cinco hermanos. La noche callada del Ande fue sacudida por los desconsolados llantos de los hijos, nueras, yernos y nietos; los comuneros, reunidos en el patio donde crecían las matas de hierbabuena, rumiaban la coca ancestral y las oraciones en el aimara melancólico de sus bocas pétreas.

—Nosotros llegamos a Huancané a las siete de la mañana. ¡Estamos bien! Fue un viaje tranquilo —le conté a mamá para que no se preocupara, porque ella no pudo viajar por la dolencia que no la deja caminar; se quedó en compañía de mi tía Flor. Mi padre, mi hermano y yo fuimos los elegidos para despedir al tío.

Compramos flores, velas, un paquete de gaseosas, pan y hojas de coca para convidar a los paisanos y, listos, con nuestras mochilas, tomamos el transporte a Calamarca. Hacía tiempo que no volvía a ver las calles de la provincia y resurgió un temor por los recuerdos que brotaban a cada paso. Cuando tenía doce años cruzamos esa trocha cubiertos por un aguacero de fin del mundo; el camión paraba en las zonas invadidas por el río y los adultos apalancaban las ruedas que se habían atascado en el fango resbaladizo. Esa noche llegamos empapados y rendidos. Sentí que sobrevivimos por obra de un milagro.

No se repitió la mala aventura; me entretuve mirando el paisaje, que disipó mis preocupaciones, y en un chasquido —¡no podía creerlo!— estaba en el puente que daba acceso a la comunidad donde nacieron mis abuelos y su descendencia.

—¡Cuánto mejoró todo! —me dije, y lo celebró la voz espumosa del río.

A mi tío le gustaba esta época del año porque, si bien es cierto que hace un frío que te pela los huesos, la naturaleza asombra con sus colores majestuosos; los árboles frondosos crecen sobre la tierra arcillosa y el cielo azul es más espectacular que cualquier horizonte del planeta.

En la casa subimos las gradas de piedra y musgo, saltamos la rejilla de palos amarrados, cruzamos el patio soleado y entramos al cuarto, que estaba tal como lo tenía en mi memoria. Vi a mi tío: su rostro no sucumbió a la muerte, parecía dormir y quise pensar que así era. Una tristeza abismal estaba presente, pero el aire fresco y las hileras de flores violetas cubiertas de rocío en los largos surcos de papa reconfortaban mejor que cualquier palabra que se ofreciera para dar consuelo.

A las dos de la tarde se inició la ceremonia fúnebre. La lluvia se apiadó de nuestro luto, abrió un espacio de claridad y nos dejó llevarlo en hombros. Rezamos en el primer descanso, luego de bajarlo por las gradas empinadas, y lo recordamos como el hombre trabajador, decidido, optimista, querendón y buen padre que siempre fue.

En la segunda y última parada, en el campo donde brotaban miles de flores lilas, lloramos todos. El presidente de la comunidad pidió la palabra; habló en un lenguaje mestizo. Recordó que mi tío fue autoridad y dio lo mejor de sí: «El hermano Julián venía de la ciudad con frecuencia y le gustaba tanto su tierra que no rechazó la propuesta para que fuera teniente alcalde; aceptó. Su esfuerzo hizo posible la carretera que pasa por nuestro pueblo, por la que sus hijos y su familia llegaron ayer y hoy. Los comuneros, guiados por Julián, participamos y ayudamos en el acarreo, la limpieza y lo que fuera necesario para que la pista sea una realidad. Gracias a él mejoró nuestra forma de vivir: podemos llegar más rápido a la posta de Tiquitiqui, los niños y jóvenes pueden trasladarse a la escuela secundaria, estudiar en la universidad; podemos traer de Juliaca lo que haga falta en nuestros hogares, tenemos un futuro…».

Las gotas de la nueva lluvia se confundieron con las lágrimas que rodaban por nuestros rostros. Ni los cohetones que lanzaron al cielo para espantar las nubes de tormenta pudieron acallar los vítores:

—¡Julián Velasco!

—¡Presente!

Gritamos para echar la angustia que teníamos amarrada a la garganta. Lo enterramos en el suelo sagrado de sus ancestros; luego entendí la decisión de mi tío, porque, tras echar la última pala de tierra, la tristeza escampó. Comimos el caldo que preparó la comunidad; la gente hablaba y brindaba por el fallecido con gaseosa y cerveza. Diana exigió que encendieran la radio, porque a mi tío le gustaba la tarqueada puneña, que vibró en cada espacio de la casa y en el mundo andino rodeado por verdes y áureos totorales que el viento peinaba con lacónico susurro.

La música precedió a las velas que marcharon en la noche eterna, en la que rezaban millones de ranas. En el viaje de retorno miré, por la ventana del automóvil, la casa de calaminas rojas en la lejanía; el próximo año distinguiría tres cruces de tumba en el descampado: mis abuelos, junto al tío Julián.

—Antes, ¿te acuerdas, prima?, hubiese sido difícil volver para visitar a mi tío —comenté.

—Sí, pero ahora la pista, en cuya construcción participó mi papá en una pequeña, pero importante parte, no permitirá que lo olvidemos. Es su legado.

Ella observó, abstraída, cómo desaparecía la comunidad detrás de los cerros colorados y la cordillera de árboles gigantes. En el silencio vespertino del altiplano vibró mi corazón:

—Volveremos padres, hermanos, nietos, ¡todos!, para recordar nuestras raíces, para recordar a nuestros muertos, celebrar sus logros y pedir por nuestros hijos, para no olvidar lo más importante: ¡somos una familia!

El frío y el dolor que obsequia la muerte se perdieron; la esperanza me arrulló con sus brazos humildes de disco viejo y ronco que gira y despierta una música antigua, un huayno dulce. Solo había un sentimiento en mi sangre: gratitud. Canté su noble canción en nuestro tranquilo viaje de vuelta: «Gracias, tío Julián, por esta gran oportunidad».