Por Jorge Luis Quispe Huamaní
El 9 de enero del 2023, 18 ciudadanos peruanos fueron asesinados por el crimen de haber reclamado sus derechos. Los autores, las mal llamadas «fuerzas del orden». Una masacre espeluznante que acabó con la vida de 18 personas, entre las cuales había jóvenes que apenas empezaban a vivir. Tres años después, a trancas y barrancas, y sobrepasando un burdo intento de censura, se ha estrenado el extraordinario documental de Javier Corcuera: «Uyariy». En este trabajo el espectador podrá ver y oír de primera fuente la reconstrucción de la matanza y sus dolorosas secuelas a tres años de aquel día en que policías y militares no solo dispararon contra la población civil organizada, sino que dejaron una gran cantidad de heridos. Entre los cuales hay un niño al cual un disparo lo ha postrado a una cama, imposibilitado de correr, jugar y divertirse como antes.
«Uyariy», relata la matanza a través de los testimonios de los protagonistas. Al inicio una ceremonia ritual busca sanar el alma partida de los familiares, quienes han hallado en el arte, la música y el canto una forma de seguir conectados a sus muertos. Uyariy logra adentrarse en la subjetividad del espectador por una serie de características. El primer mérito halla su esencia en la reconstrucción de la barbarie a través de los registros audiovisuales de los propios testigos y los medios de comunicación que cubrieron la masacre. Policías y militares persiguen a los manifestantes por tierra. Desde el cielo, alguien en un helicóptero también les dispara. Y como si de una guerra se tratara, los tanques destruyendo todo a su paso. El caos al compás del estruendo y las ráfagas de los disparos. Juliaca destruida más por las fuerzas del orden que por otro motivo. Luego el silencio.
Entonces alguien comienza a hablar, a abrazar, a llorar. Los testimonios, los relatos y la verdad de lo que se ha visto y vivido laceran el alma. Entre ellos, un patrón común, la Policía disparaba por igual tanto a los manifestantes como a quien no participaba en las protestas. Y no solo eso, sino que cargaban también contra quienes ayudaban a los heridos. La consigna era esa. Exterminar a quienes se reclamaban sujetos políticos. No se quería escuchar a una población que protestaba contra quienes denunciaban por haberse coludido para para encerrar a un presidente elegido por voto popular. No se quería escuchar a quienes demandaban nuevas elecciones. No se quería a quienes reclamaban por más de 200 años de indiferencia, discriminación y violencia.
Nadie queda igual después de escuchar a una madre que le dice llorando a la tumba de su hijo: «Hijo, vuelve a nacer». La indignación que produce ello remueve toda la humanidad del espectador. Otra madre dice: «Así no sepa leer y escribir, no me voy a dejar y lucharé por justicia para mi hijo». «A veces pienso que está en su cuarto, luego recuerdo y lloro, duele», dicen otros padres. Hacerse a la idea de que les han arrebatado a su hijo adolescente es un proceso cruel.
Podría seguir enumerando las muchas virtudes de Uyariy, sin embargo, lo que pretendo es motivar al lector a ir a verla. Uyariy estremece y es justo por eso que constituye un valeroso ejercicio de memoria y civismo. Al culminar, el documental nos recuerda que exactamente 100 años antes de la masacre, en 1923 tuvo lugar la revolución de Huancho Lima, en Huancané, la cual se dió en respuesta a los abusos de los mistis y notables contra la población indígena. Y fue reprimida de la misma forma. Un joven acusa sentirse ajeno en un país que debería ser nuestro. Ver Uyariy nos acerca a ese noble sueño.




