Por Sarko Medina Hinojosa
Inspirado en una vieja leyenda andina
¡No matar, padre, no dañar hijos tuyos, hijos tuyos! imploraban las voces dentro de la bolsa que cargaba el hombre.
Pese a los gemidos, el que era llamado insistentemente como “padre, al llegar a la orilla del río, sacó uno a uno a esos seres de su prisión momentánea, salidos del vientre de su esposa. Tenían el cuerpo como de un niño de cuatro años. La diferencia la marcaba la cola parecida a la de un pez, que latigueaban a voluntad y los rasgos mismos de sus rostros. Observándolos bien se notaban los ojos sin párpados, negros. Las escamas en algunas partes y la falta de nariz, remplazada por cuatro ranuras tipo branquias, que provocaban el rechazo del hombre. En una segunda observación el hombre los sintió más grandes que cuando salieron del amasijo de sangre en que convirtieron a su mujer a consecuencia del parto.
Amarró sus extremidades con parsimonia, ignorando sus gritos.
Recordaba acaso el primer parto que tuvo su consorte dos años antes, en el que también les nació una criatura parecida y que casi la deja al borde de la muerte. El ser aprovechó el asombro del hombre para escapar arrastrándose rápidamente y llegar a las aguas fluviales. En esta segunda vez estaba preparado para atrapar lo que saliera de ese útero. Lo que no previó era que esta vez, en el intento de salir, las dos criaturas desgarraran a muerte a la madre. Enterró con tristeza a la que compartió su vida en esa cabaña de pescador, alejada de los pueblos vecinos y decidió que los engendros debían morir. La sentencia la tomó cuando las bestiecillas empezaron a hablar claramente, confirmándole que el asunto tenía mucho de mal de ojo. Otra explicación no había, en especial teniendo en cuenta sus actos pasados.
Una vez bien atada la bolsa, el hombre procedió a levantarse y, cogiendo el hacha que llevaba, la esgrimió para quedarse quieto con el arma alzada, lista para descargar el golpe.
Recordó entonces que él era el culpable de tal monstruosidad. Cuando joven, mientras pescaba solo en la madrugada, como su padre le enseñó, un ser con forma femenina se le apareció. Al principio sin decir nada, poco a poco y pasados los días con más frecuencia, se subía al bote para estar con él. Si bien tenía una forma extraña y piel llena de escamas y cola, el entonces muchacho comprobó que de mujer tenía mucho más. Pero al parecer la experiencia que tuvo con la criatura mágica dejó algún encantamiento en su bajo vientre, que hizo germinar engendros en aquella a la que desposó con los años.
Ya despejado de dudas y remordimientos, tomó nuevo impulso para terminar la tarea de eliminar su pecado, cuando se sintió atravesado desde abajo y hacia arriba. Con horror comprobó que la punta de alguna arma puntiaguda sobresalía por su estómago. Cuando cayó a tierra, observó a un ser parecido a los engendros que quería matar, pero mucho más grande y que aprovechaba su herida de muerte para desatar a sus pares.
Hola padre, saludos de madre fue lo último que escuchó.




