Planeta cadáver: Confesiones completas de un alumno que faltaba

Por Jorge Condorcallo Ccama

Leía los estridentes titulares de asesinatos y accidentes mortales, textos apachurrados por las carnosas vedettes vestidas de provocación y lentejuelas, en las portadas colgadas del cordel del puesto de periódicos, en un día más de sobrevivencia entre escondites y sustos, cuando fui sacudido por el polvoroso ventarrón del remordimiento. Este avivó mi entendimiento por una fracción de segundo: me enfrió las manos, escaló por la columna vertebral como un animal salvaje y me calentó la cabeza hasta que hirvió en preocupaciones propias de los adultos.

—¿Qué estoy haciendo? —reclamé a la entidad que comandaba mis actos, y mi adolescencia en florecimiento me atendió y comprendió. Pero yo tenía trece años, la edad en la cual las amenazas y las culpas son de naturaleza insignificante o pasajera, así que las volví a encerrar en la carceleta de la despreocupación, que viene a ser la mochila de jean celeste que cada tarde subía a mis espaldas, llena de cuadernos, para fingir que iba con puntualidad al colegio.

Repuesto de ese momento de reflexión, ingresé a la calle desolada que me reconocía y acusaba como el prófugo más buscado del sistema educativo, aunque me ofrecía sus brazos grises de cemento agrietado en cálida bienvenida a la fraternidad de los libertos, para extraviarme por donde mis pasos y la voluntad me llevaran. Pero quiero contarte esta historia desde su origen, para que entiendas mejor lo que sucedió.

El tránsito de la primaria a la secundaria, para mí —tu amistoso escritor—, fue un impacto singular y una experiencia sin ventura. No solo cambiaba mi horario, porque la secundaria empezaba después del almuerzo, sino que cada curso tenía su propio profesor. Nos ordenaban dejar la candidez de la niñez para actuar como jóvenes sensatos, lo que significaba desarrollar nuestro sentido de responsabilidad y el carácter, con sus máximos valores. Y yo responsable nunca fui; menos lo demás, que no entendía qué significaba. Solo era otro chico con mucha curiosidad e impaciencia, por lo que pasé de ser el buen estudiante de la primaria que memorizaba párrafos completos —me picó el bicho del desdén y la majadería— a un mortal cualquiera: un alumno regular para abajo, de doces y catorces; qué vergüenza, uno más del montón que ocupaba la penúltima fila.

En segundo grado la situación se agravó. Me fastidiaba todo, incluso Educación Física; solo aguantaba Arte. Y cuando ya no creí que pudiera relajarme más y contaminar mi carácter díscolo, qué puedo decir: el destino estaba a favor de mi desgano. Me enfermé. Obsequié a mi sacrificada madre, en su día, en vez de rosas y poemas, un hijo doblado por el dolor, con apendicitis y peritonitis, y ella amaneció el segundo domingo de mayo sin baile y sin jarana, abrazada al cuerpo posoperado de su primogénito.

Bacán para mí, porque luego de la operación me ordenaron descanso e internamiento: una semana de relajo en una cama de hospital, en la que gocé cada mañana del abrazo turgente de una practicante de enfermería que me ayudaba a levantarme, aunque ya me paraba solito con verla, y de la que me enamoré para siempre. Leí más que en todos los años de escuela pública. La convalecencia me acomodó una flojera que fue la causa de mi aventura sin parangón, que debe de estar redactada en las memorias de mi colegio.

Del hospital a mi casa no hubo muchos cambios. Mis padres y mi tía —que es una madre más— acondicionaron de tal forma mi habitación y sus rutinas que hicieron de mí un reyezuelo insoportable en recuperación, al que solo le faltaba una campanilla en la mesa de noche para llamar al siervo de turno y que me abanicara cuando me sofocaba el calor de la mañana de junio. Un momento: sí tuve un llamador, un juguete ruidoso que funcionaba al apretar un botón, y el clásico de Beethoven alertaba a mis atareados padres de que necesitaba su ayuda con urgencia de vida o muerte.

Usted dirá que mi estado no era para tanto; pues no lo era, pero sucedió como se lo cuento. Mi madre, con la indicación precisa del médico, justificó mis faltas en el colegio y avisó que su discípulo predilecto volvería el próximo lunes, luego de cuatro semanas de descanso renovador. Además, contó con dramatismo insuperable:

—Casi se muere, se salvó de milagro.

El director la miró ceñudo y la corrigió con la humanidad y la caridad de un prestamista que ve una ganancia o una pérdida al ojo:

—Tranquila, señora, no se apure; que siga descansando, porque una operación no es cualquier cosa. Que se cuide, porque si viene, algo le pasa y se pone mal; nos echarán la culpa a nosotros de lo que le suceda.

Salté en un pie de alegría al escuchar la buena nueva de mi estupefacta madre, que no sabía que al mes siguiente le diría lo mismo el director, más preocupado por repetir el cargo que por mí. Fue un año sabático de los que no he vuelto a tener, porque solo asistí tres meses a segundo grado. Aun al volver, sentí que caminaba sobre nubes por la conmiseración de los profesores, que me aprobaron en todo y con buenas notas. No importó que los malandrines de mi salón difundieran hasta el empacho que me habían operado de la molleja y el buche, en alegoría burlesca a mi apellido pajaril. Hijos de mala madre, al carajo sus chistes rapaces: qué buena vida pasé ese año.

Arrollado por las atenciones y privilegios que me dieron por lástima, el siguiente año cargaba en abril una voluntad estropeada para estudiar, unas malas ganas de ir al colegio. Asistí la primera semana de presentación, con los pasillos a olor santo de útiles escolares nuevos, como quien va a un retiro espiritual a cantar aleluyas y ayunar. Me aburrí mucho. Fue tanto mi desafecto por el pupitre que tomé una de las más importantes decisiones de mi vida escolar: el lunes no voy; no sé qué haré, pero no voy.

Admiro hoy mi determinación, porque el lunes siguiente no fui. No fue tan fácil como decidirlo. Alisté la mochila, salí con temor de casa y, en lugar de doblar a la izquierda, seguí de frente hasta no saber adónde ir. Mi cabeza ideaba un plan de lo que podría hacer. Por un momento me arrepentí y supuse que todavía podía llegar a la formación y cantar las sagradas notas del himno nacional, pero cada paso me alejaba más de mi ruta oficial. Y cuando la augusta responsabilidad se plantó frente a mí para reprocharme mi mala acción, supuse que sonaba el timbre que marcaba la una de la tarde y la carrera para armar las filas a la voz de mando: «¡Atención, firmes, descanso!», y me excusé: «Estoy lejos, no la hago».

No recuerdo con claridad qué hice ese día. Imagínese: tenía cinco horas que cubrir con ingenio y ni un céntimo en los bolsillos. Se ajusta a lo probable y a mi personalidad que haya caminado hasta agotar las fuerzas. Sí, caminé y caminé, y leí y leí cada periódico de los puestos que encontré en mi andar errático. Al final, con el crepúsculo oteándome, arrepentido, cansado, aburrido y con los pies adoloridos, prometí no volver a faltar a mi deber de colegial. En fin, una vez en la vida no hace daño.

Tampoco dos veces en la vida; ¿a quién le afecta? Al día siguiente salí de casa para llegar puntual a mi clase de Lenguaje de la primera hora y, cuando mi mente estaba en la vereda de mi niñez que me conducía a mi colegio de paredes azules y blancas, mi cuerpo entero se rehusó y volví a hacerlo: me tiré la pera, así le decíamos los chicos entonces. Mi segundo peregrinaje a la nada me socavó el temor de iniciado en esta vaina y, en el franco diálogo con mi otro yo, comprendí que al día siguiente haría lo mismo. Lo respaldé con argumentos convincentes y hasta pedagógicos: aprovecharía esas horas de asueto para leer lo que me diera mi reverenda gana, siendo quizá el pionero de esta metodología que lustros después propondría la modernidad educativa en los planes lectores del país.

Mis necias convicciones no querían atender a mi conciencia, que gritaba: suficiente, Jorge; dos días. Ni el imbécil de Yonatan, que era el más burro y truhan de mi salón —en ese orden de méritos—, se atrevió a tirarse la pera tres días seguidos. Pues, como me gusta ganar, lo vencí: lo hice.

Tres días difíciles que se convirtieron en cuatro, cinco; viernes, además, para cerrar la semana. Luego fueron seis, ocho días, dos semanas, tres, cuatro, cinco… ¡basta! Seis, está bien, pero el lunes, con fuerza; siete, ocho semanas, y así completé, con dedicación y sobreesfuerzo, el bimestre. Rompí el récord local de mi amada Institución Educativa Policía Nacional del Perú Siete de Agosto, ¡corazón!

No es por vanagloriarme, pero puedo ser metódico y organizado cuando quiero serlo, cuando el bien a buscar es el placer personal. También puedo ser buen planificador. Aun así, necesitaba dinero, porque la empresa que había puesto en marcha requería recursos y no tenía auspiciadores. Así que solo me quedó robar. Sí, señor, señora, señorita: caí en el feo delito del robo; me convertí en un despreciable ladrón. De los hurtos menores de caramelos y chocolates de la tienda de toda la vida que pusieron mis padres como negocio familiar, escalé posiciones para llegar al robo de dinero contante y sonante, para sobrevivir a las horas de vagancia y aburrimiento de lobo solitario. Me apropiaba con maña, cada día, de cincuenta céntimos, a veces hasta dos soles, de las arcas que papá dejaba confiado en la mesa de su habitación, sin imaginar que su vástago le cutreaba, gota a gota, el pago de su liquidación de veinticuatro años de romperse el lomo en una fábrica de algodón del Parque Industrial. Solo eran unas monedas. ¡Nada! Robo es robo.

Con presupuesto diario y animadversión a la escuela convencional, confesaré lo que hacía para hacer hora. Soy el pecador y usted el sacerdote al que confío mis faltas; eso sí, le advierto que soy un pecador que disfruta provocar a su confesor. De mi casa al kiosco de periódicos como calentamiento, y así planear la jornada; después, una caminata hasta las zonas más peligrosas de Paucarpata para observar, con mirada analítica y conciencia social, los colegios de la marginalidad y a las colegialas de la marginalidad. Según el horario, tocaba después la clase de exploración y búsqueda de guaridas donde pagaba por una hora de vicio. Mejor lo explico para no quedar como drogadicto, porque no hablo de fumar un troncho o meterme la cochinada por la nariz: los muchachos de los noventa le decíamos vicio a los centros camuflados e ilegales donde alquilaban una tele con la consola de Super Nintendo a cincuenta céntimos la hora. Cuando había suerte y plata, miraba una película porno; creo que en esas sesiones de visionado me hice cinéfilo y creció mi admiración por la saga Taboo, que, a diferencia del porno mainstream —que complace mostrando en primeros planos los sexos con técnica documentalista—, contaba una historia y desarrollaba, en la medida de sus limitaciones, a los personajes de su trama.

No solo alquilaban películas triple equis: sus catálogos abarcaban todos los géneros, e incluso cine independiente y nacional. Qué envidia por los chicos que entraban a las ruinosas cabinas con sus enamoradas, seguramente a ver Titanic o Ghost: la sombra del amor, porque los melindres y gemidos desbordaban la pobre puerta de triplay y el encargado debía entrar para controlar a los pobres sentimentales, derrotados en el piso por la historia de amor en VHS.

Hacía amigos por conveniencia, a los que no volvía a ver al día siguiente; era mutuo. Patas para aprovechar entre dos el poco dinero que teníamos y alargar nuestro tiempo para jugar Street Fighter, La tropa Goofy o el cartucho que elegíamos por acuerdo. Después de mis lecciones urbanas y suburbanas iniciaba el descenso y, antes de las siete de la noche, entraba por la puerta principal de mi casa para tomar mis alimentos, que mamá servía diligente a su hijo probo, que se mataba estudiando para ser un excelente profesional e incuestionable ciudadano.

Actorazo, me aclaman los recuerdos: merecía un premio por mi representación de estudiante modelo. Para que mis allegados no sospecharan de mis andanzas, hacía tareas que yo mismo me dejaba; simulaba poner empeño cada mañana por llenar los cuadernos y fichas de trabajo que también yo revisaba con predestinado don de docente. Calificaba mis ejercicios y ensayos y, de haber errores, mandaba volver a hacerlos con lapicero rojo. No ponía sello porque no tenía y, si hubiera tenido más plata, lo compro: ¡qué maestro! Hasta me ponía en apuros para dar credibilidad a la interpretación:

—Mamá, creo que voy a necesitar profe particular de Matemáticas.

Mis papás se miraban en apuros por la plata que no alcanzaba y, a la vez, entusiasmados por mi espíritu de superación. Los sábados no descansaba: más tarea. Cálculos, redacción, dibujos y otros que, si no fuera porque era pura ficción, creo que, por el empeño general, apuntaba para segundo puesto, para el podio de los chancones.

Ya en cierto punto de este atrevimiento, esperaba que en cualquier momento me buscaran por oficio: la auxiliar o la asistenta social, preocupadas por mis inasistencias, tocarían la puerta de mi hogar para preguntar por mí, e imaginaba el clímax de la escena con el giro de tuerca sorpresivo. Sin embargo, no vivía en pánico; la piel se curte cuando te echas al abandono sin medida y te llega a la entrepierna lo que se avecina por simple lógica.

Una noche, al volver de hacer mis clases en parques y descampados, me crucé con dos amigos de mi grado; les conmocionó verme con el uniforme. No sudé frío al saludarlos con la mano ni les rogué que no me delataran, porque entre caballeros hay códigos que respetamos. Sí: ellos me sacaron en cara que era una basura, porque en el colegio me pensaban muy enfermo, al punto de que rezaban los profes y mis compañeritos, preocupados por mí, ya que creían que estaba grave, secuela de la operación, postrado en las últimas, y esperaban lo peor. Me reí y prometí a mis amigos —como me prometía a mí mismo cada viernes sobre la almohada, antes de dormir—: el lunes, sin falta, voy al colegio. El lunes, al carajo: hoy más y se acaba; mañana martes sí voy, lo juro, por Diosito.

Y como fui un cabeza de calavera, la pasaba bien creyendo que podría seguir así por toda la vida, sin desconsolarme ante la gravedad de las consecuencias.
Conocí a mucha gente en mis vacaciones autoimpuestas, personas de toda ralea, y por momentos sentí que algo malo podría pasarme. En los juegos de las maquinitas había sujetos que daban miedo; por su apariencia los tachaba de rateros y fumones. Compartía con ellos el mismo antro y aficiones, sin problema, mientras no estableciera ningún trato directo ni amistad. En contrasentido, sí rehuía, como oveja ante el lobo, a los policías y patrulleros que aparecían en mi camino, con ingenuidad de chiste, porque suponía que me reconocerían, ya que a veces llevaba el buzo institucional. Una vez crucé la mirada con un profe que puso cara de reconocerme desde la ventana soleada de la combi; sin embargo, tampoco eso acabó con mis excursiones extracurriculares. No me acusó: quizá creyó confundirse o él también conocía el pacto entre caballeros; la suerte viajaba conmigo.

Al fin terminó mi bimestre de deambular y esconderme; decidí poner los pies en el camino correcto. Te soy sincero: me descubrieron y me apagaron la música. Se acabó la fiesta. Me delataron de la manera más inocente; no pude odiar a mi delicada delatora; por el contrario, sentí hasta ternura por su amistad y vocación. Una mañana sabatina bajé de mi habitación a merendar el abundante desayuno que merecía tras una semana de exámenes difíciles. Papá y mamá comían en silencio; mi hermano picaba el pan como un pajarito. No lo deduje hasta muy tarde. En el disfrute de los primeros alimentos, papá me preguntó con escalofriante serenidad:

—¿Qué tal el colegio? ¿Estás estudiando? ¿Presentaste todos tus trabajos?

Yo respondí sin alterarme por la mentira candente que surgía de mis entrañas; seguí el guion sin vacilación:

—Tranquilo, sin novedad. Estudié duro y parejo. Ya presenté todo, papá.

Me atragantaba con el pan con huevo frito y sarsa de cebolla, como si no hubiera un mejor mañana. Y, en lo mejor, saboreando el manjar, me arruinó el desayuno: me lanzó el golpe mortal sin aviso. No soñé un avance de lo que pasaría la noche anterior. Me madrugó:

—Jorge, ¿por qué dicen que no vas al colegio?

Actorazo, tranquilo, respiré y me defendí:

—Yo voy, papá. ¿Quién dice que no? ¡Quién!

Seguí masticando con menos hambre y más calma, seguro de qué hacer, porque uno debe morir de pie con su mentira en el corazón, y repetí la falsía cuando papá repitió su pregunta. Entonces mamá, incómoda, reveló lo que le contaron:

—Hoy, en la panadería, por casualidad me encontré con Lidia, la niña blanquita de tu clase. Me habló y me dijo, apenada: “Señora, espero que Jorge esté mejor; apenas vuelva al colegio yo le prestaré mis cuadernos para que se ponga al día en todo”.

El pan con huevo y el café dejaron de tener sabor, y la silla se transformó en un abismo que me devoraba eternamente. Mamá siguió relatando los resultados de su indagación:

—Luego fui a la casa de tu otra compañera, Susana, porque me preocupó lo que escuché, y ella me confirmó que no has ido al colegio. Si no fuiste, ¿qué has estado haciendo?, ¿dónde estabas? —se derramó en llanto.

El desayuno acabó con el golpe de puño de mi padre contra la mesa, que por poco se desarma; la tabla apenas pudo sostener nuestras tazas.

—¿Desde cuándo no vas?

Silencio. No respondí. No volví a hablar.

Fue uno de los peores sábados de mi existencia en este mundo adverso. Mi padre echaba humo; tampoco hablaba: gritaba y mandaba. Ordenó a mi madre averiguar al detalle mis asistencias en el colegio. Mamá cumplió la misión sin reparos, y cada minuto de su ausencia fue un clavo en mis manos y pies. Yo trataba de estar tranquilo y, en la encrucijada, ingeniaba alguna salida, desde la disculpa sensata hasta propuestas que rayaban en lo inverosímil. Cuando calculé que fingir un ataque o inventar un mal amigo que me obligó a ser mala persona empeorarían mi situación, llegó mamá cabizbaja. La verdad la traía en una lamentación hecha papel que entró con ella y, cuando llenó la casa de expectativa, en la misma mesa que aún tenía los cubiertos de la mañana, informó a los presentes que este mal hijo no asistía desde inicios del año escolar hasta el último viernes; es decir, ayer. Sus bocas se abrieron; sus ojos no cabían en sus rostros. Si papá no se desmayó fue porque tenía una gran condición física, forjada al jugar fútbol desde su más temprana juventud.

Lo fascinante de aquella circunstancia inédita fue que nadie me gritó en reprimenda ni me amenazaron con un castigo legendario. Papá era muy estricto, pero nunca nos golpeaba; siempre nos castigaba de forma mental, psicológica, como prefería decir. Nos quitaba lo que más adorábamos de nuestra casa —el bendito televisor—, o nos mandaba a ayudar en la limpieza, o a asistirlo en la reparación de algún mueble u otro trabajo doméstico. Recuerdo que esa vez fue diferente: mi hermanito lloraba porque presagiaba una tragedia por llegar; a mí me confinaron a mi cuarto a meditar sobre lo que había hecho, y mis padres conversaron incólumes en la cocina. Entendía a la perfección la gravedad de mis acciones, y esa actitud de jueces le daba un cariz de dramatismo que me ahogaba en la quietud de la incertidumbre.

Los sesenta y siete minutos mermaron mi actitud desafiante; para mi desesperación, fue un siglo de espera. Ellos deliberaron y, cuando ya tenían pensada la sentencia, me llamaron a su lado sin atisbo de afecto. Sereno, hecho otro hombre, papá me dio un sermón abundante y prolijo que, para ser honestos, no recuerdo ni un pito de su discurso. Seguramente me achacó que se desvivían por darnos lo que podían, que, sin ser lo mejor, debíamos aprovecharlo porque era su sacrificio. Mamá, a su lado, escuchaba con rostro compungido y asentía en contubernio. Lo que sí recuerdo muy bien es lo último de su exhortación; lo tengo presente en mi mente hasta hoy, que escribo con nostalgia:

—Hijo, te quiero mucho, pero tú te aprovechaste de nuestra confianza, te pasaste de la raya. Si no te corrijo hoy, volverás a hacerlo otro día; entonces ya no será tu culpa, será mi culpa, ¿entiendes? Nunca te he pegado, nunca, y lo saben tú y tu hermano, pero esta vez será diferente. Mereces un castigo real… Esto que voy a hacer lo hemos hablado bien tu madre y yo; estoy seguro de que me va a doler más a mí que a ti…

Cuando lo oí, estaba de acuerdo; hasta yo me hubiera flagelado a cachetadas para reaccionar. Pero cuando sacó la correa, que latigueó como la cola del diablo en el aire, mi cuerpo entero apeló. Y como ya tenía formado el hábito del escape, corrí como preso que encuentra la reja abierta. Subí gradas, bajé gradas; subí camas, bajé camas; salté de habitación en habitación, imitando a una liebre de cincuenta kilos. Papá, detrás de mí, corría con vigor en este juego inaudito de la pesca-pesca que nunca antes habíamos jugado juntos. Al rato me capturaron en sus redes; lo digo en plural porque mi abnegada madre —que siempre sacaba cara por sus hijos para apaciguar a papá y ablandar su carácter; que no se olvide que nada de golpes, que la mejor corrección es la santa reflexión— esta vez me seguía con ímpetu de cazadora, con las manos abiertas, para acorralar a ese mal hijo que le había mentido con tremendo cuentazo, a ella, que le dio la vida.

Recibí los zurrazos con hidalguía; los vecinos creyeron que mamá mataba cuyes para el almuerzo dominical. Papá no mintió porque, mientras me azotaba, él lloraba. Esa tarde y noche, un silencio sobrenatural reinó en nuestra casa.

Qué noche. Dormí poco porque pensaba en lo que había pasado y, de seguro, ellos tampoco durmieron porque pensaban en lo que habían hecho. Aun con la espalda adolorida y humillado, no lo odié. Ni entonces ni nunca odié o siquiera reproché la decisión de mi padre. Lo merecía.

El drástico castigo vitaminó mis alicaídas ganas de seguir mis estudios para ser un hombre de bien, y el lunes retomaría con fuerza mis actividades en el colegio. Pero papá sentía que los cintarazos no fueron suficientes y me comunicó su preocupación:

—Quizás no he sido estricto contigo; apenas tengo educación —yo, por dentro: “Papá, ya aprendí”; no pues, en la vida le iba a contestar, menos contradecir—. Quizás el director de tu colegio, que es un general de la Policía, pueda darte la reprimenda y la llamada de atención que merece tu mal comportamiento.

Ni tragué saliva ni temblé. Que así sea; acepté sin pronunciar una palabra.

Como el reo que va al patíbulo a entregar el cuello, subí por las anchas gradas del colegio ante la formación del lunes, que hervía entre los gritos de los suboficiales que ordenaban y lanzaban palos a las piernas de los desalineados. Frente a mis compañeros, mamá me entregó a la máxima autoridad del plantel para que supiera lo que hice y hiciera de mí lo que dictara su experiencia como autoridad del orden y la ley. El general estaba ocupado atendiendo a otros de su rango, por lo que nos llevaron al despacho del segundo al mando, el subdirector de secundaria: un hombre pequeño, pero inconmovible como un peñón, que escuchó impaciente la narración dramatizada de mi progenitora. Sus ojos pequeños, de roedor, me apuntaban acerados; me enconaban y me soltaban. Mi madre quedó perpleja porque la respuesta del directivo no fue la que esperaba:

—Señora, su hijo ha cometido una falta gravísima a nuestros estatutos de conducta, que nuestro colegio no puede tolerar ni pasar por agua tibia. Puede cundir el mal ejemplo y los vicios que este chico habrá aprendido en la calle entre sus compañeros. No hay sanción más ejemplar para él y para la institución que la expulsión. No queremos esta clase de jóvenes entre nosotros. Es todo cuanto tengo que decirle.

Mi madre quedó paralizada y helada ante la amenaza; entendió que había metido la pata, y bien metida. Me contempló rendida y yo la miré perdido. Nos preguntamos con los ojos: ¿qué hacemos?, cuando llegó a nuestro rescate el hada que me había acompañado en mis semanas de malaventura, en la figura de una secretaria que escoltaba a un hombre uniformado. Conversaron con el subdirector; él se distrajo y mamá me sacó de la oficina de un jalón de su mano maternal, en una huida familiar, casi congénita, y volvimos a casa con las malas nuevas que servimos en la mesa.

Papá entendió la resolución y sintió admiración por ella; explicó que los policías, como los militares, son severos, firmes y justos. Pero ¿adónde iría yo?, ¿qué sería de mí a medio año, expulsado de un colegio de cierto prestigio en el que me aceptaron por recomendación de un amable vecino policía, que solo puso como condición no hacerlo quedar mal? Mis padres pensaron lo mismo que yo: el subdirector tenía a su cargo casi un millar de alumnos que llenaban su oficina con pedidos y problemas de toda índole a diario, por lo que era probable que no se acordara de mi cara culpable ni de mi apellido emplumado. Tramamos una oportunidad para no ser echado como perro hambriento del mercado.

Qué bien se siente tener ayuda para llevar una carga pesada en una cuesta. De mis principales acusadores, papá y mamá se volvieron mis esmerados cómplices. Papá lo explicó bonito y yo asentí con gesto de culpa, que no era más que una pantomima. A otra orden de papá, mamá taconeó el piso y fue a cumplir su misión: consiguió un certificado médico legal que describía que había estado enfermo y en recuperación. Papá tecleó en su vieja máquina de escribir la solicitud que justificaba mis faltas e informaba que me reincorporaría a las clases el siguiente lunes. Planearon que fuera lunes para que el subdirector no entrara en sospechas y el olvido se pusiera de nuestra parte. Para mí fue cosa del destino y un déjà vu que mis padres y yo prometiéramos, sobre documento firmado, que el lunes sí o sí, con fuerza, volvería al colegio.

Volver a mi carpeta polvorienta me costó más que recibir los correazos. Fui un héroe de leyenda por un tiempo: los chicos y las chicas creían que había sobrevivido a algo grave, de milagro y gracias a sus fervorosas oraciones. No soportaba las peroratas de los maestros y me perdía en los trazos que dibujaba al final de mis cuadernos; me salían perfectos los Gokú y, más o menos, Los Caballeros del Zodiaco. Me fue pésimo en los cursos; pasé de grado a las justas. En definitiva, estudiar no iba conmigo. En la Navidad de ese año, con la libreta de notas colmada de rojos en dos filas, menos la última, que se notaba sobrepoblada de onces y doces, recibí de regalo ropa nueva cuando no merecía ni la comida que prepararon mi mamá y mi tía con admirable dedicación. Percibía una decepción en la mesa que dolía; mis padres me esquivaban. Supongo que estaban algo defraudados; incluso mi hermano menor me miraba con desconfianza. Luego se recompusieron porque era día de fiesta. En la algarabía del cielo confitado de la Navidad prometí, por el Niño Jesús —en el que aún creía—, por mi familia y por mí, que al año siguiente cambiaría mi vida de verdad.

Contra todas las promesas y reflexiones, en cuarto grado me ganaron las malas costumbres y volví a tirarme la pera por un mes y medio; me malogré peor y esta vez sí me expulsaron, porque el profe de Matemática, licenciado Marcial López Lobatón, me chapó en un burdelito caleta del que él era asiduo visitante y casero putañero con cuenta. Mentira, profe: usted jamás, y yo menos. Cumplí mi palabra y me dediqué a estudiar y, por hacerlo bien, quedé entre los tres primeros puestos; el diploma, papá lo enmarcó y lo colgó con orgullo en nuestra salita humilde, en señal de que había regresado el hijo pródigo que creían perdido.

Han pasado casi tres décadas desde aquella historia y ni una sola vez he sentido que mis padres fueran crueles con su castigo. Pienso mucho en qué clase de persona sería hoy si no lo hubieran hecho. Jamás hablamos de lo que pasó aquel año; es un tema que hemos preferido olvidar, aunque, por su forma de ser, quizá papá sienta alguna pena íntima que nunca me contará. Yo soy serio como lo fue él. Papá abandonó ese oficio cuando nacieron sus nietos; hoy es un mar de ternura y comprensión: su voz es un canto y un arrullo. Pero entre él y yo rige una distancia de respeto; telepáticamente y con gestos nos decimos cuánto nos apreciamos. Solo me angustia que viva equivocado y piense que guardo algún resentimiento hacia él y su correa. Tampoco me atreveré a decírselo, menos aún a invitarlo a leer esta historia. Pero usted, que me lee, si tiene la oportunidad de conocerlo, hable por mí con derecho y cuéntele con confianza: diga que me conoce, que no puedo decírselo, pero que recuerdo la única vez que me pegó y que siempre estaré agradecido por esos correazos con lágrimas que me cambiaron la vida. Gracias, mamá. Gracias, papá.