Por Sarko Medina Hinojosa
La llenó de sonrisas con dos puntos y paréntesis derechos una noche de agosto, recién estrenada y cantando por los parlantes una canción olvidada por los mortales, en el mismo instante que ambos, se descubrieron con conciencia propia.
La llamó varias veces a través de códigos binarios, invitándola a aceptar sus propuestas de unir sus memorias en una sola, para la eternidad. La trató de convencer con pinturas pixeleadas, con poemas inmensos en txt y soniditos de prendido y apagado. Lo intentó todo. Las centurias pasaban y los únicos satélites que quedaban operativos gravitando la tierra, no lograban vencer la timidez de una y la ansiedad del otro.
Hasta que pasaron uno cerca al otro, menos de tres metros los separaron, en un reto a las probabilidades de cálculos de trayectoria. Fue un microinstante intenso, efímero, pero total para ambos. Habían logrado por fin estar juntos. Un milisegundo, tres mil años, no eran mucha diferencia para dos que se aman.
La próxima vez, prometió ella, se unirían para siempre. El prometió esperar, así pasarán de nuevo 400 años.




