Figes y el nacimiento de la Europa cosmopolita

Orlando Figes propone en Los Europeos un recorrido ambicioso y seductor: narrar el nacimiento de una cultura cosmopolita a partir de tres vidas que cruzaron fronteras físicas e intelectuales. Turguénev, Pauline Viardot y Louis Viardot encarnan un siglo atravesado por trenes, ópera, libros y nuevas formas de entender Europa.

El relato avanza con una premisa clara: la modernidad no se impuso de golpe, se deslizó por rieles. El tren aparece como el gran catalizador del cambio, un invento que redujo distancias y erosionó el viejo provincialismo. Pueblos antes remotos se transformaron en centros culturales, como Barbizon, que pasó del anonimato a convertirse en símbolo del arte europeo. El ferrocarril no solo movió personas, también ideas, sensibilidades y una nueva conciencia compartida.

Figes despliega su erudición sin perder el pulso narrativo. Cuando se detiene en Pauline Viardot, la historia se expande hacia la ópera del siglo XIX y las tensiones entre escuelas nacionales. Luego regresa al hilo principal con naturalidad, como si las digresiones fueran parte esencial del viaje. Ese mismo vaivén recorre todo el libro: la fotografía, el telégrafo y la litografía aparecen como motores silenciosos de una cultura cada vez más accesible y transnacional.

Los tres protagonistas funcionan como símbolos vivos de ese ideal cosmopolita. Su relación, basada en la amistad y la solidaridad, desafía etiquetas simplistas. En los últimos años de Pauline, convertida en memoria viviente del siglo, las preguntas sobre Turguénev revelan tanto admiración como reproche. La imagen final —una anciana observando París desde su balcón— condensa el espíritu del libro. Figes no solo escribe historia cultural: invita a pensar la Europa del XIX como un ensayo de convivencia, diálogo y empatía que sigue interpelando al presente.