Subversónico / Kitsch y trascendencia: La degradación de la música sacra en Navidad y el vacío post Navidad

Por Víctor Miranda Ormachea

La música navideña no nació como ruido, pero, tampoco como entretenimiento ligero ni como fondo sonoro para centros comerciales. Su origen es doble: por un lado fue una práctica folclórica europea vinculada al ciclo litúrgico cristiano, y, por otro, una posterior formalización académica la insertó en el repertorio culto occidental. El villancico – antes de convertirse en jingle – fue una forma musical con estructura, función simbólica y vocación trascendente.

En Europa, el villancico evolucionó desde cantos populares medievales hasta composiciones polifónicas complejas, absorbidas por la música sacra barroca y clásica. Basta pensar en las obras navideñas de Händel, Praetorius, Bach o incluso en la tradición coral anglicana, donde la Navidad sigue siendo un acontecimiento musical serio, codificado y respetado. Allí, la música navideña no se reduce a “alegría” sino que mantiene solemnidad, espera, recogimiento e incluso melancolía; podría afirmarse que la Navidad no grita sino que se canta con contención.

Ese trayecto se interrumpe brutalmente cuando la música navideña cruza el Atlántico y se inserta en contextos latinoamericanos – particularmente en el Perú – donde ocurre una mutación cultural decisiva: la pérdida del eje sacro y la absorción total por la lógica del consumo popular. Aquí, la música de Navidad deja de ser ritual para convertirse en espectáculo. Y no en cualquier espectáculo, sino en uno infantilizado, estridente y profundamente kitsch. Los villancicos, despojados de su arquitectura musical, son reducidos a fórmulas de alta frecuencia, tempos acelerados y timbres chillones. Lo que antes era coral se vuelve cacofónico, lo que era contemplativo se vuelve hiperactivo. El caso de “Los Toribianitos” no es una anomalía sino la generalidad y es el síntoma extremo de una lógica cultural que confunde celebración con saturación sonora.

Lo kitsch no aparece por casualidad, sino que surge cuando una cultura pierde la capacidad de distinguir entre forma y exceso. En el Perú, la música navideña se adapta a una sensibilidad entrenada para la sobreestimulación: volumen alto, melodías simplificadas, repetición obsesiva, ganas de fiesta, énfasis en lo “tierno” o lo “gracioso”. El resultado es ruido identitario y no comunión ni trascendencia, porque nuestro país la Navidad se vuelve una performance de alegría obligatoria.

En el mundo angloparlante, incluso en su versión comercial (pensemos en Sinatra, Bing Crosby, la tradición jazzística de hacer música navideña o hasta en Mariah Carey), la música navideña conserva un vínculo con la nostalgia, la introspección y el tiempo suspendido. Canciones que hablan de ausencia, invierno, memoria y espera siguen siendo centrales. En Latinoamérica, en cambio, la Navidad se asocia casi exclusivamente a euforia, ruido y consumo inmediato. No hay espacio para el silencio ni para la pausa, todo debe ser celebratorio, aun cuando no haya nada que celebrar.

Este contraste no es meramente estético, sino es sociológico y hasta psicológico. En sociedades donde la precariedad es estructural, la fiesta cumple una función compensatoria, el ruido reemplaza al sentido, la saturación sonora es la mejor anestesia y la música deja de ser lenguaje simbólico para convertirse en estímulo. No se escucha: se tolera o se padece. Paradójicamente, cuanto más se degrada la música navideña, más se insiste en su omnipresencia, centros comerciales, transporte público, colegios, plazas: el sonido invade todo. 

Pero, cuando la fiesta termina, ese momento – los días inmediatamente después de la Navidad – suele estar marcado por una sensación difusa de vacío. Obviamente, no es melancolía romántica, sino fatiga sensorial. No es que la Navidad haya sido profunda, sino que el ruido ocupó el lugar de cualquier experiencia real. Tras semanas de estímulo constante, el silencio se percibe como una anomalía, la ciudad y las personas quedamos suspendidas en un limbo. Ya no hay villancicos, pero tampoco reposo, es una resaca auditiva y mental, uno de los pocos espacios de introspección no planificada que sobreviven en el calendario contemporáneo. Y quizá allí – no en la música saturada de diciembre, sino en su retirada – aparece una experiencia más cercana a lo que la Navidad alguna vez fue: una interrupción del flujo ordinario del tiempo; mientras esa sensación no reaparezca, la Navidad seguirá sonando (en una cultura que ya no sabe escuchar sin gritar), pero difícilmente significando.