Por Victor Miranda Ormachea
El nuevo trabajo de Rosalía, «Lux», ha sacudido tanto las plataformas como las redes. El single de apertura, «Berghain» – con su solidez orquestal, atmósfera barroca y ausencia casi total de momentos danzables —no está hecho para corear en bares ni sacudir osamentas en discotecas o conciertos—, es música para escucharse con auriculares, en soledad y con detenimiento. Aun así, muchos heraldos contemporáneos ya lo llaman un hito, un acto de “valentía artística”, un símbolo de renovación. Y por ellos surge la pregunta: ¿realmente gusta? ¿O simplemente sirve para postear una etiqueta —“soy un melómano culto”— ante un grupo de supuestos iguales?
Porque hay algo que a menudo se olvida: la mayoría convive con la música como consumo ligero, distracción, ambiente. Esa mayoría busca estímulos inmediatos, melodías reconocibles, repeticiones melódicas fáciles, patrones previsibles. El cerebro humano responde con dopamina cuando escucha lo que espera, no cuando le exigen reevaluar o poner atención. En ese esquema, «Berghain» no debió ser bienvenida, su estructura postpop, su grandeza operística, su tránsito desde lo barroco a lo contemporáneo, confronta la comodidad auditiva.
Y aun así, «Lux» arrasa en estadísticas; ventas, picos en streaming, debates en foros globales, elogios de crítica especializada… Pero ese éxito cuantitativo no prueba que el oyente medio lo esté “amando” de verdad, permite más bien una hipótesis: muchas de esas escuchas obedecen a un impulso aspiracional, un deseo de “pertenecer” a una tribu cultural, más que a una experiencia estética sincera.
Si este disco lo hubiera lanzado una figura menor, una voz auténticamente de nicho —pongamos nombres como Eartheater, Agnes Obel, Soap & Skin o incluso FKA Twigs— artistas con la misma disposición vanguardista, las mismas texturas tímbricas, los mismos riesgos de estructura, lo más probable es que el impacto habría sido casi nulo. No porque la música fuera peor, sino porque el nombre no arrastra la expectativa colectiva, ni activa la iconografía mediática.
Ese contraste revela algo esencial: la fama convoca adhesión emocional antes que escucha real. Rosalía, convertida en marca global, ya trae implícito el compromiso social, se espera que sea lo que sea que publique será digno de culto. Por eso sus giros operísticos o barrocos no se leen como apuestas valientes, sino como pruebas de estatus. ¿Les gustará a sus seguidores masivos realmente los movimientos tonales, los silencios, las tensiones irresueltas? O simplemente consienten, porque aceptar «Lux» representa un pasaporte a la microclase melómana urbana.
El disco es complejo, lo dicen todos quienes lo analizan: movimientos, arias operísticas, coros, fusiones de idiomas, ambientaciones espesas, pasajes barrocos. Pero esa complejidad exige algo que ya escasea: tiempo, concentración —una escucha plena, consciente—, y esa atención no es la que domina el consumo musical actual. El éxito de «Lux», en ese contexto, podría señalar que la escala masiva ha hecho de la escucha una estética de la pose: “escucho lo difícil, luego existo como sujeto sofisticado”.
El fenómeno recuerda a lo que denunciaba «Imposturas Intelectuales», el clásico de Alan Sokal y Jean Bricmont: la adopción acrítica de discursos complejos como meros distintivos sociales, no importa tanto lo que uno entiende, sino cómo ese discurso posiciona al sujeto frente a su comunidad. Apoyado en esa lógica, «Lux» no se juzgaría por su valor artístico realmente, sino por su capacidad para certificar una imagen elitista.
Eso no quita méritos, la ambición artística de un disco así es innegable, su factura técnica, su riesgo estético, su ruptura con la fórmula pop, le dan un relieve que trasciende lo comercial. Pero ese mérito —como toda forma de poder simbólico— puede ser cooptado, no por su música, sino por su valor como marca de distinción. La pregunta no es si Rosalía logró un “disco importante”, sino si ese disco resuena más allá de los que ya decidieron amarlo antes de escucharlo con honestidad.
De todos modos, en este caso, la crisis no es de la música sino del oyente masivo. Es la incapacidad de aceptar lo difícil, de sostener la tensión, de escuchar sin gratificación inmediata. El pop se ha vuelto sinónimo de miedo a la complejidad; los hits son fórmulas y no experiencias. En ese contexto, «Lux» puede ser un canto al exceso, un monumento de ambición, un acto de valentía formal. Pero también puede ser un gran fetiche cultural: caro, reluciente, prestigioso, pero hueco de resonancia real.
Y es que un himno de club necesita poco más que un hook reconocible, pero una obra ambiciosa —como «Lux»— necesita silencio, tiempo, atención. Si la masa no acepta eso, no es culpa del artista, es la evidencia de que el consumo cultural actual prefiere el aplauso fácil al vértigo de la escucha consciente.




