Por Sarko Medina Hinojosa
Los seguidores del Nuevo Orden Cosmoandino se detuvieron frente al portal de la pared descrito en las profecías.
—Pasen —ordenó el Mayor de los cultores.
Llegaron el día y la hora predichos. Los contornos eran de roca volcánica. El cultor había descrito que una fuerza dimensional abriría el pasaje entre mundos. No había mucho que ver a través de la abertura, pero el Mayor había prometido que, tras el velo dimensional, cumplirían sus sueños, esperanzas, deseos, pasiones y perversiones. Todo.
—¡Pasen! —ordenó de nuevo el Mayor.
Uno a uno, los seguidores entraron por el umbral, desapareciendo hasta completar los ciento noventa y siete elegidos. El Mayor se detuvo ante la puerta transdimensional.
—Has hecho bien. Me has servido. Has traído buena carne con fuerte espíritu. Te daré lo que mereces a cambio de tu acción —retumbó una voz en su mente.
Era el mensaje del Supay. En una sesión de ayahuasca se le había aparecido rompiendo sus delirios; con su figura delgada, cubierto de un poncho raído y ushutas viejas, pero con un cinturón dorado del que colgaban huesos de dedos humanos. Este le prometió una justa recompensa, inimaginable, si le llevaba un número exacto de cuerpos y espíritus. Emprendió la ardua y larga tarea de ir convenciendo uno por uno a los seguidores para que aceptaran, por propia voluntad, pasar a través del portal. En total, ciento noventa y siete almas que se creían elegidas.
Giró sobre sus talones para alejarse sin muestras de pena o arrepentimiento, mientras gritos de dolor, provenientes del otro universo, retumbaban en sus oídos.
Una sonrisa empezaba a formarse en su rostro, imaginando la recompensa justa, cuando de pronto unos brazos y garras escamosas lo detuvieron y, arrastrándolo, lo llevaron al umbral. Sus gritos desesperados inundaron el ambiente, pero, a diferencia de los traicionados, nadie lo escucharía.
*Cuento publicado en el libro El Ekeko y los deseos imposibles (Aletheya 2027)




