El Rapidín: el lavadero donde dos mujeres limpiaron sus miedos y encendieron sus sueños

Por Melissa Vargas Santos

En la Avenida Italia, cerca de la Vía de Evitamiento en Cerro Colorado, se levanta un negocio que poco a poco se ha convertido en referencia entre conductores, vecinos y amigos: «El Rapidín», un lavadero que nació de la valentía, la amistad y el deseo profundo de salir adelante.

Pero su historia no empieza con máquinas ni rampas, sino con dos mujeres que decidieron cambiar su destino.

Buscando independencia

Gigi y Katy son amigas que crecen todos los días con su negocio de lavado de autos y camiones.

Gilda Viviana Bedoya Bailón, “Gigi”, madre de tres hijos, nunca imaginó que la vida la conduciría a ser dueña de un lavadero. Su historia está marcada por esfuerzo y coraje. Fue madre muy joven, dependiente de su pareja durante muchos años y recién en 2015 tuvo su primer trabajo estable como personal de limpieza en un hospital. Ese empleo, aunque pequeño para muchos, fue su puerta a la independencia.

En el 2020, en plena pandemia, llegó al local donde hoy funciona El Rapidín. Empezó como ayudante de cocina, luego cocinera, después chef y, con el tiempo, pasó a administración gracias a la confianza del dueño, don Harold Rodriguez, quien siempre vio en ella una fuerza que ni ella misma reconocía.

Cuando Harold decidió alquilar el lavadero y la cochera, Gigi sintió miedo… pero también una chispa. No quería hacerlo sola, así que pensó en alguien que ya conocía: Katherine Vanessa Cuelas Rojas, “Katy”.

Padre y madre

Aunque el trabajo es duro, las jovenes madres lo hacen para mantener a sus hijos.

Katy, de 30 años, madre soltera de una niña de tres años, trabajaba en el área de secado del mismo local. Había estudiado enfermería técnica, pero la vida la llevó por otros rumbos. “Mi motivación es mi mamá y mi hija”, dice, firme. Su historia es la de una mujer que aprendió a ser mamá y papá a la vez, sin apoyo, pero con determinación.

Entre turnos y conversaciones, Gigi y Katy se hicieron amigas. Firmes, transparentes, compañeras. Y fue esa amistad la que les dio la fuerza para dar un salto al vacío: emprender juntas.

No tenían capital. No tenían experiencia en negocios. Pero tenían ganas. “Teníamos miedo, pero más miedo nos daba no intentarlo”, recuerda Gigi. 

Nació El Rapidín

Ponen mucha dedicación en cada camión que les toda lavar y limpiar.

El nombre surgió una tarde de risas: El Rapidín. Les dio vergüenza al inicio, pero pronto se dieron cuenta de que era perfecto: pegajoso, divertido y directo. Hoy es imposible no recordarlo. Empezaron lavando 5 o 6 autos al día. Había días sin clientes, días de frustración, días donde pensaban que tal vez se habían equivocado.

Pero seguían. Lavaban, secaban, aprendían, organizaban, mejoraban. Gigi dejaba la cocina por una manguera. Katy dejaba el miedo por la sonrisa de su hija. Ambas dejaban atrás la idea de que emprender es solo para quienes tienen dinero.

Hoy, El Rapidín recibe más de 15 autos diarios. Tiene rampas organizadas, una cochera amplia, vigilancia nocturna y un flujo creciente de clientes que vuelven porque encuentran algo que otros no ofrecen: confianza.

Apoyo mutuo

“No somos el único lavadero, pero somos la diferencia”, dice Katy. La diferencia es la dedicación. La diferencia es la limpieza impecable. La diferencia es el trato cálido. La diferencia es que detrás del negocio hay dos mujeres que no compiten: resisten, luchan y se apoyan.

Ambas coinciden en que el impulso inicial vino del mismo lugar: “Gracias a don Harold, que siempre nos motivó y nos dijo ‘ustedes pueden’”, afirma Katy. Gigi, por su parte, resume su aprendizaje en una frase que hoy inspira a otras mujeres: “El trabajo es trabajo. No hay que tener miedo. Hay que atreverse, perder la vergüenza y salir adelante por uno y por los hijos”. Ellas no sólo levantaron un negocio. Levantaron una vida nueva. Un proyecto que les devolvió seguridad, independencia y orgullo.

El Rapidín no solo lava autos. Lava miedos. Lava dudas. Lava las marcas del pasado. Y deja brillando algo que antes parecía apagado: la certeza de que dos mujeres valientes pueden construir un futuro mejor desde cero.

Allí, entre agua, espuma y motores, Gigi y Katy recuerdan cada día que la vida puede cambiar cuando una amistad se convierte en fuerza y un sueño se convierte en decisión.