Por Jorge Luis Quispe Huamaní
El próximo 3 de octubre se cumplen 57 años del golpe militar del general Juan Velasco Alvarado. Al trazar el perfil de este período el historiador Rolando Rojas, descubre útiles lecciones para superar el régimen híbrido de estos días.
He leído con vivo interés este libro breve como rico, potente y preciso. La primera cuestión que suscita la estimulante publicación es esta: ¿Cuál es el impacto de las reformas que aún vivimos hoy? ¿Por qué el fantasma de Velasco continúa hoy provocando irritación en los sectores opuestos al pueblo en general? ¿Qué políticas hemos heredado de Velasco? ¿Cuál es la herencia de Velasco para el Perú del siglo XXI?
Para una mejor comprensión de este fenómeno es preciso ubicarse en el contexto de la época. El Perú era un país atravesado por profundas desigualdades sociales, las masas indígenas eran objeto de explotación y vejaciones, sin acceso a educación y soportando el sometimiento de los hacendados. Velasco advirtió en esta realidad un terreno fértil para levantamientos guerrilleros de carácter marxista. En virtud de la cual se produjo la Reforma Agraria, con el objeto de evitar cruentas revoluciones caudillistas.
Ahora, no debe confundirse a los militares como comunistas o socialistas, pues estos reprimieron violentamente las guerrillas de la década del sesenta hasta antes del golpe a Belaúnde. Su transformación no se identificaba con ninguna ideología. “Quienes gobernamos el Perú no somos marxistas, pero estamos haciendo la revolución”, había dicho Velasco en un mitin de julio de 1969. Lo primero que hizo el régimen fue estatizar la International Petroleum Company. La tarde del 9 de octubre cerca de 300 soldados ingresaron a la IPC en Talara. Esta empresa se rehusaba a pagar los derechos de explotación de los yacimientos petroleros de La Brea y Pariñas. El gobierno militar calculó el valor de la expropiación en S/ 71 millones. Sin embargo, inmediatamente luego del pago a la IPC, Velasco lo embargó como parte de pago de los S/ 690 millones que el Perú exigía por la deuda acumulada de derechos de explotación.
Con este triunfo el régimen ganó popularidad para proceder con su más ambicioso cambio: La Reforma Agraria, la cual fue la culminación de un largo proceso. El fracaso previo de Belaunde, no hizo sino atizar las expectativas las cuales eran respaldadas incluso por la OEA en su plan de modernizar las economías latinoamericanas. Las haciendas operaban como entes autónomos y ajenos a la legalidad y al Estado. La reforma significó el fin de la servidumbre indígena en las haciendas de la sierra y le devolvió la dignidad y respeto a los ciudadanos que habían sido profundamente sometidos por el sistema de abusos que la clase terrateniente había aprovechado. Aunque Velasco proyectaba a las cooperativas como empresas modernas y mecanizadas que optimizaran los procesos de producción, la complejidad de la administración de las haciendas agroindustriales, ubicaba a los antiguos trabajadores agrícolas, inexpertos y carentes de formación en una encrucijada de desventaja.

Hablar de Velasco exige también advertir la reforma educativa. El gobierno militar señaló que sin una transformación efectiva, profunda y permanente de la educación era imposible garantizar el éxito y la continuidad de las reformas. Por tanto, la educación tendría como primera finalidad la formación de un nuevo hombre, consciente de sus derechos sociales y orgulloso de su pasado andino, regional y popular. Estos cambios despertaron furibundas críticas en la oposición, a través de la iglesia y el sector privado. Esta reforma no se tradujo en un respaldo financiero correspondiente al carácter ambicioso de su modernidad. Como consecuencia la limitación significó una grieta medular de su proyecto, sumado a la ausencia de planes pedagógicos de los sindicatos supusieron el coto de su consolidación.
Contrario a lo que se cree, ningún gobierno o régimen hasta entonces había obrado múltiples facilidades a la industria. Velasco mismo dijo que la reforma agraria se hizo para quebrar el espinazo de la oligarquía, sin embargo, la industria es un sector a expandir, no a erradicar. La norma contemplaba protecciones arancelarias, exoneraciones para la importación de bienes de capital, equipamientos y materias primas. La política industrial que protegió el mercado interno contrastaba con el hecho de que la producción no era competitiva en el mercado internacional. Los empresarios nunca vieron en Velasco a un aliado sino a un enemigo a erradicar. Según el autor, el general pecó de ingenuo al confiar y depositar sus esperanzas en la participación de la industria en la revolución. La aparición de las comunidades industriales acabó con ese intento de acercamiento contranatural.
No se puede hablar de Velasco sin la popular “aplanadora”, pseudónimo que dieron al Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social, SINAMOS, cuya principal función era relacionar directamente las demandas de los sectores urbanos, populares y rurales con el régimen militar. El propósito era prescindir de partidos políticos y asociaciones civiles y sindicatos. Pronto se convirtió en una pugna por la hegemonía de representación popular. Si bien constituyeron sectores de empoderamiento popular, se produjo un exceso de burocracia por la superposición de entidades del régimen en los sectores objetos de reformas: industria, agro, educación, etc. El gobierno militar impulsó discursos nacionalistas los cuales reivindicaban las expresiones andinas las cuales protagonizaban los mítines y eventos culturales.
Velasco nacionalizó el relato de la independencia otorgando protagonismo a la participación popular y regional. Así, reivindicó la figura de los próceres de la independencia. La revolución militar era una suerte de continuación contemporánea del gran levantamiento indígena de 1780. El campesino dignificado cultural y socialmente le adjudicó gran y profundo favor popular.
Nada fue igual desde que Velasco cayera enfermo el 22 de febrero de 1973. De acuerdo a los cálculos de la época, 300 mil personas se concentraron en la plaza Dos de Mayo, desde donde se dirigieron por la avenida Alfonso Ugarte, la avenida Brasil y finalmente a verlo al Hospital Militar. Velasco al perder una pierna, se aisló en su despacho, redujo significativamente su predisposición a la atención de los ciudadanos y significó para el régimen una vorágine que radicalizó su devenir y marcó así su etapa final. La incapacidad de los partidos de derecha y la oposición por movilizar a la población, volcó en la prensa como un espacio contestatario y crítico. La intromisión estatal en los medios de comunicación respondió al hecho de que el régimen consideró a la prensa instrumentos políticos de la oligarquía y los calificaba de contrarrevolucionarios. El gobierno militar expropió los diarios escritos y los distribuyó a sindicatos y asociaciones civiles. La televisión exhibió nacionalismo, a través de programas de música criolla, documentales y reportajes dedicados a las reformas.
Finalmente, una huelga policial sumada a la violenta radicalidad que ejercía su círculo íntimo a sus opositores, la pugna con los sectores progresistas militares que sustentaban su gobierno y los planes clandestinos de la Marina que nunca aprobó el régimen socavaron el gobierno revolucionario de las fuerzas armadas.
A lo largo del libro se despliega la relación de las reformas y cómo las consecuencias, virtudes y fallas de sus maniobras llevaron a la radicalidad de las siguientes. “Los años de Velasco” cumple con despertar la curiosidad de los lectores respecto a un periodo que cambió profundamente la historia del Perú. Agricultura, Industria, Educación, Prensa, son temas tan actuales como urgentes. Más de medio millón de personas asistieron a despedir a Velasco cuando murió. Su figura vertical y autoritaria aún despierta intensos debates. La tardea de la democracia de participación plena aún está lejos de cumplirse.




