Planeta cadáver: La mujer de mis sueños

Por Jorge Condorcallo Ccama

El timbre de la llamada telefónica me despertó del placentero sueño en el que acariciaba a una mujer desconocida. Era hermosa, más bella que un ángel, la creación de mi fantasioso inconsciente. En el episodio le juré fidelidad, exacerbado por el deseo. Una copa de cristal nublaba la mitad de su rostro, la otra mitad contenía la malicia y la provocación. Su sonrisa de mujer y niña a la vez, perfecta, podría causar que cualquier hombre pierda el corazón y la cabeza. Cuando entreabrió sus labios para decirme su nombre, desperté.

—¡Aló Pablo, imbécil, mira qué hora es…!

—¡Lázaro, Lázaro, escucha, creo que la maté, la he cagado, ¡ayúdame! —Fue lo poco que escuché y entendí—. Estoy en mi casa asustado, ven por favor, ¡ayúdame, amigo! —. La comunicación se cortó de forma abrupta, quizás entendió que se equivocó al contarme lo que había hecho en su minuto de locura, incluso a mí, a su pata del barrio y de la infancia.

Mientras conducía mi vocho azul marqué su teléfono varias veces, no contestó el impertinente que me sacó del paraíso. Al presionar el botón del timbre recé para que no salga a recibirme, insistí para que él o el fantasma que había dejado en este mundo se conmueva con mi lealtad a toda prueba. “¡Que no salga, que se haya escapado a Puno o matado por el veneno de la culpa, que no salga para que me vaya a dormir tranquilo, por favor!”, me abstraje en las posibilidades, pero oí los golpes del cerrojo y nos saludamos desencantados. Me observó con su cara roja de demonio trasnochado, supuse en un momento que me hacía la mejor broma de su vida y en la sala nuestros amigos de la promoción contenían la risa, despatarrados en los muebles. “¡Bravo, me la hicieron, hijos de puta, genios!”, pero no ocurrió, no era el caso.

—No sé qué hice, Lázaro, estoy jodido, la llevé a la cama, ojo que ella vino porque quiso, no la forcé, primero quería, parecía un animal en celo, mira los arañazos que me hizo, luego no, estábamos tirando y en pleno sexo cambió de opinión, se quería ir, que tenía novio, me insultó, me dio tremendo cabezazo y me enojé, perdí el control, huevón, además estaba borracho, estoy borracho, los dos nos acabamos tres botellas de vino. —Sus ojos vidriosos señalaron el estrago cubierto con una manta que se apelmazaba en la sangre de su amante.

Fui a tomarle el pulso: estaba muerta. Su mano breve, su piel fría, el lunar en su tobillo, su cabello que giraba como una estrella colapsada en el suelo, el presentimiento. La escena era de un absurdo que creí posible que en cualquier momento el cadáver se levantaría a exigir que la llevemos a su casa. El presentimiento me anunció que ella era la extraña mujer con la que había pasado la noche, la de mi sueño febril e interrumpido, el amor de mi vida. Me erguí conmocionado por las señas que me dio la muerta y ordené a Pablo, con sangre fría, lo que tenía que hacer y él obedeció sin oponerse a las pautas que solté como si ya lo hubiera hecho antes, muchas veces, que podía corregir los errores que cometí y perfeccionar nuestra coartada.

Mi noche de pasión se tornó en madrugada de pesadilla por los golpes ensordecedores del martillo y los tirones de los dientes de acero que aserraron sin pausa sobre el lodazal de sangre. La despedazó con asco y remordimiento, luego la envolvió con cartones y bolsas, redujo el cuerpo maravilloso a nueve bultos que metió en el maletero de su auto y tiró los paquetes malditos en los lugares que escogí, le aseguré nunca los encontrarían. Pablo limpió la casa por completo con lejía y otros desinfectantes, borró su registro de llamadas, pulverizó el aparato telefónico, quemó las ropas de ambos, el lunes se fue a trabajar, llegó impuntual como siempre, y en la tarde recogió a su enamorada de la universidad y le hizo el amor con deseo y sin vacilación como le ordené que lo hiciera para que no quepa duda de su inocencia. Lo hizo todo con obediencia de hombre desesperado. Antes de partir a su oficina, agradeció mi tutela con un abrazo hondo que me conmovió por su sentimentalismo, él estaba seguro que nadie más que nosotros conoceríamos qué le pasó a…

—¿Cuál era el nombre de la flaca? —pregunté para resolver el enigma de mi sueño.

—Ángela.

Dejé que los acontecimientos se sucedieran como los había previsto. Cinco semanas después de no encontrarla en mis sueños, denuncié la extraña llamada de Pablo porque, expliqué al operador de la policía, coincidía con la desaparición de Angela, la estudiante de Derecho que encabezaba los titulares de los noticieros locales. “Tengo en gran estima a mi amigo del colegio, pero me destroza la angustia de la familia que busca a Ángela sin dar con su rastro, como si nunca hubiera existido”. Cómo no conmoverse con las vigilias de sus amigos y parientes, con las lágrimas de la madre que la llora porque Ángela es su única hija, su engreída, su razón de vivir.

Lo detuvieron cuando salía del estadio sin darle oportunidad para suicidarse y resolver el escándalo y el escarnio que liquidó a su familia. Por el salvajismo con el que había actuado,¡descuartizó con una sierra a esa delicada criatura!, le dieron la pena máxima: cadena perpetua. Con la confesión de Pablo, que aceptó aconsejado por su abogado, los padres encontraron las nueve partes escondidas de la hija de veintiún años y la policía forense completó el macabro rompecabezas.

—¿¡Quién te ayudó!?

Mi buen amigo Pablo no mencionó mi nombre, se mordió la lengua por su estricto sentido del honor y en gratitud por mi apoyo incondicional, fraterno, y se disolvió en la oscuridad del arrepentimiento de su celda sin fin. Lo merecía y más por haber matado a la mujer de mis sueños y ella también se lo merecía. De alguna manera conseguí vengarme de la traición de ambos.