La potencia de sus remates aún resuena en las canchas más prestigiosas del mundo. Su nombre, sinónimo de brío y precisión, fue coreado por multitudes en estadios repletos. Pero hoy, la batalla se libra en un terreno diferente, uno donde el rival es implacable. Simón Gonzáles Ferrer, el gigante que conquistó el voleibol mundial, se enfrenta al desafío más exigente de su vida: el cáncer. 

El voleibolista profesional es mucho más que un deportista de imponente estatura de 2.02 metros. Su historia es un relato de pasión, perseverancia y una inquebrantable dedicación al deporte. Nacido en Cuba, su camino hacia la cima del voleibol estuvo marcado por una temprana incursión en el boxeo y el béisbol. Pero fue a los 7 años cuando encontró su verdadera pasión en las canchas. 

Tras una lesión grave, Simón Gonzáles se convirtió en preparador físico para otros deportistas.

Su talento excepcional lo catapultó a la selección juvenil nacional de Cuba cuando apenas tenía 10 años, demostrando una versatilidad única al desempeñarse con maestría en todas las posiciones del juego: ataque, defensa y como armador. Su disciplina y entrega lo llevaron a participar en tres campeonatos mundiales, donde cosechó medallas de oro, plata y bronce, dejando una huella imborrable en la historia del voleibol para su país. 

“Unos querían que fuera levantador, otros querían que fuera matador. Yo hago todo, soy un jugador universal. Cuando me escogieron para estar entre los 20 hombres de Cuba juveniles, todos tenían entre 19 y 20 años, pero yo acababa de cumplir los 10 años. Todo depende mucho de la disciplina. Es muy importante”, cuenta Simón. 

El sueño de Simón era de convertirse en campeón olímpico, ya que era uno de los mejores voleibolistas cubanos.

Su retiro de las canchas 

La vida de Simón estuvo marcada de besos, llantos y festejos. Él conquistó campeonatos nacionales e internacionales y reconocimientos individuales por su impecable técnica y liderazgo. Sin embargo, el sueño dorado que había alimentado desde su infancia de participar en los Juegos Olímpicos se desvaneció, debido a una lesión devastadora que lo apartó de las canchas a los 28 años. Fue como si el silencio invadiera los estadios y la incredulidad se apoderase de los aficionados. 

“El retiro es el momento más difícil para un deportista, un adiós doloroso a la pasión que entregué en cada partido. Uno pone el alma, el corazón y hasta la vida por su país. Y duele saber que ya nunca más podremos sentir lo mismo”, recuerda con la voz entrecortada mientras nos muestra uno de sus tantos logros en el mundo. 

Lejos de alejarse del deporte, Simón encontró una nueva forma de seguir amasando sus sueños junto al voleibol, dedicándose a la preparación física de jóvenes talentos. En 2009, gracias a un convenio con el Instituto Peruano del Deporte (IPD), llegó a Perú para compartir su experiencia y forjar a las nuevas generaciones de voleibolistas. 

Ya en Perú, Simón Gonzáles participó como entrenador en diversas regiones, pero se quedó en Arequipa.

“Perú es bello. Yo amo a mi Perú, soy más peruano que el ajo. El convenio (con el IPD) era por un año, pero ya tengo 18 años aquí. Primero me mandaron a Tarapoto, pero luego llegué a Arequipa para ser entrenador. También fui preparador físico en clubes particulares como Faraday”, añade el mundialista. 

Hoy, Simón Gonzáles Ferrer es un referente en el voleibol peruano, un mentor que transmite su pasión y conocimientos a los jóvenes deportistas. Su historia es un testimonio de cómo el amor por el deporte puede trascender las canchas y convertirse en un legado de inspiración para futuras generaciones.

Su pasión por el deporte le permitieron ser reconocido en la Ciudad Blanca como uno de los mejores preparadores.

El enemigo silencioso

Simón Gonzáles enfrenta ahora el desafío más grande de su vida: la lucha contra el cáncer de próstata. La noticia fue un golpe devastador que lo alejó por completo de las canchas y lo llevó a los hospitales. «‘¿Cuántos años de vida me quedan?’, fue lo primero que le pregunté al doctor», recuerda y al mismo tiempo se cuestionaba por qué le había tocado a él, un deportista con hábitos saludables. 

Antes del diagnóstico, Simón ignoró los fuertes dolores de espalda que sentía durante los entrenamientos y la pérdida de peso. La enfermedad lo confrontó con su propia mortalidad. “Yo no fumo, no tomo. Mi vida es sana. Mi médico me dijo que no me veía bien, estaba un poco pálido. Cuando me hicieron los análisis no podían decirme que tenía cáncer. No sabían cómo decirme”, recuerda. 

Aquí Simón, formando parte de la selección cubana de Voleibol, con la que obtuvo muchos campeonatos.

Ahora se aferra a la vida y dedica su tiempo a dar clases por internet y a seguir capacitándose. Su historia es un testimonio de fortaleza y esperanza, un recordatorio de que incluso en los momentos más difíciles, la actitud positiva y la determinación pueden marcar la diferencia.

Hoy, más que nunca, este gigante del voleibol necesita nuestro apoyo. Cada mensaje de aliento, cada muestra de solidaridad, cuenta en esta batalla. Para quienes deseen sumarse a esta ola de esperanza y brindar su respaldo, se ha habilitado el siguiente número de contacto: 964394779. Juntos, podemos demostrar que la fuerza del deporte trasciende las canchas y se convierte en un escudo de amor y fortaleza.