El viejito sabor a trigo

Ellas, sabedoras de la manía matutina del anciano, se arremolinaban a su alrededor como las buenamozas en torno al galán chalanudo del pueblo.

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Revelación.pe

06/09/2026

Por: Sarko Medina Hinojosa
El viejito tenía olor a caca de paloma, y no lo podía evitar. Cierto era que hace años su olfato se había acostumbrado al hedor, pero eso no evitaba que en algunas ocasiones soltara un: “¡Cagadijas de mierda, ya mean bautizao otrave las muy desagradecidas!”, debido a su creciente malhumor, motivado por tantas madrugadas en vela por el temor de hacerse en la cama. Colon inquieto, fue la sentencia médica.
Pero eran tiros al aire sus palabras. Invariablemente todas las tardes se dirigía con pasitos de eternidad rumbo a la plaza del pueblo tradicionalista y monótono de lonccos, donde, desde una banca de madera adecuada a las posaderas centenarias, arrojaba trigo en cantidades generosas a las engreídas aladas que, acostumbradas al banquete matutino, no buscaban alimento en otras partes. Ellas, sabedoras de la manía matutina del anciano, se arremolinaban a su alrededor como las buenamozas en torno al galán chalanudo del pueblo.
El viejito comía trigo. De a poquitos, en pequeñas partes, y en sincronizados movimientos. Lo hacía en el espasmo de la mañana al descubrirse vivo de verdad y no en sueños.
Aprovechaba ese momento para poder comer trigo molido mezclado en té, como único desayuno y almuerzo. Aprovechaba también las tardes cuculiescas para picotear como pichingo cualquiera los granos que repartía un puñao para ustedes, otro para mi guargüero, un puñao para ustedes, otro para... Todo, en el escenario de los cedros en cada esquina de la plaza.
El viejito de trigo se vio sin trigo un día de esos que uno sabe han de llegar, pero igual nos encuentra con la cara de perdido, nos la vuelve sorpresa y nos la deja de cojudo.
Y así es como se sintió al saberse agraciado por unas vacaciones indefinidas al histórico asilo Lira, donde sus hijos (que recordaba más ajenos cada año) lo llevarían para que emulara a tanto ilustre arequipeño que murió sin trámite.
Él sentía que ellos esperan que yo igual que Fulgencio Rosas me muera de hambre y se me apolillen en vida las medias… Ahhh no, ¡Jajaillas!, digo, ¡Qué lo fuera yo si los dejo hacer charqui conmigo, digo!
Y dijo bastante en su defensa, pero las pruebas para su exilio eran irrefutables: la hacienda era cosa del pasado cuando ese general repartió sus predios entre moros y cristianos; y lo que quedó se lo llevaron las carreras de abogado, arquitecto, contador, psicólogo y sirvienta de mal marido ese, de todos sus hijos e hijas. Ellos no querían dejarlo en esa casa entrada en el invierno inmobiliario, con sus dos topos de terreno que apenas si alcanzaba para brindar, con sus cosechas anuales, trigo suficiente para él y sus palomas de la tarde. Además, estaba el olor a defecación nocturna, con el que las narices de sus hijos se mantenían a varios kilómetros de prudente distancia. Sí, lo querían alejar de su vida, que él sabía inútil, pero igualmente sabedor de que tenía una deuda con ellas, con las voladoras espirituales que le harían el favor de acercarlo a Dios, de alguna u otra forma...
El viejito entonces tomó una decisión. Con el molinillo de mano hizo maravilla de polvo la mitad del trigo que le quedaba, luego, en esa mañana calurosa de abril de un año más en el limbo de la chacra, cocinó melaza con el higo y manzana que había guardado tan celosamente en el fondo de la chomba mayor de la hacienda que nunca se usó por lo grande que era.
Al terminar de cocer la melaza y ponerse en un punto viscoso, agregó unos pedazos de cola de carpintero y la dejó enfriar un poco. Antes se había bañado de pies a cabeza. Por fuera: con el jabón de ropa y la raspa-raspa de las ollas. Por dentro: con un macerado de ciruelas que le dejó impecable todo el camino desde la boca hasta la incontinente salida.
Procedió luego a extender en el piso del patio las sábanas con las cuales dijo alguna vez que lo amortajaran y, en ellas, distribuyó homogéneamente el trigo molido y en otra sábana el trigo entero que le quedaba. Entonces se introdujo en la pila con la melaza y se embadurnó todo, así, chorreando azúcar, se echó en la pampa de trigo molido, y esperó lo suficiente para que la melaza chupara y se apelmazara a su gusto. Pasó luego a nuevamente bañarse en la melaza y se confitó con las semillas duras y primarias del trigo entero.
Una vez que creyó estar suficientemente compacto, se puso su sacón largo tapándole todo, y para la cabeza su sombrero de jipi-japa. Así, pataccala, se dirigió a su cita del atardecer, que se le mostraba tan lento con el Sol tan perfecto entre esas nubes como algodones de dulce. Llegó, según dicen los characatos que lagarteaban junto a sus burros, en ese ocaso tan bello y celestial, con una cola de triguitos abandonados a cada paso suyo y, en ese momento llegaron las comensales palomas.
El viejito, sacándose el sacón y el sombrero, levantó las manos generosas de alimento y las palomas (que los campesinos juraron y aseguraron que eran todas las de este cacanal mundo), se pegaron al viejito y picoteándolo, desgarraron sus músculos, llegaron a las tripas y las devoraron. Lo mismo pasó con sus ojos, sus cabellos, ni una gota de sangre se desperdició. Los chillidos de placer de las palomas se escucharon durante un breve tiempo hasta que, una vez terminado su banquete, se alejaron volando hacia el cielo, dejando solo del viejito los huesos pelaos.