El tesoro del duende

Con la cabeza dando vueltas como trompo en carnavales, don Eusebio emprendió el largo camino hacia su pueblo. Los adoquines le bailaban bajo los pies y cada poste de luz parecía multiplicarse en tres. La chicha le había puesto los ojos más bizcos que los del Tuerto Martinez, ese ccala malavení'u de Characato.

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Revelación.pe

08/16/2026

Por: Sarko Medina Hinojosa
Era quince de agosto y don Eusebio había cotimbeado hasta más no poder en las fiestas de la Virgen de la Asunta. La chicha madura le había ganado la partida desde el mediodía en una chichería de Miraflores, y ahora, con las campanas de la Catedral mudas de festejo porque ya eran las diez de la noche pasadas, se encontraba más perdido que turista ccalato en el Mercado San Camilo.
—¡Ujú!, ¿dónde carajo estoy? —murmuró el loncco, tratando de enfocar la vista en las calles empedradas del centro—. Tengo que llegar a mi chacrita en Sabandia antes que salga el sol, si no la Hipólita me va a dar de chicotazos con la soguilla del tendal, y después me va a chancar como papa en el batán.
Con la cabeza dando vueltas como trompo en carnavales, don Eusebio emprendió el largo camino hacia su pueblo. Los adoquines le bailaban bajo los pies y cada poste de luz parecía multiplicarse en tres. La chicha le había puesto los ojos más bizcos que los del Tuerto Martinez, ese ccala malavení'u de Characato.
Iba caminando por una acequia alta, cantando yaravíes desafinados y haciendo eses como culebra borracha, cuando de pronto se le apareció un hombrecillo no más alto que una mata de haba. Tenía sombrero puntiagudo, ojos brillantes como brasas de eucalipto y una sonrisa que daba entre pícara y malévola.
—¿Qué tal, loncco? —le dijo el duende con voz de campanilla rajada—. Te veo medio chiriaco y llauqque como cabra sin rumbo. ¿No te gustaría tener suficiente plata para comprar chicha madura para toda la vida?
Don Eusebio se restregó los ojos pensando que era puro delirio de la borrachera.
—¿Y tú quién eres, mocotecte? ¿El mishmish del ccapo?
—Soy el guardián de un tesoro antiguo —respondió el duende, bailoteando alrededor del loncco—. Si me sigues, te llevaré donde está enterrado el oro de los incas. Pero tienes que venir ahora, antes que cante el cuculí.
La codicia se apoderó del corazón de don Eusebio más rápido que el pisco se sube a la cabeza.
—¡Llévame, pues! —exclamó, siguiendo al duende que se internaba por los senderos de Sabandia.
Caminaron entre los molinos coloniales y las acequias cantarinas, subiendo por cerros y bajando por quebradas. El duende iba adelante, reluciendo en la oscuridad como luciérnaga, mientras don Eusebio lo seguía tropezando con las piedras y maldiciendo cada espina que se le clavaba en los pies, ya todo cchascoso y lleno de tierra.
—¡Aquí es! —gritó el duende, señalando una construcción de adobe—. Entra y busca en el rincón del fondo. Allí encontrarás sacos llenos de oro puro como el ccachi del maíz.
Don Eusebio se metió gateando por una abertura en la pared. Adentro estaba oscuro como boca de lobo, pero sus manos tocaron algo que sonaba a monedas cuando se movía. Con el corazón latiendo como bombo en procesión, llenó sus bolsillos con aquel tesoro de los huaccos antiguos.
Cuando salió para mostrarle al duende su fortuna, ya no había nadie. El sol empezaba a asomar por detrás del Misti y don Eusebio pudo ver dónde estaba realmente: en medio del establo de su compadre Anastasio.
Sacó las manos de los bolsillos y en lugar de oro encontró… ¡bosta de toro seca!
El hedor le llegó directo a las narices y el characato comprendió que había sido víctima de los juegos del duende. Sus ropas apestaban, sus manos estaban llenas de excremento y su orgullo había quedado más pisoteado que alfombra en día de fiesta.
—¡Malaya duende ccharqque! —gritó, limpiándose las manos en la hierba—. ¡Esto me pasa por andar de borracho y no hacerle caso a mi ancana!
Regresó a su casa con el rabo entre las piernas, prometiendo a todos los santos del calendario que nunca más tomaría chicha madura. Su esposa lo recibió con la soguilla en la mano y una mirada que cortaba más que lloqque afilado.
—¿Dónde has estado, indio borracho y ccatatazo?
—Prometo, mamacita, que no vuelvo a tomar ni una gota de chicha —suplicó don Eusebio, aún oliendo a establo—. Me voy a quedar en la chacra como buen loncco trabajador.
Y cumplió su promesa religiosamente…
Hasta el próximo quince de agosto.
Porque en Arequipa, las promesas duran lo que dura la resaca, y el próximo año el characato volvería a cotimbear en las fiestas de la Asunta, esperando que esta vez el duende le trajera oro de verdad y no sorpresas malolientes.