EL TOROMATA
Por: Abg. Arturo Montesinos Neyra.
Se acercan nuevas elecciones y nuevamente escucharemos promesas de desarrollo, descentralización, obras y defensa de las provincias. Pero antes de volver a creer, debemos mirar lo ocurrido y preguntarnos algo muy sencillo:
¿Quién defendió realmente a nuestras provincias durante estos últimos años?
Arequipa recibe enormes recursos provenientes del canon minero, regalías y otras fuentes. Hay dinero, existen proyectos y también capacidad para invertir. Sin embargo, muchas provincias continúan esperando hospitales, colegios, represas, carreteras, infraestructura pesquera y oportunidades de educación superior.
Mientras las grandes inversiones siguen concentrándose principalmente alrededor de la capital regional y determinados proyectos, en las provincias todavía discutimos sobre necesidades que deberían haberse solucionado hace años.
Ese es el verdadero rostro del centralismo arequipeño. Durante décadas cuestionamos que Lima concentre presupuesto, decisiones y oportunidades. Pero debemos reconocer que en nuestra propia región hemos repetido parte de ese modelo. Arequipa no termina en la Plaza de Armas. Arequipa también es Caravelí, Camaná, Castilla, Caylloma, Condesuyos, Islay y La Unión.
Aquí también debemos hablar claro. El centralismo no es responsabilidad exclusiva del gobernador regional. Los consejeros regionales fueron elegidos precisamente para representar a sus provincias, fiscalizar al Ejecutivo y defender los intereses de quienes les dieron su voto. Por eso corresponde preguntarles: ¿Cuántas veces exigieron públicamente una distribución más equilibrada de la inversión regional? ¿Cuántas veces explicaron a su provincia cuánto presupuesto recibía? ¿Cuántas obras paralizadas fiscalizaron? ¿Cuántas veces convocaron a alcaldes, agricultores, pescadores, mineros, empresarios, jóvenes y organizaciones sociales para construir una verdadera agenda provincial?
No queremos consejeros que solamente levanten la mano en las sesiones del Consejo Regional.
Las provincias necesitan representantes con voz, posición y capacidad de fiscalización. Un consejero que guarda silencio frente al abandono de su provincia también tiene responsabilidad política.
Gobernar también es conversar
La próxima gestión regional necesita recuperar algo elemental que muchas veces la política ha olvidado: gobernar también es conversar con todos. No solamente con quienes piensan igual. Hay que conversar con alcaldes de diferentes posiciones políticas, dirigentes sociales, empresarios, agricultores, pescadores, mineros, profesionales, jóvenes y ciudadanos. Los problemas de una provincia no tienen partido político. El hospital, la carretera, el agua, el colegio o la represa pertenecen a todos. Por eso necesitamos autoridades capaces de construir consensos y no de generar enfrentamientos innecesarios.
Un buen consejero regional debe ser el puente entre su provincia y el Gobierno Regional. Debe llevar al Consejo Regional la voz de sus distritos y regresar a su territorio con respuestas, información y resultados.
La próxima elección debe ser diferente
En estas elecciones no deberíamos preguntar únicamente quién tiene más propaganda, quién aparece más en redes sociales o quién pertenece al partido con mayores posibilidades.
Debemos preguntar:
¿Qué propone para su provincia? ¿Conoce realmente sus problemas? ¿Tiene identificados sus principales proyectos? ¿Sabe cuánto presupuesto necesita cada sector? ¿Está preparado para fiscalizar al gobernador incluso si pertenece al mismo partido político? Porque fiscalizar no significa obstruir. Fiscalizar significa cuidar los recursos públicos y defender a la población.
Necesitamos consejeros que lleguen con una agenda provincial concreta para los próximos cuatro años. En salud, hospitales funcionando y atención especializada.
En educación, mejores colegios y educación técnica y superior vinculada con nuestra realidad productiva.
En agricultura, represas, agua y tecnificación del riego.
En pesca, desembarcaderos modernos y oportunidades para nuestros pescadores.
En minería, formalización, seguridad jurídica y desarrollo de los territorios productores.
En turismo, infraestructura y promoción.
Y en carreteras, verdadera integración entre nuestros distritos y provincias.
No queremos ser provincia de segunda categoría
No se trata de quitarle recursos a la ciudad de Arequipa. Se trata de que el desarrollo llegue también al resto de la región. Una provincia con menor población no puede convertirse en una provincia de menor importancia. Las inversiones deben considerar población, pero también brechas sociales, extensión territorial, pobreza, potencial productivo, generación de riqueza y años de postergación. Ese debe ser el nuevo criterio de equidad regional. Y los consejeros regionales tienen que ser quienes vigilen que se cumpla.
Que el voto también fiscalice. Las próximas elecciones representan una oportunidad para cambiar la forma de elegir.
No debemos entregar nuestro voto y esperar cuatro años para reclamar.
Tenemos que elegir representantes a quienes podamos exigirles desde el primer día. Consejeros que recorran sus distritos. Que rindan cuentas. Que publiquen cuánto presupuesto llegó. Que informen qué obras avanzan y cuáles están paralizadas. Que expliquen cómo votaron y por qué votaron. Y, sobre todo, que tengan independencia para defender a su provincia. Arequipa necesita menos autoridades preocupadas por la fotografía y más autoridades preocupadas por los resultados. Necesitamos una región donde las decisiones no se tomen únicamente desde el centro, sino escuchando al territorio.
Porque gobernar también es escuchar, conversar y construir acuerdos.
La próxima elección regional debe servir para decidir entre dos caminos: continuar administrando el centralismo de siempre, o construir finalmente una Arequipa verdaderamente descentralizada, donde sus ocho provincias tengan voz, inversión y oportunidades.
El próximo consejero regional no debe ser elegido para acompañar al poder. Debe ser elegido para representar, fiscalizar y defender a su provincia. Ese debería ser nuestro compromiso electoral. Una región fuerte no se construye desde el centro hacia las provincias. Se construye con todas sus provincias sentadas en la misma mesa.




